AÑADIDURAS

Septiembre 22, 2008

Archivado en: Añadiduras — Carlos @ 4:15 pm

La literatura toma respecto de su objeto la distancia que corresponde.
Alejas con la mano el prisma de los copos níveos y lo observas (mientras con la otra te tocas, bruto).
¿Por qué tamaña insistencia en lo que de pajandi tiene nuestro ars, Orestes? Y si digo “nuestro” es porque soy tu lectora, nada más.
¿O acaso pretendías que las cartas fuesen respondidas, o –lo cual hubiese sido una catástrofe– devueltas?
Las cartas de un escritor son para ser consumidas, como el pasto de una rumia, como el viento contra los acantilados.
¿O no crees que tu arte me desgasta, me erosiona? ¿De qué están hechas las arenas de los mares, las curvas de los ríos, los pelos de las pajas? ¿De qué están hechas, Orestes?
Te pregunto desde acá, y soy tan directa como quiero porque si nunca me han importado la distancia y el qué dirán, menos van a importarme hoy.
Sí, la muerta habla, la desgastada se renueva, la pajera se afeita las crines.
No creas que la vida europea es tan próspera como dicen ni tan deleitosa como imaginas. Mis buenas pajas tengo, y si algo se erosiona temprano es la sensibilidad de los dedos.
Por eso me he puesto a escribir, hermano (es éso lo de Orestes, ¿no?, lo que la mar querrá que terminemos siendo…)
Pero tenemos un hijo, hombrecito, no lo olvides.
No quiero nombrarlo, por el riesgo de profundizar las diferencias entre nuestras escuálidas visiones.
Cuanto más idiota parezca más dará que hablar, así piensa una madre en medio de su arte febril.
Así supone quien está cansada de que la aplaudan y aburrida de que la acaricien mal y a destiempo.
He decidido tomar el torno por las astas, la sartén por el mango, a Cronos por su barba.
Pero ni Neptuno ahondará nuestras diferencias.
Ahí van tus higos.
Ofelia.

Septiembre 19, 2008

Archivado en: Añadiduras — Carlos @ 11:56 pm

Vertedero de mi vida, sinapsis de mi sinapsis:

Espero que Barcelona te trate sin candado.

Desde que te fuiste los trinos son un semitono más bajo, las sombras un centímetro más calientes y Sistito una décima menos hombre.Al revés de lo que piensa la mayoría, soy de la idea que más pierde un niño cuando la fuente de sus efluvios se aleja que cuando su padre exhibe un modelo oxidado o siniestro (se me ocurre la idea de una fuga, un escape de la energía sexual, nada peor).
Para que te quedes tranquila: el pibe va zafando, no demuestra dotes ni inquietudes particulares pero zafa, y en este país saber zafar es una buena habilidad frente a la perspectiva de una vida sin herencia.

La sorpresa de esta ciudad son los alcauciles: nunca los vi tan robustos y ofrecidos. Cualquier mujer se pone unos tonos más alegre al ver semejantes aves. Estoy pensando en preparar dos o tres frascos en conserva. Algunas noches mando a Sisto con la abuela y recibo visitas; creo que te he comentado, nada las impresiona tanto como mis habilidades culinarias. Sucede que a veces ya no tengo ganas de ponerme, hic et nunc, frente a la hornalla. Para esos casos, las conservas. “¿Las hiciste vos?”. A partir de la pregunta se me figura un horno y una cama, y dejo de parlotear.

La última –¿podés creer?– se tendió con zapatos, zapatos celestes, muy sexy. Encima me preguntó si me había separado por atorrante, para poder atorrantear tranquilo (claro, el pibe no estaba). Tendrías que haber visto cómo le puse los puntos, te diría que no a ella sino al género todo. Le dije lo de que “tu carrera no espera”, “el escenario y las luces”, “la necesaria juventud para bailar”… lo mejor de tu repertorio. La flaca, mientras le expresaba mis razones, mis fundamentos (mis derechos), se fue descalzando recostada sin decir ni mu; primero una pierna, mientras con la punta del otro pie hacía fuerza contra el talón, después la otra, dejándo caer los zapatos por gravedad. Dos sonidos secos. Luego se metió bajo la sábana, se acurrucó en mi pecho y me miraba mientras yo seguía hablando como si nada. Hubiera preferido que se los dejara, no sabés cómo desde ese día me ratoneo con ella desnuda y con zapatos. Zapatos celestes, a horcajadas, tendrías que ser hombre para entender lo que se siente.
Si hubiera ocurrido no sería igual: pajas son pajas y todo Ars, pajandi .

