AÑADIDURAS

Agosto 31, 2008

Archivado en: Añadiduras — Carlos @ 12:26 pm

La ciudad sigue soleada y mi odio hacia los ensayistas se ha trasladado a los literatos y a los felinos. La pose literata me tiene a mal traer. He visto mucho Faulkner, no tanto como he leído, confieso. ¿Saben como terminan? La novia les sirve cuadraditos de mortadela en la boca mientras les aprietan los cachetes y les dicen “Rucucu para la foto, amor”.
Cazadoras de leones, señores, con gorro tejido a crochet y escopeta de dos caños.
Yo, iluso, pensaba que Faulkner vivía en vahos alcohólicos que se inscribían en el aire todo el tiempo, incapaz de ponerla y más que capaz de ahuyentarlas con dolores de cabeza matinales.
Ahora se la pone hasta por la mañana, a no dudarlo.
Por la tarde, por la noche, por la mañana, y ella no se saca el gorro de crochet y por las dudas conserva los dos caños debajo de la cama, apuntando hacia arriba, por si él amagara levantarse a por un vaso de agua.
Terrible este mundo en manos de las Grandes Cogedoras. Sólo queda rezar o competir por sus improbables caricias.
Pero esas vaginas no llegan a ser prensiles, de eso estamos seguros.

Ayer cuando estábamos los cuatro en la mesa del club, pastando nuestro vermouth antes de la cena (que cada cual iría a tener con su familia), tiré la frase “esas vaginas no llegan a ser prensiles” y los tres miraron extrañados.
El primero reaccionó, mal, como no podría ser de otra manera por efecto del vermouth, y dijo: “prénsiles, se dice prénsiles”. Los demás ni lo escucharon. Cuando hay una afirmación polémica se forma fila para opinar y nadie escucha.
“Ya entiendo, ¿pero qué buscan?”, dijo el segundo.
“Quebrarles la espalda…” dijo el tercero, dando la apariencia de que había estado escuchando pero podía adivinarse que una vez más estaba por armar un discurso extremo.

Ahí fue cuando me desconecté y les di la razón a las Grandes Felinas Cogedoras.
Somos incapaces de hablar, por ejemplo en esa mesa estéril.
La gata te lleva a competir, aunque no sepas por qué ni con quién. Además no pregunta si agujero o arañazo.
¿Quién es capaz de decir si se pasaron la noche cogiendo o peleando, cuando vuelven destrozados por la mañana?
Al menos el oído no reconoce del todo si son peleas o son terribles garches, lo que ocurre en los tejados.
El mundo del crochet es igual. Una red se extiende por todo el mundo, parece floja, lastrada, y lleva impresa la huella de cada machito, se recorta por sobre su silueta.
Una red blanca, o color té, como los teñidos que la abuela le ponía a sus hilos cuando no había tanto químico (el mismo tecito: Faulkner y sus whiskies…).
Una red blanca floja sobre cada machito que conversa en la mesa de un bar, yendo al extremo con otros machitos que creen poder hablar sobre las Grandes Ponedoras.
Hasta que ellas vienen con un hilito de coser y ajustan, casi bordan, el crochet, sobre cada una de las siluetas que vermucean.
Con una de dos caños, te vienen a buscar.

Ayer al segundo lo vinieron a buscar así. Fue el primero que se tuvo que ir: la bruja le mandó las mellizas.
Habla primero una y después la otra.
Llegué a darme cuenta de que siempre dicen la misma cantidad de palabras, como si se hubieran puesto de acuerdo.
“Hoy decimos tres”, “no, cuatro”, “¿cuatro en total o cuatro cada una?”… discuten antes de entrar al bar sin abrir la boca.
Pero eso no importa.

He llegado a desligarme de las palabras que dicen, porque siempre encubren otra cosa.
Como esos círculos de escritores franceses que se plantean consignas extrañas, cuando las veo venir adivino, o quizás me lo transmitan con el pensamiento –porque esas mellizas son psíquicas– cuantas palabras dicen, cuantas serán esta vez.
No tiene ninguna importancia.

Agosto 30, 2008

Archivado en: Añadiduras — Carlos @ 11:36 pm

Cuando pueda iré a ver esa película que dices, mientras tanto me entretendré aquí con menudencias.

Se te quiere y se te extraña, desde que te has ido del país.
Los ceibos han dejado de ser la flor nacional y ahora son las flores de la pera, de los perales.
La bandera sigue igual.
El sol sin su sonrisa, la que le dibujábamos a los críos.

Mamá con hipo.

Cada vez más recibo ecos de mi escritura.
Por ejemplo ayer, un “qué le ves a ese tipo”, dicho por su mejor amiga con años de antelación a nuestro encuentro; anteayer “no leo blogs”; pasado mañana: “es tedioso”.

