Una derrota infinita, tal vez, sea un derrotero. Un artefacto que inflige derrotas al que mucho se la cree. Un destino disfrazado, porque el destino, sabemos, hace mal. Una entre las especies de patos, el pato derrotero, especie buscada y cazada por lo fácil: se entrega, se coloca solito en la mira. Aunque la escopeta esté apuntando al suelo el pato se encoge, agacha la espalda y parece decir, con un ala hacia el cielo y los ojos mirando al portador: el dedo sobre el gatillo Big Máster, no quiero vivir más bajo este nombre. El hecho es que en vez de una mezcla entre derrota y pelotero, Roux, su apellido, sugiere una emulsión. La emulsión que se arma entre la harina y la manteca, previa a cualquier salsa blanca bien hecha. Cocina francesa. De esa manera, la manteca, como si se tratase de la formación de una perla, envuelve a las partículas de harina y así la salsa queda suave al paladar. Pero resulta que, más allá de las sugerencias, el personaje, una profesora de literatura, se llama Delphine (Del–fin, Roux). Supera a la realidad, la ficción en su derrotero, ¿Cómo irá a terminar esta mujer? , uno pregunta, mientras lee y pone en la fragua algo de cada Delphine que conoce.
Febrero 24, 2009
Febrero 22, 2009
Creo que podría leerse a la luz de esto, o podría reescribirse al infinito focalizando la acción sobre ciertos hechos, sin ir más lejos podría ser el papel chamuscado bajo la acción de los rayos orgónicos que demora un tiempo no finito en aterrizar en el vacío de la nave. Si puede reescribirse la historia al infinito, entonces es un hallazgo.
La idea es simple: una burocracia como nunca se vio, con pretensiones de dilucidar y definir lo que existe y lo que no. Una burocracia absoluta. A la vez, comete un solo error, deja filtrar un sobre sin contenido ni más datos que el de su desmesurada costumbre binaria: INEXISTENTE. Los burócratas, ocultos de algún modo no establecido, en túneles quizás, se delatan, por una omisión, de dos maneras: en su existencia y en su ambición (ojo: es un rasgo ya humano, habría que presentarlo de otro modo, aunque resulta difícil).
Llegan los primeros visitantes, que luego serán vistos, por sus sucesores, como una casta burócrata poderosa. Los segundos visitantes ni siquiera sospecharán la existencia de una burocracia-tripa (así la llamaría el autor) en el interior del planeta, en el interior de una roca en el que la civilización original vive pero no reconoce como existente (aunque, quizás sí, como real). Es un cambio que debe ocurrir en algún lugar, por la mitad de la novela, tal vez: al comenzar a buscar el sobre -notan su falta- se humanizan, se transforman, desde un simple organismo movido por leyes, a una civilización que se preocupa porque nota que algo falta. Es clave que comiencen a intentar, comienza un intento de restauración de la falla: éso es civilización que escribe, éso es humano.
El primer intento es violento, lanzan los rayos orgónicos sobre la superficie como un animal que se rasca las pulgas, como una bestia que se sacude. Los efectos son inmanejables, inesperados. Así se ratifica su condición de humanidad. Nacen a partir de ahí, no a partir de la ley.
Se diferencia, de ese modo, una escritura de la ley (que de alguna manera ya estaba), de una escritura del intento, de la historia: “cierta vez, emitimos los rayos porque algo estaba pasando en la superficie”.
Comienzan a reconocer un exterior, nacen al Otro (sin Otro nadie nunca nace, pero esto no se debe decir, debería ser un hueso tirado como quien no quiere la cosa, bajo el hocico del lector)
Los segundos visitantes son los que omiten el conflicto, todo lo que ha acontecido. Desconocen la historia, ya vienen humanizados. Sospechan que los primeros visitantes son una burocracia que domina la galaxia a través de un cruel mecanismo: se niegan a metabolizar lo que no existe. Clasifican y luego descartan, aparecen como los inventores del desperdicio, de la basura. Los segundos visitantes son cándidos panteístas, a todo digo que sí, a nada digo que no para poder construir. Un lema tomado de la música de Pablo Milanés, que en ese universo sonaba verdadera. Confunden, en definitiva, los efectos de la primera civilización con los de la segunda (aquí no damos pistas sobre la segunda, pero el novelista tendrá para llenar páginas y páginas con eso, si encuentra la relación, el gozne, o el eslabón, entre una burocracia imperfecta y la candidez milanesiana).
