Entretanto, mientras la lectura de Hombre Lento transcurre ante mí, desposeído, en este lapso, de certezas (Ich, Herr Professor), me doy a pensar, poseído en cambio por un gas bajo y tormentoso, algo gris, que toda su gracia, la de la novela, consiste en mantener muy juntos, como dos estrellas gemelas que giran en torno a un mismo centro gravitacional, a la estrella del deseo (hijo intacto de la Belleza) y a la estrella del amor.
Me doy a pensar que, como gracia, en la vida de todos los días, esa confusión es una verdadera Des-gracia (y comento -con imprudencia, a alguien que camina junto a mí por Cabildo, mañana del 25, pero de diciembre, es decir cabildeos-, que así titula Costello su novela sobre “adultez”, es decir su episodio póstumo: Desgracia, claro, y no Cabildeos, por supuesto que no).
Pienso además, con la úvula inflamada por un factor que me resulta desconocido y me sorprende, y me inquieta, y me molesta, y me lleva a este presente ardor de diario íntimo (que nunca he llevado y del que, justamente y quizás, no debería haber salido), que todo presente es beneficioso, es decir que no hay mal que por bien no venga, porque descubro (para mí, ya que en este mundo todo aparenta estar inventado), el novedoso placer de la crónica in curso, aquella que se anima mientras el libro transcurre, o se va leyendo, o se deja ir, la crónica que funda las ganas de que la historia no termine, sí, del mismo modo que no deberían terminar algunas otras historias, una crónica trazada (lanzada) de ese modo, mientras uno va andando por los parques, rengo, espantando a su paso, por pura monstruosidad frankensteiniana de la carne no amputada (por ilusa), a los patos que se acercan a comer las migas en las cercanías de un autor, una autora en este caso, una mujer sexagenaria que las arroja, sentada en un banco a orillas de un lago, con un sombrero alado, la autora de una confusión entre deseo y amor que da origen a la historia, a la novela, trágica -no podría ser de otro modo- que impide que la crónica sobre Hombre Lento sea una crónica in memoriam, ya que no sabemos el final y en eso nos hacemos cómplices, y entonces así la voy nombrando por Cabildo: vivita y coleando.
Hacemos presentes, en el acto de nombrarla -y en la curiosidad que despertamos en quien, con generosidad, nos escucha- a otros, que son copartícipes, aunque la palabra suene fea, escasa y lagunera, de la curiosidad o de la pasión. En el momento de intentar cerrar la crónica, lamentamos no tener la prosa de aquel que -dudamos- intenta escribirnos a todos. Sabemos además de nuestra vocación por lo inconcluso, por la pregunta antes que por la respuesta. No nos parece, al pasar, que haya que matar a Drago antes de que el pobre pibe con nombre de sifón se frustre, por el solo hecho de ser humano, es decir semidiós. No habría que ayudarlo a que cumpla su destino, tampoco: no negamos su fuerza, la del destino, sólo escudriñamos su escritura. Nos hacemos eco, entonces, es éso, desde dentro, mientras desayunamos, frente a una mujer curiosa y descansamos de una caminata febril por Cabildo. Sigue queriendo saber, la mujer sentada frente a mí, más sobre Elizabeth Costello, aunque ahora ya sabe que puede buscarla en Google. No le interesó hasta ahora, pero ahora le interesa, bendita sea, porque entró en relación con su gato (esas fueron mis primeras palabras, por la mañana, “que no lo sepa Elizabeth Costello, que tu gato no tiene alimento”, y la cosa quedó ahí). Una vez más, al pasar, lamento la falta de prosa en el discurso (que a veces hace falta), y la úvula traicionera que, estoy seguro, lo empeora todo.
Apunto a la definición por el dedo, ostensiva, así se dice, porque es lo que la dama amerita, hacerse presente, y así ocurre (le refresco, antes, a mi amable desayunante, que Elizabeth es una gran defensora de los animales, de sus derechos, una sexagenaria inquieta, escritora poseída, punto de llegada y partida, emblema del ser otro, la otra cara, el des-ser).
El azar me ayuda, porque detrás de su frente, que pregunta y pregunta, que olvida y olvida, veo un sombrero alado, que conversa con otra mujer, una “rubiona”, diría mi madre joven, con esos adjetivos que resumían (consumían) una forma de pensar. La rubia teñida, cincuentona, intenta, pertinazmente, convencer a la mujer alada de alguna cuestión que evidentemente la involucra, a la rubia, pero se le escapa, de algo que la concierne, de algo que las concierne a las dos. Cree estar en sus manos, y se quiere, a toda costa, librar. Los personajes son así, se me ocurre, algo fatuos. Más agitadores que fantasmas, si se quiere.
- ¿Ves ese sombrero blanco? (le señalo con la cabeza a sus espaldas, la mesa detrás) -la tomo del antebrazo implorando sigilo, o cautela, mejor, aunque, rebajado a la posibilidad de que la dama se fije (se nos fije), me inquieto y me alivio a la vez (“todos personajes”: Herr Professor dictum) -Esa, la del sombrero, en la mesa, detrás de vos, ahí la tenés.