¿El mundo se desmorona o se abroquela? ¿Se deslíe o se concentra, en una bilis negra camino a secarse y taponar? No creo, francamente, en la imagen de “ambos, en la ventana, abrazados, temblando ante el desmoronamiento”. No; mas bien todo esto me sugiere la idea de alguien vestido de negro que cierra desde fuera la ventana con ladrillos, empareda la casa, mientras la familia mira TV (un reality, un football match, el culo de Berlusconi).
El paradigma de la época ni siquiera habla, ni siquiera “se hace signo”. El paradigma es imagen que inmoviliza. Podemos quedar pegados como moscas sin que nos importe. Sin que nos demos cuenta. Podemos reabsorber toda moral y toda ética. Hemos crecido como un tumor, nos hemos fortalecido como un gran abroquelamiento de carne que copula sanguinolienta. Y la fuente de todo mal, arriesgo –al igual que la de todo bien– está en la letra. La novela realista fue el principio del caos. La poesía de imágenes, fecunda de sonoridades empalagosas, fue el eslabón siguiente. El temblor de la sangre, el parto mediático de los escritores transgresores vino a cerrar la clave de nuestro sólido arco.
Sólo queda el crepitar de la célula. Ni bien amanezca, algo nuevo irá a barrer lo bueno y lo malo de lo viejo. Habrá que escribir con el hígado, o con lo que de él queda. Con sus células metílicas (esto no quita que mi hígado ame a las poetas, que mi bazo las cele, que mi páncreas las quiera enfiestar de noche en el conducto de Wirsung y por biliares extrahepáticas de día)
Soy hijo de la letra. Pero no seré padre de nadie, no al menos en este mundo fétido. Copularé sin mayores consecuencias ni destino. Por último echaré un ladrido al aire, o eructaré mi detergente vesicular en una pompa verde que el viento alejará.