Los de los túneles, que para ese entonces tenían serios problemas por haber descuidado sus funciones ordenadoras, por haberse lanzado a escribir otras cosas más allá de leyes y más leyes, se sienten fastidiados por tener que intervenir nuevamente. Burocracia vieja, joven civilización. Surge la figura de un héroe, un soldado al que se le encomienda la función de borrar los restos, los efectos, de los intentos restauradores. Es necesario que el novelista se esmere en resaltar sus rasgos de valor y astucia para que, de algún modo, la civilización salga del túnel, de su pasión por la ley. De la mano del lector, claro.
Febrero 21, 2009
Algo pone el sello de la inexistencia sobre un sobre vacío ¿Iba dirigido a nadie o a alguien con identidad falsa? Es una banda en diagonal, dos rayas paralelas azules, y entre ambas, con letras rojas: INEXISTENCIAL, la palabra que intenta precisar su carácter (en el intento, en el verbo, como de costumbre, está quien trasciende una burocracia tan célebre como efectiva, nos gustaría llamar la atención sobre eso). Ninguna burocracia, salvo ciertos secretos celebrantes hessianos en la sombra que dudaríamos en llamar de esa manera, se toma la molestia de fijar las crines de lo que existe y lo que no. Ninguna burocracia va más allá de sí misma, nada, por naturaleza (¡qué ironía!), va más allá del buró. ¿Entonces estos tipos quiénes eran, se preguntaban los visitantes frente a esa pequeña manifestación de la vida que nosotros llamamos terrestre? Imaginaron en un instante túneles, tienen que ser túneles: la única realidad transcurre en un túnel, y lo demás, afirman, debería inexistir, concluye uno de los visitantes más despiertos. La roca en la que se cava la existencia, la única existencia, lo más sólido… en realidad no existe. Así fue la primera concepción que la ciencia transhistórica de los visitantes se fabricó sobre el yo terrestre. Lo imaginaron, y tan lejos no andaban, el vástago sublime de una burocracia tripa hereditaria. Cada organismo que llegó –aterrizaban, y fueron varios– elaboró nuevas conclusiones sobre lo anterior. Cuando no encontraban nada visible hacían conjeturas sobre lo invisible, por ejemplo la idea ya mencionada de una burocracia túnel. A los pocos instantes de la escena que relatamos, la burocracia, en un arranque de lucidez, barrió con los visitantes de un plumazo: una irradiación orgónica acabó con la vida de todos ellos, dejando sobre la superficie sólo un plato brillante de veinte metros de diámetro vacío con una esquela chamuscada flotando en el aire, un sobre vacío, en realidad, cuya única seña era el sello INEXISTENCIAL. Los nuevos visitantes, unos años después (ya el plato no brillaba tanto, el sobre no olía a nada y el rojo y azul se habían diluído sobre un fondo amarillento) creyeron a ciencia cierta y muerta que los burócratas eran los del plato, que gobernaban o habían gobernado la galaxia con mano férrea. Concibieron una realidad con forma de óvalo achatado, la forma aparente del plato, y menos brillante a medida que pasaba el tiempo. Los tuneleros detectaron a través de espías la presencia de visitantes, pero el Orgón se les había agotado. Subieron a la superficie y entablaron batalla cuerpo a cuerpo, con grandes polvaredas e incertidumbre sobre el resultado. Uno de ellos, conocido como general Lee, fue el encargado de recuperar el sobre con el rótulo, no podían seguir delatándose, no al menos de esa manera que parecía metafísica, cuando los del túnel, si algo intentaban negar (y al decir “intentaban”, insistimos, se traicionaban como burocracia que valiera la pena) era la posibilidad de un mundo paralelo. Toda su vida se la habían pasado en eso, patinando como burocracia, pero afirmándose como civilización.
