Sin duda cultiva unas letras mucho más amables. Es decir que vivirá menos, porque el exceso de furia se lo traga. En cambio a mí, que siempre he dicho lo que he querido –y como he querido– me irá mucho mejor: viviré más, desintoxicándome, o al menos tendré la sensación, instante a instante, de haber arañado lo imposible. Tejiendo una tela asfixiante, esperando a que el insecto pose su inhumanidad, verlo jamás pudrirse, engullirlo, sentir pasar sus alas ásperas y sus patas sucias por la glotis, rezar porque los líquidos del estómago lo disuelvan rápido y dejen espacio a otro nuevo. La borrachera traga sus productos. El hígado, todo pasa por ese territorio marrón afrancesado. Por las viñas del hígado, por la destilería de todos los olores del sexo, por la incubadora de los más caros prodigios digestivos. He logrado descifrarlo –dijo–, sé cómo se mueve una letra. Sé de donde sale, adonde va, por donde viene. Lo sabía hace unos segundos, y no he logrado olvidarlo.