AÑADIDURAS

Julio 31, 2009

Archivado en: Añadiduras — Carlos @ 8:39 pm

Vida es cuestión inconclusa
cabo suelto
alguna que otra causa perdida
un desfallecimiento
olvido
un escozor
una boca corrida a besos
ese buey atravesado sin dueño en medio de la ruta
el espanto de una lengua sin dientes
un arañazo en lo profundo
de una oscura garganta.

la muerte es tumbo; a veces alivio, desdén, bala, añadidura a una serie, encargo severo, pan para el hijo del sicario, revelación, continuidad, abono a la tierra, viaje fugaz hacia el entierro como si de una boda se tratase, buena nueva que nace donde nadie esperaba que el muerto, tan conocido, tuviera algo para decir. Papeles, que, una vez apartado el intermediario entre ellos y el mundo, salen a la luz.

Julio 30, 2009

Archivado en: Añadiduras — Carlos @ 11:00 pm

Yo sé que nada le gustaría más que tener un florero sobre la tapa del piano, cerrada, mientras toca. Sé además que nunca lo reconocería, ni que le gusta lo primero ni que toca con la tapa cerrada, ya que ninguna de las dos cosas quedan bien. Por si eso fuera poco, pensaría inmediatamente que el texto habla sobre ella, porque se cree la única Pianista. Como si no hubiesen otras pianistas en Buenos Aires, en La Plata, o en Jazzcomús. Si pudiera miraría embelesada las flores mientras canta; porque canta mientras toca. Tararea, en realidad; esa costumbre tan mala que ni a Gould se la perdonan. Pero al menos de Gould jamás se supo que le gustara un florero sobre el piano. Quizás sí le gustaba, y lo escondía cuando llegaban extraños. De la vida privada de las personas nada se sabe, salvo en el instante de la muerte, que la mayoría de las veces se vuelve demasiado público. Es cariño puro, pero lo llaman morbo, o curiosidad. Pasión escoptofílica. En el momento de la muerte se sabe todo: si la tenías parada, si al techo de tu casa lo sostienen vigas de madera, si tus manos alguna vez tomaron un revólver para matar… Hasta si tocabas con un florero arriba del piano, porque por ahí no dio el tiempo para sacarlo antes de los últimos compases de la Appasionatta que te llevaron consigo al más allá. Alguien, alguna vez, había dicho que Beethoven no era para vos, por algún motivo ya olvidado. ¡Ah!, si uno volviese a ser joven, no se callaría tanto y los mandaría… Si uno volviese a ser joven tomaría uno o más de aquellos colectivos que lucían no del todo convincentes. Así es tener una casa propia, por ejemplo, y saber que hay que cuidarla, no destruirla, mantenerla, alejar a los intrusos. Así se siente la carga. Así sería, más o menos, tener algo apreciado que cuidar, como el honor y los hijos. Y así es como, del otro lado, hay quien no tiene nada. Y espera, acecha, por el momento justo. Así es la música, así es. Se trata del próximo compás.

Julio 29, 2009

Archivado en: Añadiduras — Carlos @ 6:05 pm

Las letras eran velas, y me daba cuenta de que el idioma me era ajeno porque el encendedor debía colocarlo en un lugar inesperado, no sobre el pábilo, que se hallaba en una esquina, hacia un costado cualquiera, o hacia abajo. Cuando menos lo esperaba la letra se encendía, en un punto que no era el que yo provocaba, y así pasaba mi mano con el fuego hacia la siguiente, esperando la sorpresa.

