Los sueños, sueños son, si bien no todas las veces parecemos reconocer su verdadero capricho, como por ejemplo soñar con una estufa a leña, un hogar, como otros dicen, que no se encuentra encendido y no ofrece ni el más mínimo rescoldo. La escena transcurre alrededor de un espacio que jamás podría ser central, y otra vez la confusión, cómo puede ser que se construyan de ese modo, si lo que uno quiere es estar alrededor del fuego, y prestarnos, criaturas, a que el fuego nos convoque y nos ilumine.
Pero no, el que está ahí, y le da la espalda al frío, que no es exactamente frío sino ausencia de calor, es un viejo rival, que luce sus antiguos anteojos, que por un lado señalan su condición de viejo, su de muy otro tiempo, y por el otro su frialdad de siempre, porque usa los anteojos para protejerse del mundo, como una barrera entre el mundo de las criaturas, que no están a su altura, y él, que sí; sólo él a la altura de él. Y entonces, en ese sueño, lo hago callar cuando comienzo a contarle algo, y sus ojos, desde detrás del reparo que obtienen de sus cristales, ya lo saben todo, y está abriendo su boca antes aún de que yo empiece, para tapar ¿qué? Preguntas. Que no quiere oír. Entonces es cuando lo hago callar, de una manera brusca, categórica, como es debido, y me siento bastante orgulloso ex témpore. Y me despierto, y pasan los días, y rearmo algo de lo que el sueño sí dice, que un fuego puede ser frío, que una pasión puede ser destructiva si lo sabe todo, y que sus anteojos son un límite a la vida, a la pasión de conocer, y los míos habitualmente se salen de sus órbitas, aunque callan. Hay dos formas de mirar, además. Todavía no sé del todo si el sueño hace justicia, o se alimenta de mí, o me tiene piedad. Por eso digo, hay algo de los sueños que sueño es: “los sueños, sueños son”. Pero en el medio de todo los sueños alimentan la máquina, me dejan aventurarme un poco más allá de sus habituales fricciones. Para ir un poco más lejos (me escucho algo repetitivo), venciendo al tiempo. Si no hubiera soñado con cancelar su intento de juicio, diría “todo lo sabe”, pero sobre esa materia oscura que se teje por la noche y comienza a destejerse en la duermevela (o al revés) sólo sé yo, en alguna medida. Lo demás es combustible para la máquina, que siempre viene bien. Y lubricante, al que nunca hay que olvidar.
Uno siempre termina escribiendo sobre lo que se le ofrece, sin dificultad.