Febrero 20, 2009
Como todo investigador sabe, es en los pliegues, en los detalles, en las oquedades, donde se encuentra el jugo. No hay que creer, entonces, más de la cuenta en las declaraciones, en los elogios, en las definiciones. Pero lo escrito, da la casualidad, está hecho de dos materias, lo sólido y lo evanescente. Más de una vez, y he ahí lo gracioso, cae quien confunde una cosa con otra. Al juguito, la humedad, el tufo de la cueva, lo da por sustancial e infaltable, y lo devana como invitación a lo grosero. La sutileza extrema es humana y cuenta con acólitos, también. Pero una tercer –y una cuarta y una quinta, pero quedémonos con la tercer– especie, la de los que después de abrir y ventilar, y especiar el tufo con sus prósperos perfumes, preguntan si uno desea una taza de té, omiten lo accesorio y lo sustancial, y se preguntan por qué desde la cueva no ven la luna, se preocupan y se angustian por sus ojos, por su vida en realidad, no ven ni lo importante ni lo accesorio, ni lo evanescente ni lo sustancial, más allá de la falta de agujeros (digámoslo todo de una vez), la falta de agujeros de su nariz.
Febrero 16, 2009
Pero la imposibilidad de decir lo que quería iba a acabarse alguna vez, era tan joven que lo sabía. Papá me decía que no se trataba de imposibilidad (siempre tan amable) sino de que yo leía demasiado, mucho más de lo que manifestaba, y eso, sencillamente, me jugaba en contra. Decía así y yo me imaginaba enfrentando a un equipo de fútbol americano, algunas veces; a molinos, otras. A veces imaginaba un equipo de fútbol americano delante de los molinos. Ni bien pasó papá, vino Morita, mi primera novia, con su solución ya no tan amable. El problema pasaba por las comas: parece que las metía demasiado, “tu manía tuya de meter todas y cada una de tus comas en tus textos”. Había otra cosa, seguramente, porque aunque pasaron los años y yo fui cambiando –menos comas, más puntos y guiones, más licuefacción– Morita me dejó por un joven que no se preocupaba por escucharla tanto aunque sí por no hacérselo notar. Entonces volví a los textos, ya sin papá. En un Nobel tuve la suerte inmensa de descubrir que las frases hacían avanzar la acción (así decía el caradura). Por supuesto que en esa época yo no me preocupaba en lo más mínimo por la realidad o la ficción ni por preguntar, como resulta obvio preguntar, de qué acciones me habla este tipo si lo está diciendo parado en medio de un ensayo sobre la obra de otro escritor que a su vez, parecía, ostentaba la increíble virtud de manejar, hacia delante o hacia atrás, nada menos que el curso de las acciones ¡inventadas! por sus textos. Y yo que por aquel entonces, más o menos como ahora, no podía poner acción en la vida (donde se supone que está), iba a lograrlo con oraciones en mi literatura. Me daba miedo, al menos. A todo el mundo le da miedo que lo tachen, cuando escribe “mi literatura”. Eso queda en manos de otro decirlo, diría mi padre, que de acción, evidentemente, si entonces no conocía, ya no conoce ni irá alguna vez a conocer. Requiescam in pace. Pero con eso iba yendo, con lo de “hacer avanzar”, que me duró muchos años, casi una década. El único requisito que le pedía a una frase era que hiciese avanzar la acción. No le pedí, en esos años, ni que tuviera música, ni que tuviera vuelo, ni que tuviera lógica. Es muy difícil, aprendería (ya más solo que nunca) hacer avanzar la acción sin lógica. Algo la lógica siempre te pide, porque la verosimilitud descansa en los brazos serenos de la lógica. En sus brazos serranos de jamón. La belleza nunca tuvo nada que ver, porque la belleza es pasajera y las obras de arte son perdurables, diría papá, y agregaría algo así como “yo sabía”, o “tenía razón”. Padre tendría todas las de ganar a la hora del recuento de personajes. Mi segunda novia apenas le saca ventaja, por callada, por decente, por tenaz.