Saludos.

Orestes.

Septiembre 17, 2008

Archivado en: Añadiduras — Carlos @ 11:50 pm

Pero en el fondo pienso –le decía– que la palabra desolación no se utiliza lo suficiente, no se le hace justicia.
Pareciera que el desolado estuviera a punto de ponerse una soga al cuello en medio de la bañera (le recomendé no atarla al caño de la ducha porque tiene muchos puntos de falla y suele ocurrir que luego del intento falte el agua).
Lo más probable es que el pobre fulano vague por ahí con la gruesa soga –la amarra que usan los barcos– buscando quien lo ayude o lo convenza, con buenos argumentos, ya no digo de darle un uso diferente cuando la idea de lo útil es la primera que fracasa, sino más bien de que alguien sea lo suficientemente terco o imaginativo como para hacerlo reir (o llorar, que para el caso es lo mismo).
Ese sentimiento de desolación surge ante la morisqueta del saber, que, estoy convencido, es un mirar huraño y extraviado, nada tiene de vivo (lo vivo duda, desconoce y tiembla).
Saben lo de la soga.
Se sacan chispas por saber, se matan por el saber, pero ya nada les queda de la vitalidad de los orígenes voyeurísticos, francamente sexuales.
No queda más por ver, entonces bajan la vista o la alzan demasiado.
Al principio pensaba que buscaban a un muerto, o señalaban un ideal.
Luego me di cuenta –fue cuando caí en esta desolación– de que ven a un tipo con una soga en las manos –una amarra tal vez– y pasan de largo como si hubieran visto un pino.
Como si los hubieran visto todos, además.

No va a venir nadie

Archivado en: Añadiduras — Carlos @ 1:28 pm

1 ¿Vive usted de la literatura? ¿Qué lugar ocupa en su modo de ganarse la vida? ¿Qué otros trabajos hace o ha hecho?

No.
Ninguno (un lugar afrodisíaco).
Trabajos matemáticos y de adivinación.

2 Si tuviera que comparar el trabajo de escritura con otro oficio ¿con cuál sería y por qué?

Con el oficio de hacerse la paja.

3 ¿Cómo trabaja su escritura? ¿Cuánto tiempo le dedica? ¿Lee alguien sus textos antes de publicarlos? ¿Escribe de manera regular? ¿Lee a otros autores en los períodos en que está escribiendo?

No la trabajo.
El tiempo libre.
No, nadie los lee.
Escribo de manera irregular.
Leo desde cartas de vinos hasta carteles de colectivos. Leo exámenes ajenos. Leo comentarios. Horóscopos. Publicidades de hoteles mal escritas. Subtítulos de películas bien traducidas y otras no tanto, películas griegas traducidas del portugués, en compañía (“¿anjinho?”), subtítulos de películas pornográficas, recetas de cocina, instrucciones de uso de todo tipo, entrevistas a reconocidos escritores, juegos de ingenio, sus reglas.

