AÑADIDURAS

Diciembre 27, 2008

Archivado en: Añadiduras — Carlos @ 8:28 pm

La perspectiva, el estilo, es una de las cuestiones. Me pregunto cómo puede gustarles -si a un estilo se le concediera, sin más, la posibilidad de gustar o no gustar- cierto estilo profesoresco a gente que aborrece las aulas. Me pregunto si son sinceros, aunque sé bien que la sinceridad con uno mismo es un círculo vicioso y la otra nunca importa.

La otra cuestión, la que no hace al estilo, es la que tiene que ver con las preguntas y las respuestas. No todos gustan -y aquí tal vez sí se le dé cabida al “gusto”- de nadar entre preguntas y respuestas. Hay gente que se acerca y otra que se aleja: ¿qué es lo que rumia este tipo? Nada, perdido. Saca alguna del agua como si fuese un aro de nata traslúcida. La aparta, la apoya sobre el borde. No es su estilo, ahora es su agua.

La narración aparece y desaparece, pero no es falta de destreza o de entusiasmo, sino que es una de las características de la narración, hay que asumirlo. Pero en los momentos en que aquello que sucede se aparta, se hace a un lado, la voz que surge no debería estar agotando el cielo con sus preguntas. La metafísica cansa, y es suficiente una pregunta para desencadenarla, como si fuese una tormenta: la tormenta metafísica. Se desenvuelve del cuerpo y se dispone a pelear (así cualquiera pelea) contra las fuerzas oscuras que le ocultan la respuesta. Como si fuera un niño, como si el universo las contuviera todas.

Descubre un agujero y se mete, ahora es un ratón. No siempre que no pase nada atormentaré al cielo con mis cosas, madre (o padre, o el que pase por ahí). Es una promesa. A veces jugaré a hacerme pequeños tajitos inofensivos, otras arrastraré a mujeres pequeñas a mi juego. De las que no tienen presencia metafísica ni costumbres que trazan época. A veces me haré ratón de boca de tormenta, y no sé a ciencia cierta (elijo no saber) si estaré actuando otra de mis apariencias o me iré alejando de mi estilo y de mis aguas, más y más, para, cierta vez, ya no volver.

Diciembre 26, 2008

Archivado en: Añadiduras — Carlos @ 1:41 pm

Cada vez -si hablamos del género sapiens- conocemos más, así parece, aunque cada vez, en nuestras casas, comprendemos menos.

 No bien el enorme televisor que era una de las atracciones de su pieza comenzaba a fallar, o se quedaba ciego, mi abuelo septuagenario retiraba la tapa posterior de cartón prensado y echaba un vistazo: sin comprender absolutamente nada del funcionamiento del artefacto, sí sabía que había válvulas que se aflojaban en su zócalo por efecto de la temperatura, o que sencillamente se quemaban y no servían más. Buscaba con la vista por alguna que estuviera rezongona, o inoperante, la acariciaba suavemente en la cabecita y si el animal no respondía había que reemplazarlo, tarea que le correspondería al técnico. El técnico venía entoces de visita: los pisos estaban encerados y el tipo entraba a la pieza deslizándose con su maletín metálico como una patinadora rusa. Se arodillaba detrás del gran animal y procedía a seguir los pasos que, con algún recurso más, no dejaban de ser aproximadamente los que había intentado Francisco, mi abuelo, quien esperaba un tiempo prudencial, le hacía alguna pregunta al pasar, y al acercarse el final, cuando el personaje arrodillado sobre los patines procedía a ubicar la tapa de cartón prensado en su lugar, se animaba a ofrecerle una copita, algo imprecisa pero muy exacta, además.

