La ciudad sigue soleada y mi odio hacia los ensayistas se ha trasladado a los literatos y a los felinos. La pose literata me tiene a mal traer. He visto mucho Faulkner, no tanto como he leído, confieso. ¿Saben como terminan? La novia les sirve cuadraditos de mortadela en la boca mientras les aprietan los cachetes y les dicen “Rucucu para la foto, amor”.
Cazadoras de leones, señores, con gorro tejido a crochet y escopeta de dos caños.
Yo, iluso, pensaba que Faulkner vivía en vahos alcohólicos que se inscribían en el aire todo el tiempo, incapaz de ponerla y más que capaz de ahuyentarlas con dolores de cabeza matinales.
Ahora se la pone hasta por la mañana, a no dudarlo.
Por la tarde, por la noche, por la mañana, y ella no se saca el gorro de crochet y por las dudas conserva los dos caños debajo de la cama, apuntando hacia arriba, por si él amagara levantarse a por un vaso de agua.
Terrible este mundo en manos de las Grandes Cogedoras. Sólo queda rezar o competir por sus improbables caricias.
Pero esas vaginas no llegan a ser prensiles, de eso estamos seguros.
Ayer cuando estábamos los cuatro en la mesa del club, pastando nuestro vermouth antes de la cena (que cada cual iría a tener con su familia), tiré la frase “esas vaginas no llegan a ser prensiles” y los tres miraron extrañados.
El primero reaccionó, mal, como no podría ser de otra manera por efecto del vermouth, y dijo: “prénsiles, se dice prénsiles”. Los demás ni lo escucharon. Cuando hay una afirmación polémica se forma fila para opinar y nadie escucha.
“Ya entiendo, ¿pero qué buscan?”, dijo el segundo.
“Quebrarles la espalda…” dijo el tercero, dando la apariencia de que había estado escuchando pero podía adivinarse que una vez más estaba por armar un discurso extremo.
Ahí fue cuando me desconecté y les di la razón a las Grandes Felinas Cogedoras.
Somos incapaces de hablar, por ejemplo en esa mesa estéril.
La gata te lleva a competir, aunque no sepas por qué ni con quién. Además no pregunta si agujero o arañazo.
¿Quién es capaz de decir si se pasaron la noche cogiendo o peleando, cuando vuelven destrozados por la mañana?
Al menos el oído no reconoce del todo si son peleas o son terribles garches, lo que ocurre en los tejados.
El mundo del crochet es igual. Una red se extiende por todo el mundo, parece floja, lastrada, y lleva impresa la huella de cada machito, se recorta por sobre su silueta.
Una red blanca, o color té, como los teñidos que la abuela le ponía a sus hilos cuando no había tanto químico (el mismo tecito: Faulkner y sus whiskies…).
Una red blanca floja sobre cada machito que conversa en la mesa de un bar, yendo al extremo con otros machitos que creen poder hablar sobre las Grandes Ponedoras.
Hasta que ellas vienen con un hilito de coser y ajustan, casi bordan, el crochet, sobre cada una de las siluetas que vermucean.
Con una de dos caños, te vienen a buscar.
Ayer al segundo lo vinieron a buscar así. Fue el primero que se tuvo que ir: la bruja le mandó las mellizas.
Habla primero una y después la otra.
Llegué a darme cuenta de que siempre dicen la misma cantidad de palabras, como si se hubieran puesto de acuerdo.
“Hoy decimos tres”, “no, cuatro”, “¿cuatro en total o cuatro cada una?”… discuten antes de entrar al bar sin abrir la boca.
Pero eso no importa.
He llegado a desligarme de las palabras que dicen, porque siempre encubren otra cosa.
Como esos círculos de escritores franceses que se plantean consignas extrañas, cuando las veo venir adivino, o quizás me lo transmitan con el pensamiento –porque esas mellizas son psíquicas– cuantas palabras dicen, cuantas serán esta vez.
No tiene ninguna importancia.