Preguntas tomadas de “El interpretador” (sobre notorios)

Archivado en: Añadiduras — Carlos @ 12:50 pm

Se me acerca en sueños, es la primera vez que sucede.
Sigilosa.
Maternal, pero no como mi madre sino como las madres de los mitos; calma, con todo el tiempo del mundo.
Me ve dormir por media hora, por una hora más, sin intervenir.
Babeo el colchón; la boca desgajada deja salir lo más profundo de mi aliento.
Está sentada en el borde de la cama, cerca del velador, entre la luz tenue y mi cabeza orientada hacia ella, que no la ve.
Baja su cabeza, se inclina, serpenteante, y coloca su nariz bien cerca de mi boca e introduce el olor de mi aliento –lo aspira– en el interior de sus fosas nasales.
Es suficiente.
Se incorpora, permanece sentada en la cama, e inclina la cabeza hacia atrás mientras cierra los ojos. Cata en trance; quiere precisar a qué sabe, dónde estuve, y con quién. Cree que podría adivinarlo.
Es curioso que mientras aspira, para mantener la corriente a través de sus células sensitivas, mueva con lentitud la lengua en el interior de su boca y cierre los ojos con un temblor en los párpados. Los sentidos están relacionados, claro. En el cuello se le marcan las venas azules, los tendones fibrosos, una señal de intensa actividad.
En algún momento, antes de que amanezca, se levanta y se va (para siempre, como suele afirmarse tan a menudo).
Cree poder decir: “nunca estuve ahí”.

Septiembre 10, 2008

Archivado en: Añadiduras — Carlos @ 10:46 pm

Él también se fue haciendo conmigo

Habrás pensado que me dejabas al pibe y algún día te lo devolvía, igualito.

Lo primero que hice fue hablarle de la historia familiar. Después de la historia del país. Mucho no entiende. “Unitarios y generales”, me dijo el otro día. “Federales, como el jabón que usaba la abuela”, le aclaré. “Federales, federales”, repetía y me miraba desde lo bajo mientras íbamos al almacén de la mano. Parecía que me cargaba. En eso sale a vos. ¿Te acordás que todo el tiempo te burlabas de mi manera de hablar? Ya no tartamudeo, te cuento. Creo que el pibe fue una buena influencia. Los chicos no esperan, las carreras tampoco. Eso de las carreras me lo escribiste en tu primera y única carta. “La magia de los escenarios tiene fecha de vencimiento”, como si te estuviera leyendo.

Me preguntan, cada tanto, gente bienintencionada, si merezco tu respuesta.

No podría explicarles, no entenderían, que todas las respuestas me las dejaste cuando te fuiste.
Estrenaron una película, hace poco –sólo vi los avances– de un tipo que sabe que se va a morir y le deja una pila de cartas escritas a su mujer, para que se entretenga durante su eterna ausencia.
Qué original se nos está poniendo Hollywood.

Te saludan con frenesí.

Orestes y Sistito.

Archivado en: Añadiduras — Carlos @ 1:05 am

Pienso que vos no me entendías.

¿Sabías, por ese entonces, que escribía?
Es difícil, porque lo hacía sin los medios tradicionales, que aún no consideraba necesarios.
Soberbio, sí, es cierto. Antes de los cuarenta todos lo somos.
De todas maneras deberías preguntarte, algún día, qué podría haber estado haciendo mientras vos, de sueño tan placentero, dormías.

No era que me quedara contemplativo mirando tus enaguas.
Que sí, que sí valían la pena (tengo miedo que formes con tu boca un delicioso rictus y dejes de leer en este punto). Esas enaguas sí que valían la pena, y lo que venía debajo se grabó a fuego: tu piel, tus muslos, tu temblor…
¿Sabés que te venía un temblor, mientras dormías?
Era como si te fueses desconectando, los nervios de las extremidades, de a uno por vez.
Nunca vi nada igual.

Ahora –como siempre que empiezo con esta voz me entusiasmo y me excedo– ahora el desafío que se me ocurre es exactamente el contrario (cuando empiezo con estas cosas también tengo miedo de que dejes de leer, que en vez del rictus me hagas un bostezo).
El desafío, te decía –y recuerdo muy bien que la filosofía te importa un bledo– es conectar los nervios con las palabras.
Al revés de lo que te pasaba, o lo que lograbas, mejor dicho, tu arte de la desconexión. Ojalá pudiera conectar algunas vivencias con las letras que te las alcanzan, allá lejos. Todos los días se interpone algo diferente.
Hoy es el pudor, impuesto por la naturaleza misma de la experiencia (permitime de vez en cuando usar un lenguaje desagradable y técnico; ni tan siquiera aburrido).