 En casa de una amiga, la veo sobresaltarse. Se levanta de la mesa de un salto, con un embarazo avanzado a cuestas, y sale corriendo por la puerta. Abre y entra el perro, corriendo también. Me dice mi amiga que lo había dejado afuera y sin agua. Eran días de mucho calor. Como al pasar comenté que el alimento les da mucha sed, dando por supuesto que alimento hay uno sólo, el balanceado, esos pellets inciertos y exactos que solucionan todas las necesidades de los animales en juego: por precio no módico el dueño se queda tranquilo; el animal no habla, así que uno no sabe bien qué le parece la cosa, pero el tercero, el profesional, con la palpable asistencia de la multinacional que no llega a ser cuarto, porque no tiene cara, asiente y rubrica la legitimidad del circuito. Pero la que sabe, al modo de mi abuelo, es mi amiga, que afirma que claro, que es cierto que el alimento les da mucha sed, porque los pellets en el estómago del animal mudo se hinchan, y es eso lo que da la sensación de saciedad. Todos tenemos estómago, es cierto, y lo podemos entender. Pero da la impresión de que algo, que era del orden de lo cotidiano -preparar un arroz partido, unos vegetales, algunos huesos- se nos ha alejado unos pasos. Sabemos más, como sapiens, para calmar las necesidades de los que no hablan (o eso creemos, o eso elegimos creer), sabemos nuevas técnicas. Sabemos menos de lo que pasa en la intimidad del funcionamiento de las cosas. Si bien tenemos estómago y aparato digestivo, al que le metemos cosas que lo sacian o que lo inflaman (y que nunca esto ocurre, por sí ni para sí, sino en un organismo que además, desea y con suerte piensa), supongo que nadie jamás ha hecho la experiencia de ingerir el equivalente a esos pellets y ver qué pasa. No, no admito el recurso a la comida rápida, fast food. Sospechamos, todos, que la comida rápida es muchísimo peor, y sin embargo ahí está.

 Y si es cierto que las cosas, los objetos, tienen un aura, es indudable que se vuelve más y más opaca, hasta hacerlos (y hacernos) peligrar.

 

Diciembre 25, 2008

Archivado en: Añadiduras — Carlos @ 7:34 pm

Entretanto, mientras la lectura de Hombre Lento transcurre ante mí, desposeído, en este lapso, de certezas (Ich, Herr Professor), me doy a pensar, poseído en cambio por un gas bajo y tormentoso, algo gris, que toda su gracia, la de la novela, consiste en mantener muy juntos, como dos estrellas gemelas que giran en torno a un mismo centro gravitacional, a la estrella del deseo (hijo intacto de la Belleza) y a la estrella del amor.

Me doy a pensar que, como gracia, en la vida de todos los días, esa confusión es una verdadera Des-gracia (y comento -con imprudencia, a alguien que camina junto a mí por Cabildo, mañana del 25, pero de diciembre, es decir cabildeos-, que así titula Costello su novela sobre “adultez”, es decir su episodio póstumo: Desgracia, claro, y no Cabildeos, por supuesto que no).

Pienso además, con la úvula inflamada por un factor que me resulta desconocido y me sorprende, y me inquieta, y me molesta, y me lleva a este presente ardor de diario íntimo (que nunca he llevado y del que, justamente y quizás, no debería haber salido), que todo presente es beneficioso, es decir que no hay mal que por bien no venga, porque descubro (para mí, ya que en este mundo todo aparenta estar inventado), el novedoso placer de la crónica in curso, aquella que se anima mientras el libro transcurre, o se va leyendo, o se deja ir, la crónica que funda las ganas de que la historia no termine, sí, del mismo modo que no deberían terminar algunas otras historias, una crónica  trazada (lanzada) de ese modo, mientras uno va andando por los parques, rengo, espantando a su paso, por pura monstruosidad frankensteiniana de la carne no amputada (por ilusa), a los patos que se acercan a comer las migas en las cercanías de un autor, una autora en este caso, una mujer sexagenaria que las arroja, sentada en un banco a orillas de un lago, con un sombrero alado, la autora de una confusión entre deseo y amor que da origen a la historia, a la novela, trágica -no podría ser de otro modo- que impide que la crónica sobre Hombre Lento sea una crónica in memoriam, ya que no sabemos el final y en eso nos hacemos cómplices, y entonces así la voy nombrando por Cabildo: vivita y coleando.