Mi odio hacia los animales no llega, por ahora, a la intención de asesinarlos y hacer un omelette de gato.
Mi odio hacia los animales es el resentimiento profundo hacia la vida sexual que tanto insomnio nos trae.
La vida sexual que nos co-rroe.

Mientras fornicamos veo su pelo, colgando de la frente, y la cabeza que pende del cuello en el abismo de la cama y siento el redoble de mis vesículas seminales.
La embarazo una vez más, hasta la glotis.
El esperma le sale por los ojos y le resbala por su pelo Hayworth.

Sé que no sos celosa, y sé que estás con otro que te atiende la tienda y te sujeta la rienda.

Cuando escribo sobre vos me da miedo, porque pienso que nos vamos a romper.

Te saluda.

Orestes.

Agosto 28, 2008

Archivado en: Añadiduras — Carlos @ 8:49 pm
Stalker (1979, A. Tarkovski)

Stalker (1979, A. Tarkovski)

Archivado en: Añadiduras — Carlos @ 8:00 pm

“Que se cumpla lo previsto.
Que ellos den crédito y se rían de sus pasiones.
Lo que ellos llaman pasiones realmente no es una energía anímica, sino un roce entre el alma y el mundo exterior.
Lo principal es que crean en sí.
Y estén desamparados, como niños, porque la debilidad es grande, y la fuerza fútil.
Cuando un hombre nace, su cuerpo es débil y ligero, cuando muere es fornido y duro.
Cuando un árbol crece es tierno y mimbreño, pero cuando su tronco está seco y rígido se está muriendo. La dureza y la fuerza son satélites de la muerte.
La flexibilidad y la debilidad expresan la lozanía de la existencia.
Por eso, lo que se ha endurecido no vence.”

De Stalker (1979, Andrej Tarkovski)

Archivado en: Añadiduras — Carlos @ 1:12 pm

Lo que libidiniza el extracto de tomate que tiene por cerebro son los sonidos, que a menudo le parecen tontos, incluso innecesarios. Por mucho tiempo estuvo rezongando contra lo que no tenía sentido, denodado cazador de explicaciones y de historias. Y todo lo que sí tenía sentido era el inclaudicable azote de sus sueños por parte de palabras que no eran las que hubiera elegido a la hora del juicio.
Narrador en orgulloso desvarío, ya no se seguía.
Entonces lo encandiló el sonido, como la luz de un tren que crece en la estrechez de un túnel, sin enceguecer sus pupilas poco ángiles. Dejó de lado las ambiciones de terminazar una novela y con ellas todas las demás, las de ser Ortro, entre tantras.
Se volvió objetor de una marea torpe, un pracer que había perdido lejos, y que no esperaba recuperar más que darratos, como un pulsar.
Los Ortros llamaban sonidos, o palabras, indistintamente, a todo aquello que lo sojuzgaba tiempo atrás.
A todo aquello que ahora lo divierte, o lo deja secco, pero ya no más pésame, lápidas, ni Órdreñes.

Agosto 27, 2008

Archivado en: Añadiduras — Carlos @ 12:28 am

Ante consultas de una lectora demasiado atenta, se confirma que no hay error de imprenta, ni fe de erratas (ni fe alguna), y que la palabra “bisfes” es correcta de cabo a rabo, y se diferencia del vulgar “bife” (o soplamoco), aquel que uno aplica mayormente a sus hijos cuando aún no son capaces de causar daño a la persona física del padre o madre que los propina, en que “bife” es una sola pasada, mientras que “bisfe”, como su nombre lo indica, son dos, una de ida y otra de vuelta, un “tomá y tomá”, un te doy vuelta la cara y te la enderiezo, un “mocoso de porquería”, además de un “qué te has creído”, en definitiva una palma cálida pero severa seguida por un dorso sin nudillos sobre la cara que gira sin rechinar sobre unas cervicales jóvenes y merecedoras de afecto tanto como de buena gramática y sintaxis.

Agosto 25, 2008

Archivado en: Añadiduras — Carlos @ 10:46 pm

Había un tipo que escribía una misma frase todos los días en el único post del día de su blog, que decía: “esta frase es el Hecho Tangible”.
Y la escribía, la escribía y la escribía, y pensaba, sin darse cuenta del todo –un poco se daba cuenta, porque no es muy natural escribir la misma frase todos los días– que estaba buscando que alguien le contestara que sí, que esa frase era el Hecho Tangible.
Pero alguien vino (tal vez le hizo una broma), y dejó el siguiente comentario: “Es sólo una frase más”, firmado “Helecho Tangible”, y el tipo parece que reflexionó, porque no escribió más (al menos esa frase).
“Se dejó de joder” diríamos en el barrio, y se puso a sí mismo (en sentido figurado) una navaja al cuello: o cuento una historia como hacen todos o me voy a casa de helecho tangible y le rompo la cara a bisfes.