Y no voy a usar una palabra en particular.
Sólo que estos días me acercan a vos, tanto como me alejan.
No pretendo que entiendas, sino que vivas para contarlo.
Tampoco espero que pesques el sentido de palabras tan ambiguas como “vivir”, o “contar” (a ver: “vivir” son los nervios, “contar”, las palabras, para hacerlo simple).
Acercar y alejar: eso es la más pura paradoja.
Algo te ha traído repentinamente cerca, y sin embargo el tiempo ha pasado, agua bajo el puente.
¿Eso nos acerca, nos aleja, o nos mantiene tan juntos y necesitados el uno del otro como las dos márgenes de un mismo río?

Cariños.
Jamás tuve noticias de tus higos.

Orestes.

Archivado en: Añadiduras — Carlos @ 12:41 am

Se van volviendo islas, decía un joven al verlos, la impresión que tenía era que cada uno de ellos iba recortando su individualidad a fuego y dejaban de hablar entre sí. Como si fueran flancitos, pensaba otra. Las aceitunas de una pizza, sembradas al voleo cuando ya todo estaba cocinado. Frutillas en almácigos, que no toquen la tierra. Gusanos al sol, al riesgo de un pico voraz. Vergonzosas almejas. Lúbricas ostras. Kinotos de piel de naranja. Ciruelas negras. Marchitas.

Archivado en: Añadiduras — Carlos @ 12:40 am

En los espejos, un secreto mecanismo, por capricho del instalador, devuelve cierta imagen, engordada feliz y amable, de quien se planta frente a ellos.

Caerles bien, fecundar su confianza, jamás ignorarlos, debería ser el lema de todo aquel que no quiera encontrarse frente a frente con la eximia, parecidísima calavera.

Septiembre 5, 2008

Archivado en: Añadiduras — Carlos @ 2:48 pm

Pienso que nos vamos a romper, efectivamente.

¿No me mandarías unos higos de Madrid?

Yo sé que no es fácil. Al fin y al cabo nunca lo fue.

Por acá escritores que siguen anclados en lo perceptual, te lo juro.
De los ojos a la letra y de la letra a los ojos.
Hablábamos con Stalker, el otro día nos tomábamos unos cafecitos enfrente al Coliseo (que está cerrado por reformas tendientes a su desaparición, el Coliseo de toda la vida, ¿podés creer?) y decíamos que esos tipos, esas tipas, son perfectas máquinas vergonzosas.
Vos sabés lo que dice Sartre de la vergüenza, no voy a perder el tiempo en explicártelo.
Sabés además lo que es subir a un escenario. Si hay algo que una máquina no puede hacer es subir a un escenario, y en cambio sí sabe lo que es bajar. ¿Vos creés que una máquina no se da cuenta cuando la desmantelan?
Otra cita, hoy estoy iluminado: Odisea, la de Kubrick.
¿Viste como llora, cómo se queja Hal mientras la desactivan?
Y no me digas que hasta ahí no era una absoluta desvergonzada…

Supongo que con lo del tango te irá bien. Vi los carteles en Barcelona, a veces te envidio. También veo que entrás al blog, bah, supongo que sos vos. Nunca vas demasiado profundo en la lectura, excepto cuando hablo de vos.
Una narcisista descarada.
¿Sabías que no dura para siempre, y que, como si eso fuera poco, el maquillaje se va quedando con pedazos de tu cara? Es como una foca que te muerde el colágeno sin que te enteres, por más que lleve una marca francesa.
A propósito, si hay alguien a quien no deberías creerle es a los franceses, lo leí en un diario la otra vez, son sinónimo de falsedad.

A veces pienso que sería bueno que no aparezcas más delante de mis ojos, sabés; el tiempo es cruel como pocos.
Como yo no me veo –no pierdo el tiempo delante de espejos– vengo zafando, pero no sé si podría evitar una mueca de horror al verte.
Si estuvieras igual es exactamente lo mismo, o peor.

Te manda cordiales saludos (y no te olvides de los higos).

Orestes.

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