No soy un tipo enfocado. El tipo enfocado apunta y hace blanco, y su centro es la Academia. Por mi parte la transito, y la Academia se disuelve a mi paso, como un puente colgante que deja caer sus tablillas al vacío tras los pies del viajero. Detesto la Academia, y sin embargo ahí estoy, detestándola. Si fuera enfocado no tendría un blog, ni usaría varios tipos diferentes de anteojos, que necesito para intentar meter luna y otra vez la Cosa en foco. Si fuera enfocado sería triunfal y triunfalista, se me hace que una cosa no va sin la otra. En la Academia mis alumnos dejan de serlo en el instante menos pensado, mis maestros no existen, o faltan a la cita: en la Academia puedo pasar de ser uno a ser el otro en no más de un segundo, al entrar en el aula equivocada. Tengo para mí que muy poca gente está de los dos lados del río, como a mí me gusta verme, y sin embargo el puente se desmorona una y otra vez a mi paso. Cuando no se desmorona por sus propias causas me gusta la travesura de desanudar, una vez cruzado el paso, los cordones que sostienen el puente sobre la nada, llamado Academia.

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