Con el aprendiz nos la pasamos mirando por la ventana. Él más que yo, acaso, porque yo siento la vergüenza del que maneja los hilos. Acá debería laburarse, pero la verdad es que el oficio ya no es lo que solía ser. Hoy en día ya no se cambia media suela, ni se refuerza un taco; sin mayores dificultades, cualquier persona puede ir hasta un supermercado y comprarse zapatos nuevos, un par, algo que no sólo le resuelva el problema puntual. Me pregunto si los pies también habrán cambiado.
El aprendiz tiene una actitud más relajada. Simplemente se estira sentado en su banqueta, desplegándose sobre el mostrador, y su columna forma un puente vertebral que se curva flexible. Si hiciera lo mismo, si lograra imaginar cómo mi cuerpo pudiera vencer un vientre hinchado para doblarse así… en realidad no estoy seguro de que si hiciera lo mismo lograra imaginar cómo volver a pararme sin dolores o entumecimientos.
Creo que la responsabilidad es lo que agobia. Sin base científica he llegado a eso. Los cuerpos son jóvenes o viejos de acuerdo a las responsabilidades con que cargan. El aprendiz, ninguna. Porque otra cosa que se ha llevado el declive de los oficios es el orgullo de poder ser útiles. Si esto se va a pique, el aprendiz se dedicará a otra cosa, sin mayores problemas. Podría convertirse en heladero, o en mozo de un bar. Yo ya no puedo. Nací y morí con esto, soy el apéndice de un tiempo que no puede extirparse sin riesgo de vida. Llevo todos mis maestros, todas las responsabilidades, en mí. Aún los que no conozco, aún las que no deberían pesarme.
De vez en cuando voy hasta la cocina –dos pequeñas hornallas, una garrafa, un tacho de basura con tapa– y preparo unos mates. El aprendiz sigue colgado. Son las pequeñas libertades que puedo tomarme sin sentirme agobiado ni salir de aquí. Vuelvo junto a él, que sigue pendiente de la novedad que pueda ofrecerle una ventana ya gastada por sus ojos, y le alcanzo el mate. Sin desviar la vista, como si fuera parte del aprendizaje, lleva la bombilla a sus labios y chupa. Los cuerpos, las bombillas, los mates, todo debiera ser transparente. Al menos podría ver cómo el líquido fluye hacia sus entrañas y las tiñe de verde, toda una novedad. Pero es opaco hasta en eso. Supongo que sentirá un confort momentáneo, o la leve obligación de tomarse el primero y devolverlo, y adoptar una decisión. No decir nada, o decir “gracias”. Pero soy yo el que veo las cosas así, a veces logro darme cuenta. En la vida sólo existe el azar.