AÑADIDURAS

Abril 28, 2009

Archivado en: Añadiduras — Carlos @ 9:42 pm

El final de análisis quedó a mi cargo, desafortunadamente. Hace dos años que me estoy zurciendo los tobillos con hilo de algodón de azúcar. Se me pega a los cordones, a los de los zapatos (y éstos se pegan como fideos a los cordones de la vereda). Creo que voy a salir. Fue la vía que elegí, al fin y al cabo, un parto de bruces. A veces voy de pesca y vuelvo con el balde lleno. A pesar de la mufa este país es tan generoso como dicen. Y la letra se va volviendo tan literal como la llaman, letra. He perdido a casi todos mis amigos. Me queda un rengo, jorobado, mustio, desesperanzado can que ni siquiera me sigue pero yo sé que me prefiere a las demás patadas que le da el mundo. Lo tomo como parte del aprendizaje; en la próxima vida iré de iglesia. Seré feligrés y tendré amigos feligreses. Un cura confesor –los curas no cobran honorarios– hará oídos sordos a mis ruegos porque alguien me salve. Y tomaremos vino juntos. El cura y yo. Y esa será la cura del cura, porque la mía no ha nacido el santo que la vea.

Archivado en: Añadiduras — Carlos @ 9:31 pm

Me invitan a estudiar letras, me convidan letras, pero siempre prefiero conservar lo intrépido. Una escritura impune, sorda, pero no ciega. La imagen de la letra adonde pocos llegan, obnubilados por la imagen de la imagen. Ayer soñé una a minúscula, aterciopelada y del tamaño de un sillón capaz de cobijarme; hoy por la noche espero una U, aunque no lo pueda manejar. Y la desesperación de no saber qué hacer con esos sueños, en la obligación de hacer algo (por dármelas de algo más que obnubilado, esclavo por dos veces de la letra que no debiera haber hablado).

En el medio parto cabezas como cocos, con un machete, buscando algo. Quizás cerciorarme sobre si los demás empuñan el mismo mecanismo u otro, tal vez. Mi coco no me lo abro, lo siento, entonces juego con ratas y ratones de laboratorio. Dibujan letras en sus búsquedas, claro. Y me apropio de objetos, de quienes pagan por entrar al laberinto, cada tanto encuentro alguno, que ya no recordaba, en mi poder.

Siempre se paga por entrar, y lo mismo es al salir.

Puede llevar algunos años.

Abril 24, 2009

Archivado en: Añadiduras — Carlos @ 11:39 am

“El amor está donde uno lo encuentra. Creo que es estúpido ir a buscarlo y pienso que a menudo puede ser venenoso.
Ojalá la gente que convencionalmente debe amarse se dijera en medio de una pelea: Por favor, un poco menos de amor y un poco más de simple decencia.”