Julio 25, 2009

Archivado en: Añadiduras — Carlos @ 8:59 pm

Para salir con ella hay que tener. No creo que quieras. Es probable que en el momento te castañeen las rodillas y las bolas te hagan tiki taca. Un lingote de carne, hay que tener, con el riesgo de que en el momento justo se pulverice en moneditas de diez centavos. No creo que quieras. Y no es que no sepas; ya sabés demasiado como es la cosa. Lo sabías desde antes: la premisa fálica. ¿Pero de qué sirve saberlo cuando has invertido tu resto, aunque más no sean patacones, en llevarla, luego de invitarla, luego de soñar innumerables desdenes? Hay mujeres que quieren ternura y no lo muestran, claro (ternura recomendamos después de que la tengas). Y no se trata de tener, como si sencillamente fuera un verbo. Es un tener trascendente, al que nada alcanza. No se puede tener de esa manera incuantificable. Si así fuese, bastaría con tenerlo Todo, y es, en primer orden, Todo lo que no alcanza. O bastaría con desprenderse, con ser el San Francisco de sandalias sedientas y pájaros bobos comiendo gusanos de las uñas donde nacen. Es muy difícil un tener que no basta ni se desbasta. Y además, como si fuera poco, existen, verdaderamente existen, los hombres con los que ella sale, que son los que le gustan (porque tienen, porque la tienen). No se trata de un conjunto vacío para tu consuelo, sale en las fotos, encarna. Tenerla para tenerla, así de loco, y tu analista ya no entiende nada (señal de que algo no anda). Precisamente, le decíamos desde el estribo del camión desvencijado en que partimos: no entiende nada. Es el anverso, esta mujer, del dicho marxiano, el del club que me tenga como socio. Para ser de su club hay que ser socio activo. ¿Hay que ser lo suficiente amigo? Ni nunca, hombrecito. El sector en que debieras ubicarte es aquel que tenga una sombra que señale una penumbra dudosa o ciega, o incognoscible bajo riesgo. El enigma que está dispuesto a dejar de ser, para tener. Para tenerla. Hay que ver las estupideces que hace un hombre, como pagar en sesiones. Todo para el Sexo. Uno para todos y todos para una. Dejar de tener para así ser. Mingocha. Tenerla, y un Waterloo que me cubra, Santa Elena.

Julio 23, 2009

Archivado en: Añadiduras — Carlos @ 10:43 pm

Yo me le voy por un tiempo, me le pierdo, y el tipo piensa dónde me hallo. “Un tipo grande, qué muchacho”, me le río. Parece mentira que un tipo grande, mi muchacho, pierda la brújula del otro. Si supiera que tengo en la casa comida rica, y dos brasucas que la hacen explotar de aromas y de gritos, gritos como “¡no hay jabón!”, “¡qué pesada, por favor!”, o cosas por el estilo. Andan medio desnudas por la casa, rezongan, protestan la una de la otra y me hacen, cada tanto, volver a mi intento de “los papeles”.
Los papeles son varios, y uno es el de ser su amigo, a la distancia, no muy comprometidamente, en la medida que los olores (menesteres) de la vida lo permitan.
Se me exige la presencia, pero los papeles… siempre anduve un poco flojo de papeles. No, no se me exige, lo sé.
Pago, sin embargo, con consideración y buenos, renovados, modales.
Atentamente.

Julio 9, 2009

Archivado en: Añadiduras — Carlos @ 12:44 pm

¿Por qué se mata alguien? No me gusta decir “se quita la vida”, como si la vida fuese una adhesiva aplicada sobre el cuerpo. El cuerpo es “la vida”. Pero: ¿Por qué alguien se mata y despeja la tierra de su sombra? ¿Por falta de amor o por su exceso? Quizá el amor no tiene nada que ver ¿Será por causa de un amor que ve demasiado, allí donde todo es azar? ¿O será por azar, que uno cuelga una soga a través de una viga de madera y pergeña un lazo y añade un cuello como si tal vez faltara algo para que el cuadro fuese perfecto? La respuesta romántica plantea que siempre es por exceso de amor, por desmesura, aquel anhelo que no podría tener respuesta ni aunque la respuesta fuera “sí, quiero”. Insaciable, entonces se retira. Nadie se retira saciado, ¿o no me han enterado? No me han enterado, por ahora, porque las preguntas insisten, y la respuesta es “ni siquiera asoma”. Detesto aquel párrafo lleno de preguntas, producto de feria. Ni siquiera se me ocurre una primera frase de una narración y es todo chirrido, de quien refrena con creces. “Tampoco la Nada, sigue sin uno”, es una buena conclusión antes de dormir, aunque no creo que lo sea antes de matar. Aunque a uno mismo le toque, porque nadie está exento; tal vez sería mejor retirar el cuerpo de la vida – porque el cuerpo se le estampa a la vida– sólo tras una buena conclusión. Tras un párrafo bien escrito. Me acusarán por depositar una fe exagerada en el símbolo, allí donde justamente el símbolo termina. Un párrafo bien escrito. Já.