Hacemos presentes, en el acto de nombrarla -y en la curiosidad que despertamos en quien, con generosidad, nos escucha- a otros, que son copartícipes, aunque la palabra suene fea, escasa y lagunera, de la curiosidad o de la pasión. En el momento de intentar cerrar la crónica, lamentamos no tener la prosa de aquel que -dudamos- intenta escribirnos a todos. Sabemos además de nuestra vocación por lo inconcluso, por la pregunta antes que por la respuesta. No nos parece, al pasar, que haya que matar a Drago antes de que el pobre pibe con nombre de sifón se frustre, por el solo hecho de ser humano, es decir semidiós. No habría que ayudarlo a que cumpla su destino, tampoco: no negamos su fuerza, la del destino, sólo escudriñamos su escritura. Nos hacemos eco, entonces, es éso, desde dentro, mientras desayunamos, frente a una mujer curiosa y descansamos de una caminata febril por Cabildo. Sigue queriendo saber, la mujer sentada frente a mí, más sobre Elizabeth Costello, aunque ahora ya sabe que puede buscarla en Google. No le interesó hasta ahora, pero ahora le interesa, bendita sea, porque entró en relación con su gato (esas fueron mis primeras palabras, por la mañana, “que no lo sepa Elizabeth Costello, que tu gato no tiene alimento”, y la cosa quedó ahí). Una vez más, al pasar, lamento la falta de prosa en el discurso (que a veces hace falta), y la úvula traicionera que, estoy seguro, lo empeora todo.

Apunto a la definición por el dedo, ostensiva, así se dice, porque es lo que la dama amerita, hacerse presente, y así ocurre (le refresco, antes, a mi amable desayunante, que Elizabeth es una gran defensora de los animales, de sus derechos, una sexagenaria inquieta, escritora poseída, punto de llegada y partida, emblema del ser otro, la otra cara, el des-ser).

El azar me ayuda, porque detrás de su frente, que pregunta y pregunta, que olvida y olvida, veo un sombrero alado, que conversa con otra mujer, una “rubiona”, diría mi madre joven, con esos adjetivos que resumían (consumían) una forma de pensar. La rubia teñida, cincuentona, intenta, pertinazmente, convencer a la mujer alada de alguna cuestión que evidentemente la involucra, a la rubia, pero se le escapa, de algo que la concierne, de algo que las concierne a las dos. Cree estar en sus manos, y se quiere, a toda costa, librar. Los personajes son así, se me ocurre, algo fatuos. Más agitadores que fantasmas, si se quiere.

- ¿Ves ese sombrero blanco? (le señalo con la cabeza a sus espaldas, la mesa detrás) -la tomo del antebrazo implorando sigilo, o cautela, mejor, aunque, rebajado a la posibilidad de que la dama se fije (se nos fije), me inquieto y me alivio a la vez (“todos personajes”: Herr Professor dictum) -Esa, la del sombrero, en la mesa, detrás de vos, ahí la tenés.

Diciembre 24, 2008

Archivado en: Añadiduras — Carlos @ 2:45 pm

Bryn Terfel/ La orquesta de la radio holandesa, dir. Edo De Waart/ “O! Du mein holder Abendstern” (“La cancion de la estrella”)/ Tannhauser/ R. Wagner

Archivado en: Añadiduras — Carlos @ 2:22 pm

Una gran oportunidad: tenerla inerme, envuelta en cinta adhesiva, como si fuera celofán para regalo, quietita y riendo feliz por la leve rodada, al pie de la pendiente de sus juegos (siempre un poco infantiles).

Una gran oportunidad, la de cargar la larvita en el asiento de atrás de un auto, un Valiant con cómplices, para llevarla a algún lugar recóndito a hacer todo lo que le tenemos que hacer.