K. Vonnegut, “Payasadas”

Abril 21, 2009

Archivado en: Añadiduras — Carlos @ 7:27 pm

Abril 20, 2009

Archivado en: Añadiduras — Carlos @ 1:20 am

Ayer estuve a punto de ir hasta su casa a preguntarle qué méritos debería hacer para acostarme con ella. El problema es que yo pienso que no debieran ser muchos –a juzgar por lo que veo en quienes a cada rato están a punto de convertirse en sus amantes– y eso me resta. No voy a hacer la lista, ni siquiera en base a méritos, porque varias de esas personas son muy conocidas en este ambiente y podría suponerse con acierto de quién se trata. Es un ambiente muy chico, al fin y al cabo; parece extenso y aireado, pero es pequeño y oscuro. Cada uno tiene su vida afuera, o al menos un simulacro de vida; éso, en algunos casos, puede adivinarse sin necesidad de juzgar ni de indagar. Se ve en el rostro, lo que cada uno tiene. El rostro no miente, digan lo que digan. Volviendo a lo nuestro, el problema es que yo pienso que no debería hacer méritos, y eso –una cierta displicencia– a ella le siembra la duda, o quizás no le siembra nada. Es difícil pensar en una ilusión, porque el mundo ya no se maneja con ilusiones ni con esperanzas, apenas con fantasías bastante endebles, esas de las que todos sabemos. Pero quizás sea eso, que mi proceder –el de uno que está cansado de la carrera en pos de méritos– no alcance para plantar una semilla de ilusión. Podría ser que me mueva en la certeza, y si hablamos de ilusiones su principal encanto es la indefinición: se promete sin saber qué, esas son las mejores. Me da la impresión que los hombres les vamos con casa, hijos, dinero, las boludeces que se nos ocurren, y las mujeres esperan ese raro tipo de promesa que ilusiona sin concretar. No se trata ni siquiera de tener algo en común, eso tampoco funciona, las aburre. Se trata de la ilusión que sugiere todo y nada, y de ese modo resulta buena también para esos días en que ellas no quieren nada, que los hay. Y nada más alejado del mérito, entonces, que se basa en el trabajo acumulado. A través del mérito –que es en lo que se han especializado los hombres que esta mujer siempre pone a punto, al borde de su cama– el hombre también se viste de ciertos brillos, parece, se viste de gala, como un viejo coronel con sus medallas (hablo de las condecoraciones de la época en que el ejército y los soldados las enamoraban) Un tipo que ha sido capaz de trabajar por algo y muestra el fruto de su pasión hecho carne. O tal vez aquel que ha sido capaz de servir es quien está mejor habilitado para servirse, al menos a llegar hasta el borde del mantel con la ilusión reflejada de que alcanzará el centro de la mesa, es decir la nada.

Abril 18, 2009

Archivado en: Añadiduras — Carlos @ 5:18 pm

Ya casi nadie entiende lo que digo, y eso me hermana, me acerca mucho a la gente. A mí también me pasa, les diría, pero mi impresión es que en lo que digo no se discierne lo importante de lo intrascendente. Tampoco es el caso de esas escrituras en que todo es importante o todo es intrascendente, ojalá lo fuera. Les pasa lo mismo que a mí, no comentan porque no saben qué decir, y no dicen porque no saben qué comentar. Pensar que hubo otras épocas en las que hablar de algo. Aún hay gente, entre las que no han optado por el silencio, a la que le quedan temas, les queda cuerda. En forma espasmódica, sus temas los ocupan. Evidentemente creen en algo, y yo también, de ese modo, si escucho a alguien que todavía cree, puedo seguirlo un poco por su calle (hasta que se calle, o hasta que se caiga sin reconocerlo jamás). Siempre hubo escrituras estrambóticas, ni siquiera es algo nuevo, es más viejo que el sol. Como esos tipos que escriben sobre lo que supuestamente les pasa en el cuerpo. A veces recibo un llamado telefónico y cobro vida, existencia. Es un llamado a cobrar, me digo, y pagar me alegra, me hace feliz. Para eso trabajo, para pagar, dice mi absurdo. Pero no soy solo absurdo, entendámonos hermana, porque eso me acerca mucho a la gente. Soy antes que nada inexistencial, salvo de a ratos. Cuando viene ella y me sacude, tomándome de los hombros, con algún improperio que invariable significa pérdida de tiempo. Estamos yendo hacia algún lado, ella y yo, parece. Sólo que hoy, querida, a través de este texto que bien podría haber sido otro, te asegurás que estoy para cualquier cosa que tu existencia requiera de la mía. Eso es lo que me hace saltar de gozo, brincar como una cabra. Que me tomes de los hombros, rápida, veloz de entendederas, para anoticiarme de que estamos aquí sobre la tierra, pensándonos como verdaderos artefactos. Es sábado por la tarde, me dice, y los sábados, rey puesto, hacemos el amor.