Por ahora, ahuyentar la perfección. No da trabajo; de trabajo no se trata ni la vida ni la muerte. Está claro: “trabajo” es un concepto.

Y concepto no es muerte ni moribundo, que son actos o formas de andar, o devaneos de la producción, de sus formas proletarias, las de morir y ser llevado (las únicas), y ser conciente, en el acto mismo, de la fuerza del concepto que se arrastra, que repta cada vez mejor. Moribundos del mundo, uníos.

Julio 3, 2009

No nos den ideas

Archivado en: Añadiduras — Carlos @ 12:36 pm

El país del barbijo (ya vendrá quien proponga incorporarlo a la enseña patria en lugar del sol) se ve conmocionado, inquieto, alegre al borde de la algarabía, en franco estado de excitación, cuando nota que hay gente tan respetable del otro lado del océano como para poner en vigencia iniciativas tan bien pensadas como ésta.

Los campos, aquellos campos, son reemplazados por los hoy llamados (leer nota) “centros de acogida”. No tardará el gobierno en dotarlos de todas las comodidades que pueda brindar un estado moderno. Agua caliente y por supuesto fría, una dieta baja en calorías (para que el colesterol no suba), y está claro que no faltará, ni en invierno ni en verano, una buena provisión de gas.

Julio 1, 2009

Lo que no te mata, te fortalece (otros usos del Bótox)

Archivado en: Añadiduras — Carlos @ 7:34 pm

Leon Fleisher, el pianista que ejecuta la transcripción de la cantata de Bach que puede verse –y escucharse– en el post de aquí abajo, sufrió, en lo mejor de su brillante carrera una enfermedad llamada distonía focal, que le impidió por muchos años el uso de su mano derecha. En los años que siguieron grabó todo el repertorio disponible para la otra, que no debe ser poco. Recuperó el uso de su mano mediante masajes y bótox, que, como bien sabemos, es un tóxico que, en cantidades adecuadas, puede ser usado clínicamente para tratar ciertas afecciones neurológicas (y también con fines menos sanctos). Luego de curarse grabó, en 2004, un álbum llamado “Dos manos”, que fue muy elogiado por la crítica.

Archivado en: Añadiduras — Carlos @ 12:39 am

“A pesar de todo, su arte ya era demasiado respetado como para que estas críticas pudieran desembocar en su despido”

Lo que nos mata no viene de afuera. Pero no estábamos seguros de que viniera de adentro, en nuestra cofradía. Hicimos imprimir unas credenciales, las mezclamos sobre la mesa, boca abajo, y nos quedamos con una para cada uno. Ninguno de los textos de las tarjetas bastan, por sí solo, para devolvernos la esperanza. Sabemos que todas, en conjunto, ordenadas, podrían devolvérnosla, pero ya no podemos juntar las partes. Aunque entonces no lo supiéramos fue la última vez que pudimos reunirnos (surgieron algunas imposibilidades). Tampoco bastaría, ninguno de los textos de por sí, para terminar por quitárnosla. Solo sabemos (o sabíamos) que al reunirse los textos podrían acabar con la pequeña incerteza que nos queda respecto del futuro. Las llamamos credenciales por esa razón, la de nuestra identidad, pero sin embargo no acreditan ninguna de las posibilidades que nos quedan. Hay otra forma, aún, que es la del sinsentido del todo y de las partes. Ojalá fuera esa, pienso a veces. Y nada más, porque cada vez pienso menos, me doy menos a pensar y más a la música, y a las artes en general, que no necesariamente son lo que mis camaradas pensaban que era el arte. Es lo que recuerdo de ellos; lo que ellos pensaban ya no resulta, y tampoco resulta lo que pensaba yo.

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