Nadie va preso por soñar, por liberar sus tendencias en la noche (aunque el que sueña sea tan torpe como para no percibir que podríamos quedar pegados)

Cuando el superyó descansa, ¿es atinado planear delitos?

¿O deberían surgir, mucho más prácticos, bajo supervisión policial?

Diciembre 14, 2008

Archivado en: Añadiduras — Carlos @ 12:53 pm

“… in those days, more cultivated days, the New York Philarmonic was broadcasted every Sunday throughout the nation, Toscanini conducted –there was no television, of course, in those days– and that was a great cultural event, that… fashioned the musical audiencies of that time of the whole of the United States. And I remember listening to a broacast of his, with my father, somewhere on tour in Colorado, we were in the car… and that unmistakable Toscanini stub was on it, it had naturally pace, precision, incision… everything was as shortly defined as you could possibly imagine. That was his greatness”

Diciembre 8, 2008

Archivado en: Añadiduras — Carlos @ 5:43 pm

Condición, una de las tantas, traer hijos al mundo. Para sumarlos al desencuentro, para restarlos de la desesperación. El fin de semana largo se va uno de vacaciones, se agita, sufre el calor –sólo un poco–  se excita bastante al comprar. Artículos de ferretería para el padre, un martillo con mango plástico color naranja. Dos patitos simétricos, inflables, para la nena y el nene, que no se hundan este verano bajo el peso del flaqueante arbolito (una de las pesadillas, el árbol se inclinaba, el padre lo veía inclinarse ante su vista desde la mesa navideña, con un centro de pavo horneado, inmóvil, sin poder hacer nada –como dictan las pesadillas, cómo dictan– y el árbol tejía su sombra sobre los rostros de los hijos, los aplastaría a los dos, o a uno de ellos solamente y así se rompería la armonía, pero un instante antes de que lo más temido ocurriese la estrella se desprendía de la punta –así son las pesadillas– y se instalaba, silenciosa, en el corazón del hijo, que primero la miraba extrañado y después se daba cuenta –así son– de que no había nada que hacer, ni siquiera forcejeaba contra el hecho, aunque esto le ocurría al que soñaba, es decir al padre, paralizado en su baño de sudor) Un silbato amarillo para el padre, proseguiríamos, que ya se imagina soplándolo desde la costa, para llamarlos, para traerlos a él. Inflando los intercostales, es el juego, o así es como voy metiendo el ombligo bajo la pelusa cada año un poco más. La mamá está hecha, con la mirada lasciva que el jefe de sección juguetería –el dueño de los patitos, un joven ganso– dirige a sus rodillas maduras, dos duraznos que comienzan a insinuarse aplastados contra marzo. Una pollerita de jugar al tenis, unos zoquetes color rosa, la estirada voluntad de sus gemelos, y el aire acondicionado del local –of course– desvían la mirada del joven con la fuerza de una toma de judo: mira allí donde debes y no mires más. La madre, como dijimos no va a precisar más nada, y el joven plumífero piensa, o así parece, que algún día la madre vendrá sola, por la mañana, cuando las fibras son otras y los ojos son menos. ¿La verá rendirse? La remanida fantasía del probador: ¿se probaría ella un patito? Quizás sí, quizás no, aunque soñar con el verano, en esta ciudad, se parece mucho a rajarse, y el tiempo vuela más rápido aún (el tiempo se raja antes) La semana que viene, esas son las verdaderas posibilidades de los textos –y el sueño– ya estamos instalados ahí, en la semana que viene, el joven ya no la desea porque no la recuerda, y entonces es una fábula, ésta, la viñeta de la semana anterior es la fábula de la semana que viene, sugiere una ley, que dice que el deseo es evanescente y momentáneo, fugaz y esquizofrénico, contrario a la voluntad humana y a los relatos, que siempre requieren un sentido con el lector instalado allí. Por eso se ausenta con demasiada frecuencia ante las narices de sus instigadores y de las familias, que, a pesar de que no podrían, ya han dejado de soñar, porque el tiempo (las fábulas redondean), el tiempo se rajó.

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