No hay nada peor que leer algo propio del pasado y no reconocerse. Sí, hay algo peor, y es reconocerse demasiado. Ir al espejo, observar la facha y ponerse una bomba para que explote menos diez. Quiero ser otro, pero ya es demasiado tarde. La bomba está activada, la contraseña para detenerla repartida en trozos de papel que tiene toda la gente que uno conoce. Empieza una loca carrera. Yo no soy así, así he sido, ahora no. Luego de recoger los pedacitos de escritura es necesario armar de nuevo el rompecabezas para encontrar la palabra perdida. Yo no soy así, así he sido, suplica uno mientras pide que le devuelvan el rol que supo jugar. El arrepentimiento no alcanza. El juicio no está montado, como uno suponía, sino que se trata de convocar a los fiscales, al juez, a los testigos, y armar la acusación de la cual resultaría, quizás, un inocente. Cansados de armar la causa la gran mayoría nos entregamos a la estupidez contemplativa, o a la estupidez activa, sin siquiera iniciar el expediente que determine cuál de las dos resulta menos biodegradable.