Febrero 10, 2009
En cada encuentro había dos realidades, entonces. Es más simple de lo que parece. La realidad del mozo que trae la cuenta no importa, tampoco la de la señora más allá, que parece exhausta (sin embargo, la vieja se levanta afanosamente de su sillón director y se las arregla para decirle alguna cosa a la chica que está en la mesa de al lado: lo hace con un entusiasmo que sólo puede corresponder a quien expectora una buena dosis de consejos que la chica escucha, cortés)
Si hay dos realidades, que no son sólo la de los puntos de vista sino la de todo lo que uno deja en casa (el abrigo colgado en la percha, la hornalla asmática, un amante más entusiasta que efectivo), si hay dos realidades, entonces, no hay encuentro, podría decirse.
Miro a la señora que da consejos y una mujer, sentada a la misma mesa que mi cuerpo inquieto, mira como miro a la señora y piensa que pienso, supone que sus propios ojos me distraen y quizás por eso los evito mientras hablo o la escucho. Toda esa nulidad perceptiva de quien se inquieta por la inquietud del otro. Así transcurren varias horas. Llego a mi casa y duermo. Al fin.
Me despierto y con la vista clavada en el cielorraso sigo pensando en los últimos minutos de finales desencuentros. Qué maravilla intelectual. Prendería un cigarrillo, mirando al techo, pero no tengo. Cuál sería el gesto equivalente que no me hiciera pensar en un cadáver con los ojos abiertos. Si bien no hay realidad compartida -como inmejorablemente señala el witz de Borges- sí existe el sentimiento compartido de irrealidad, que se extiende como una mancha de aceite. Me pregunto si hay que escaparle o hay que dejarse hundir de espaldas en la mancha como si fuese un velo de nata transparente, hacia el fondo pero mirando al cielo. Me pregunto si alguna vez alcanzará a descansar la espalda en el fondo o se trata de una caída hacia atrás sin límites, como cuando uno se acuesta luego de haberse excedido en el trago y el cerebelo gira en sentido horario -no jodamos- en una esquina de la cápsula craneal. Todo el resto de las ilusiones, los significados, las ganas, todo lo demás que pulsa en la exhuberancia del resto de la bóveda, ha desaparecido por el influjo de la mala literatura, que la hay, aunque cueste precisar su alcance (todo está en la enjundia con que se lee, que jamás debería ser excesiva) Podría ser la pobre lectura de un clásico, podría ser existencialismo mamado en noches de luna llena. Hasta podría ser realismo incauto. Pero la idea de la manzana agusanada dio por tierra con la de un cerebro vaciado que se fue de sincronía. El cerebelo corre hacia atrás, o hacia delante, el resto de la bóveda se ilumina por el espectáculo de la rueda y las luces vacías se expanden, se retiran hacia los bordes, se desinteresan. A solas con el cuerpo que gira, ninguna pesadilla puede ser peor.
Febrero 9, 2009
En la obra de Shakespeare, Enrique V ordena cantar el Nom Nobis y el Te Deum luego de la victoria inglesa en Agincourt.
Enrique V fue la experiencia dramática más intensa dentro de la obra shakespereana. En su film de 1989, Kenneth Branagh subraya el énfasis de esta dirección de escena implícita. Extiende el clímax por varios minutos a través de la versión sinfónico coral de Patrick Doyle del himno Nom Nobis, en un plano secuencia que acompaña al rey mientras carga el cuerpo de un joven muerto a través del campo de batalla, sembrado de cadáveres.
[traducción propia, fragmento del texto hallado en You Tube]
- Usted, Borges, se ha ocupado muchas veces de la realidad. Dígame, maestro: ¿qué es la realidad?
- ¿Qué realidad m’ hijo?¿La suya o la mía?
