¿Por qué se mata alguien? No me gusta decir “se quita la vida”, como si la vida fuese una adhesiva aplicada sobre el cuerpo. El cuerpo es “la vida”. Pero: ¿Por qué alguien se mata y despeja la tierra de su sombra? ¿Por falta de amor o por su exceso? Quizá el amor no tiene nada que ver ¿Será por causa de un amor que ve demasiado, allí donde todo es azar? ¿O será por azar, que uno cuelga una soga a través de una viga de madera y pergeña un lazo y añade un cuello como si tal vez faltara algo para que el cuadro fuese perfecto? La respuesta romántica plantea que siempre es por exceso de amor, por desmesura, aquel anhelo que no podría tener respuesta ni aunque la respuesta fuera “sí, quiero”. Insaciable, entonces se retira. Nadie se retira saciado, ¿o no me han enterado? No me han enterado, por ahora, porque las preguntas insisten, y la respuesta es “ni siquiera asoma”. Detesto aquel párrafo lleno de preguntas, producto de feria. Ni siquiera se me ocurre una primera frase de una narración y es todo chirrido, de quien refrena con creces. “Tampoco la Nada, sigue sin uno”, es una buena conclusión antes de dormir, aunque no creo que lo sea antes de matar. Aunque a uno mismo le toque, porque nadie está exento; tal vez sería mejor retirar el cuerpo de la vida – porque el cuerpo se le estampa a la vida– sólo tras una buena conclusión. Tras un párrafo bien escrito. Me acusarán por depositar una fe exagerada en el símbolo, allí donde justamente el símbolo termina. Un párrafo bien escrito. Já.
Por ahora, ahuyentar la perfección. No da trabajo; de trabajo no se trata ni la vida ni la muerte. Está claro: “trabajo” es un concepto.
Y concepto no es muerte ni moribundo, que son actos o formas de andar, o devaneos de la producción, de sus formas proletarias, las de morir y ser llevado (las únicas), y ser conciente, en el acto mismo, de la fuerza del concepto que se arrastra, que repta cada vez mejor. Moribundos del mundo, uníos.