Abril 12, 2009

Archivado en: Añadiduras — Carlos @ 4:47 pm

Como usted diga, yo estoy siempre a sus órdenes. No le gusta en absoluto que le conteste así y piensa lo más fácil, que me burlo. Aunque es cierto, y no me burlo. La respeto más de lo que piensa, y la amo, aunque pase días sin escucharla. A veces enmudece sin causa, otras la aplasta alguna vicisitud del mundo. Si te aplasta una vicisitud no te levantas; ni una vez, ni otras diez, ni otras cien, ni otras quinientas. Claro que han de ser tantas, ¿quién te dijo que no, quien fue la empalagadora? Yo tengo para mí que si llevásemos otra vida, más austera, con menos desplazamientos físicos sobre todo, nuestra relación sería más continuada. Mi voz se sentiría a gusto en mis entrañas y mis entrañas se sentirían representadas por mi voz. Yo sé que suena tonto, pero qué espléndido sería poder hablar con la voz del corazón en vez de con esta oligocracia del cerebro. Sobre otros órganos no querría explayarme, porque apenas lo hiciera sería el vendepatrias el que habla. Pero tal honestidad de cuerpo, tal abreculos, no existe en realidad. En cada uno de nosotros prima algún órgano, que copa la parada. Es frecuente meter la pata y sonarse todo el tiempo la nariz. No estar a la altura, abroquelársele a uno el alma en las rodillas y tener la tentación de ponerla a prueba postrándose. Es hasta sufrir el olvido que esas cosas pasan, aunque habría que buscar una palabra contraria a sufrir que no signifique ese goce pedorro del que nos hablan. “Claro, usted de esa forma se expresa”. Juro que a veces me pica y no doy con el lugar. Otras es acidez, otras empacho. Una vez supe que nunca iba a saber por qué lo hago y tuve que decidir entre desesperarme y abrirme el culo con un espéculo. Si pudiera decidir no empezaría ni terminaría. No al menos de golpe, aunque sí de una vez.

Abril 5, 2009

Archivado en: Añadiduras — Carlos @ 12:40 pm

La sociedad, como una joven histérica, sueña de día con que si el padre gozara un poco menos todos los problemas se solucionarían: “Yo no te digo que deje de gozar del todo; al menos que deje de gozar por dos añitos y vas a ver como las cosas se solucionan”. La sociedad reclama a sus presidentes que no caminen por la calle apenas dejan de gozar, pero al olvido del goce sobrevienen las honras (si no la algarabía de la niña al lograr verse mejor de lo que es). Y no se escribe “cese del goce” porque todos suponemos que el disfrute no cesa. El traqueteo del placer, a lo sumo y a duras penas, se olvida.
Así, ante los berrinches de la niña, los presidentes no pueden caminar por la calle apenas dejan el ejercicio. Se enoja, los putea, los escracha y los piquetea. Algunas niñas de izquierda sucumben al júbilo: “nunca lo quisimos, y teníamos razón”. Al menos hasta que olvide, dice la niña, al menos hasta que no dejes de hacerlo por dos años, no te asomes por acá (vos que eras tan querido y te has vuelto tan bestia, hasta estúpido me parecés ahora, no me hables) Sí, tiene que ver con la piel, con los ardores (“los ardores de la piel son los peores”, dijo un poeta que no pudo superar la etapa cocafónica). Hay padres que dejan de gozar antes de morir, hay padres que gozan hasta que mueren, y hay olvidos que sobrevienen en algún punto no predecible de la historia. No es que los padres no hagan lo suyo, claro. ¿A qué padre no le gusta ser la niña de los ojos de la niña? Existen artefactos, transductores no perfeccionados todavía, que el padre en ejercicio utiliza por las noches para socavar –si la palabra correspondiera– los sueños de la joven. Se los coloca en las sienes mientras la niña duerme, untados con un gel insensibilizante, y a los pies de la cama un balde recoge, por goteo, las aspiraciones orgónicas de la que sueña, claro que transducidas (es decir distorsionadas). No entiende del todo qué quiere. Además ya dijimos que era histérica la joven, aunque no todo el tiempo. No todo el tiempo, claro, porque ser histérica cansa y además hasta las histéricas –este es un país muy santo– descansan en pascuas y en fiestas de guardar.
Con ese material como guía –sueños transducidos– el padre hace lo que puede para construir la casa. Cada tanto, para tranquilizarla, le tira frases que –estima– interpretan los sueños de la chica. “La casa está en orden”, por ejemplo, cuando la niña soñaba que el desorden, en forma de una ola como la de la película Titanic, arrastraba los muebles de la casa que se amontonaban contra la puerta. “Ramal que para, ramal que cierra”, si la niña soñaba que los trenes –en su sueño unos trenes destartalados y deficitarios– ya no podían más y exhaustos se detenían. Algunos psicólogos atrevidos llegaban a plantear, en tales casos, que los trenes reflejaban la potencia del padre y que el padre se erguía con discursos contra su propia impotencia. Se hace lo que se puede, eso no lo dijo nadie pero ronda la casa todo el tiempo. “Pero no se hace lo que se debe”, recitan las niñas de izquierda, nunca lo suficientemente histéricas y por eso monstruosas; una especie de histéricas a la segunda potencia a la que ni siquiera ser histéricas las satisface. Hay de todo en este país, un jardín más que una casa. Es una imagen que los padres no utilizan demasiado, pareciera. “Jardín de gente”, hasta hay una canción llamada así. Temen aparecer como débiles jardineros; es una tradición ajena a nuestras costumbres, la jardinería, además. Imaginen a la niña frente a lo ajeno, si aún la cercanía de lo propio, lo que conoce, la perturba en ataques de extrañeza y desconocimiento. Amnesia, sería el término. Los efectos beneficiosos –tanto como perjudiciales– de la amnesia en las nenas de papá.