Agosto 19, 2008

Archivado en: Añadiduras — Carlos @ 1:00 am

Hay una concepción de la literatura que lo orienta y que tiene que ver con sus lecturas. Eso está bien. Aparenta calma y minuciosidad, atención al detalle y cierta elegancia. Las frases suenan, bien o mal, pero suenan.
Si tuviera que imaginarlo lo haría con una pluma fuente en su mano, cerca de una ventana, matinal. Su voz es grave pero no seria. Procura diversión para sus lectores y para sí. Es casi todo lo que una madre dispuesta a sacrificar fortuna por ideales, desearía para su hija (en tiempos en que todo, desde la siempre extraña relación de una madre con su hija, pasando por la fortuna y los ideales, parecen haberse disuelto un poco).

Volviendo al tipo, para resumirlo en una palabra, resulta enternecedor.

Pero hay otra versión que dice que esos tipos tan calmos siempre esconden algo.
Es decir: lo que está, está, aunque parezca que no.
Hay una vorágine, ciertas imágenes que no podríamos calificar de malvadas, sino de malditas, que el tipo ha ido enterrando bajo un pajerío de palabras. Quizás sea por eso que escribe novelas, con preferencia, porque si uno lee bien a sus frases no les falta música ni a cada capítulo propuesta, lo que se suele llamar “gancho”. Podría escribir cuentos. O poesía. Pero escribe novelas que se esponjan como el cerebro de una vaca loca.
Quizás sea exactamente eso lo que le da cierto éxito entre las mujeres; o quizás al éxito haya que alimentarlo y una vez lograda la compañía haya que ir enterrando –bajo palabras o bajo capas de buena alimentación–, los aspectos más atroces, bestiales, que nos moldean.

“Cuestiones de carácter”, diría alguien.
Uno nunca es quien dice ser, ni quien dicen que uno es.
Todas esas imágenes insoportables –en primera instancia insoportables para uno mismo– no conforman en absoluto un ser social.
Sin embargo, las cuestiones de carácter, usualmente desdeñadas, en el fondo son las que deciden muchas cosas.

A primera vista no le falta inteligencia, al escritor. Hasta ha ganado premios.
Su inteligencia se ha visto reconocida, traducida y expuesta.

Pero, por el camino inverso a la doma, algo de lo que sobraba y que se esmeró en recortar, pulir, orear, se ha infiltrado a través de la mirada del Único Otro que es su lector.
No ha logrado, como debería haber hecho, arrancarle los ojos en un primer gran acto de salvajismo liberador.

Es que los ojos de ella –porque su lector es “ella”–, para él son preciosos.
Por eso, podríamos decir, parte de sí, quizá la más valiosa, sucumbió ante la belleza y no aparece.
Su obra gana premios pero se ha vuelto demasiado prolija.
Las razones han sido expuestas aquí.