[Entrevista, versión libre]
Febrero 4, 2009
Me sentí como un mono. Un mono de feria, de circo, de parque de diversiones. El pizarrón todo para mí hubiera sido un sueño, pero frente a la pizarra me tocaba estar rojo. ¿Vergüenza, odio, exaltación? No podría ser tan exacto; no sobre las emociones. “Una fórmula”, pedían alternadamente sus voces. Una vez que se animó el primero los otros insistieron, antes de empezar a trabajar. Sentados en las sillas, con la actitud displicente de quienes eran los verdaderos dueños del Departamento, me pedían una fórmula y su explicación. Elegí la más conocida, y mientras la escribía un murmullo general iba anestesiando el aula que hacía de sala. Apenas apoyé la tiza me sentí más dueño de mí, y del color de mi cara que iba bajando. Gravitación universal, no sé si la escribí bien, pero ser dueño de lo mío, de mis actos y del silencio que siguió al murmullo, no me permitía dudar: F=K.m1.m2/d²
Mientras escribía volvió el runrún, y cuando terminé siguió un silencio, de espera. Querían que les entregara diversión, palabras. Querían volver al murmullo admirado, burlón, inquieto. Empecé por las dos rayas del igual. Sabía bien adonde iba a sorprenderlos, no era ahí. Las dos rayas del igual separan, a ambos lados, expresiones equivalentes, dije. La F es la fuerza de atracción entre dos masas. Lo que está del otro lado es una constante K, la constante de gravitación universal (dos cabezas se juntaron, amagando un intercambio, pero al ver que los miraba se disolvieron, se distanciaron rápidamente de acuerdo a la situación), las masas m1 y m2, y d es la distancia que las separa, elevada al cuadrado. El punto y seguido en mi exposición daba lugar a convergencias de cabezas o a murmullo expectante, al menos, pero no hubo ninguna de las dos cosas. Mi mirada los congelaba. Si volvía al pizarrón y apoyaba la tiza habría algo, un carraspeo, un cambio de posición, una aclaración furtiva de A hacia B, quizás una broma, pero sólo cuando hiciera el movimiento, no mientras los mirara. Ahora -seguí- lo importante es apreciar cómo logró Newton llegar a la conclusión de que las magnitudes a la izquierda y a la derecha de la barra son iguales. ¿Qué es una constante universal?, pregunté al aire, en el conocimiento de que nadie se atrevería a dar una respuesta, no en el departamento de Humanidades. ¿Qué es K?, insistí, logrando el máximo grado de silencio que podía lograr alguien que no perteneciera a La Casa. Sabía que muchos veían en esa letra sugerencias incontrastables. Para los de letras K era mucho más que una letra, para los sociólogos del presente continuo también. En realidad, Newton, creía recordar, o al menos eso decían los textos (la cadena de enseñanza era interminable), había usado la letra G, pero K es una letra más que apropiada para representar una constante. Escribí entonces la fórmula de otra manera, haciendo un chiste circunstancial sobre el pasaje de términos, la escuela primaria y sexto grado. Conseguí varias sonrisas complacientes y hasta un asentimiento severo cuando sugerí que la escuela ya no es lo que era. En eso habría acuerdo más allá de las letras. Cuando despejé la letra K y la igualé a una expresión, a un producto, como decimos, y les expliqué que todo lo otro, las masas, la distancia, la fuerza, podían medirse y que eso era una constante universal porque podía constatarse como válido —idéntica a sí misma— en todo el universo, una igualdad que era lo mismo en todos lados, parecieron convencidos, al menos por un instante, de que lo que había hecho Newton no era literatura, ni vagas ocurrencias, ni inspiración divina, sino un producto del trabajo y de la tradición de la pregunta. Resultado de la pregunta, porqué los planetas giran en torno al sol, como ya había demostrado Copérnico y establecido en sus leyes Kepler. Cuando dije el nombre del astrónomo polaco me di cuenta que la directora del departamento, con su boca pintada de un rojo violento, lo repetía en voz baja, como si jugara con el nombre en la boca. Otro alertaba a su vecino, juntaban sus cabezas (m1 y m2): “Kepler, la K es de Kepler”. Mientras me bajaba de la tarima que rodeaba al pizarrón, miré hacia el piso, no tanto por humildad sino para no tropezar en el descenso. Me preguntaba -siempre que miro hacia el piso aprovecho a conversar conmigo- por qué si esta vez parecían tan de acuerdo sobre lo conveniente que resultaba que Newton, incluso Newton, no se enseñara en su Departamento —por más que la de manzana era una historia bastante buena—, por qué, me preguntaba, volverían otra vez, dentro de tan poco, a pedir que les escribiera una nueva fórmula y se las explicara. Nunca debí haber entrado por esa puerta.