Abril 1, 2009

Archivado en: Añadiduras — Carlos @ 3:23 am

Agregan “de la Democracia” para suavizar un poco, eufemísticamente. Ha sido un Padre, con todo lo que ello implica. Lágrimas en algunos ojos, una puteada sorda en alguna boca, el desdén estentóreo y burlón de quienes, por no creer en nada, disimulan –bastante bien– que alguna vez creyeron. Se le puede reprochar a un Padre la cobardía, o no haber sido atento con los hijos, al fin y al cabo todos y cada uno quieren ser el único. Por algo se escucha tanto en los corrillos que era una buena persona, una persona cálida además, y hasta pareciera que casi todos en el país han estrechado alguna vez su mano. Él la encerraba entre las suyas, juran, y hacía un comentario que tocaba en lo más personal o hablaba de detalles ínfimos del pueblo de cada uno; esas cosas no se le escapaban. Hasta alguno mentirá: le preguntaba por la familia, un hombre con tantas preocupaciones. Puro cálculo político, responden otros. En Buenos Aires es donde más y donde menos se lo quiere. Se prende una vela para la cámara y simultáneamente se lo recuerda con odio visceral y un rictus de amargura que el espesor de la ciudad ya no borra. Cómo, nos vienen a contar, durante un corte de energía se les echaron a perder dos paquetes de vienissima. Y mucho más de eso, mucho más. Esas cosas no se olvidan. En el interior se observan otras facetas, todo sucede a otro ritmo, aunque la historia rara vez se hace eco del interior. Qué pasa en el interior en realidad no se sabe.
Como Padre no se supo administrar, aunque está visto que el celo característico de las madres tampoco puede. Exceso de cálculo, posibilismo, medianía, no leyó todos los libros de su biblioteca, faltó a varias citas importantes, explicó demasiado bien lo inexplicable. Nos sacó varias veces a la calle, pero no fueron los paseos que hubiéramos soñado.
Salimos con él de las catacumbas, casi con naturalidad, porque éramos demasiado jóvenes y pensábamos que salir de las catacumbas era lo que correspondía. No salimos gracias a él, como repite el goteo baboso de las velas. Salimos juntos, pero él, que parecía saber adonde se dirigía, resultó el elegido de una manera impropia (no porque faltaran los votos sino porque no se puede ser Elegido). Convocó las miradas, las aceptó sobre sí. No resulta posible que alguien se sitúe demasiado tiempo en ese lugar que lo convoca y sin cesar lo expulsa. Ahora que no está parece volver a ocupar, cómodamente, el lugar al que aspiraba. Sin embargo, “de la democracia”, no es nuestro. Lo llamamos a su sitio, y lo volvemos a expulsar.

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