Agosto 9, 2008

Archivado en: Añadiduras — Carlos @ 10:35 am

algunas veces la que va por la calle es la mujer, otras es su mascota y así, se entiende, el que no va por la calle va por la vereda, cruzándose en una trenza morbosa, de arriba abajo como si el bicho entendiera, mire, y a pesar de la soguita sintética que los une –para mí que era un sueño, y eso que está bastante restringida la actividad del sueño salvo que uno se disponga a perder el tiempo–, y la mujer, le decía, cada tanto se detiene y con la punta de un cortaplumas de hoja opaca rasca rasca los pequeños huecos que el cordón granítico que enmarca la calle ofrece, a los de la vista atenta, créame, y de los agujeros húmedos cada vez saca alguna sustancia viva revolviéndose en la punta del cuchillito, y entonces se lo presenta al perro, que pareciera que entiende, me refiero a la inmundicia del moho vivo, envilecido, que la mujer le ofrece, y el pequeño mamífero terrier mira, primero mira, luego huele, olfatea le diría, aunque un último movimiento, el de mirar a su dueña (“dogui, mamuchi”), lo reservamos para la imaginación podrida que la historias de disney nos han implantado como un chip, porque los perros nunca hacen eso, ni siquiera saben que son “mascotas”, y hasta es probable que al bicho la inmundicia le guste y para afirmar esto le digo que no hacen falta mayores datos, salvo un cuento que me refirieron alguna vez, en que un setter irlandés, color cobrizo, los conoce, alto, ágil, rápido, la realeza de estos bichos, sepa, cada vez que era conducido a la playa por su dueño y el mar vasto le era presentado, sin restricciones, para que él se lanzara e hiciera justicia a sus ancestros de la campiña inglesa que entibian lanas en victoriosas charcas victorianas, el bicho no tenía mejor idea que correr desbocado por la línea de la espuma… ¿buscando qué?, adivine, no acertaría jamás…, no me creería si le dijera que lo que semejante bestia buscaba eran restos de peces en putrefacción, gaviotas muertas, almejas partidas hediondas para revolcarse panza arriba; todo aquello que un humano jamás habría elegido, mire, mire la distancia que nos separa de estos bichos. Nosotros hacemos hermosas a las bestias, somos nosotros quienes hemos rescatado a estos parientes de las musarañas del salvajismo en que cada tanto insisten, cómodamente adormecidos. Ni bien los dejamos elegir se pierden, créame ( aunque prefiero que no pregunte quién nos rescata a nosotros, porque esas preguntas en invierno, entre cristianos, no se hacen). No pregunte. Pruebe en cambio este licor que hacen los curas en Victoria, Entre Ríos, licor de arándanos, se llama. Vea el color. No sé la procedencia del arándano, pero no importa, vea que hermoso nombre para llamar a una fruta. A propósito, a los curas les dicen “monjes”, no sé por qué. Pruebe, pruebe de una vez este licor.

Agosto 6, 2008

Archivado en: Añadiduras — Carlos @ 3:04 pm

porque mujer es toda fuente de efectos, y hombre quien los padece…

Victoria es la quinta, la que va con la vaca al Congo en un barco rodeado de avisperos y avispones.
La Reina Africana, la que se ofende, la que se enoja, la que muerde los tobillos del oscuro para chapar en la noche sin que se sepa.
Ojo, cuidado con la Reina, que las nenas son siempre así, de tanto ocultar lo que esconden. Y la noche en que te chapa, en que te chupa, te convierte en un niño capaz de jurar que entre ella y vos hay algo más que madre y desmadre.
“Entre nosotros dos hay algo”, le aclaro, tarde, en medio de una noche peluda de cama, tanteando el centro.
No hubo retorno, porque la desintoxicación no avanza ni un paso.
Derecho a la clínica, de la mano de madre Victoria, vamos a ver que es lo que falla.
Es tarde y es médico de guardia.
La doctora tiene sus premolares manchados de rouge.
La camilla Bowles es reclinable y conecta con el incinerador de la clínica.
Un desperdicio, seré un verdadero desperdicio, todo para que en la mesa de póker quede un lugar vacío, el del aquel que creía que por escribir estaba al margen de Todo el Sudoku.
“Por no saber quien es”, dice la tapa móvil que conduce a la fogata incandescente del sótano, de donde saldré resucitado, hecho hollín, nube, polvo, ave negra que irá a fecundar quien sabe qué artefacto.
Al fondo del río, iré a parar.

El Oscuro se inclina, sobre la mesa, con expresión neutra, y en gesto copiado del croupier de su novela favorita abraza los libros que acabamos de ofrecer, tribales, en cantidad no menor a tres. La cartera de la Dama tiene doble fondo, no todos los libros que lleva consigo aparecen, no todo lo que trae lo pone a disposición de la mesa. Algo aprendió. Al principio supuse que era “cuidado”, mera precaución de no apoyar los libros sobre las mesas de los bares que frecuentamos, pero luego supe que era algo más. De todos modos la vista del mayor, el Oscuro, parece abarcarlo todo, y al mismo tiempo que con sus dos brazos arqueados atrae los libros hacia sí, su mirada se estira ávida hasta la boca del bolso de la Dama, que resulta demasiado rápida de manos hasta para un águila como él. Apenas asoma un borde del primer tomo de las obras completas de alguien cuyo nombre dice en voz baja (¿Copleston, Parravicini, Arreola?); sólo el precio, ridículo por lo bajo, es bien audible. “Levemente por demás”, decía una vecina que tomaba el té en lo de mi vieja.
En las cejas del mayor se arma un gesto mixto de incredulidad y codicia. Mientras junta los libros como si fuesen enormes fichas de póker termina de redondear un aire de humildísimas –increíbles– disculpas.
“Son sólo libros”, murmura.
“No intercambiamos ninguna otra cosa…”, aclaro pronto, y busco asegurarme con la mirada de que el Menor pesque el tono burlón, y la alusión antropológica a la Dama, que muerde un trocito de queso con sus incisivos, que parecen los de una adolescente, dudando del bodegón, de sus tres hermanos, de la materia, del mundo en general.

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