AÑADIDURAS

Julio 30, 2008

Archivado en: Añadiduras — Carlos @ 8:54 pm

Más o menos, algo así como “ir a buscarse el padre en otro lado”, es lo que figura, para el Hombre, a cada rato, el aspecto de las palabras y las cosas. “¿Pero yo qué hice?”, se pregunta, sentado, mientras abre los brazos, los retira del teclado y se autoexamina las palmas, el torso, el cuerpo, el ombligo, y más abajo las piernas. “¿Debería buscarlo en mí, debería procrear?”, se interroga al cuerpo sin dejar de mirar de arriba abajo pero sin levantar el culo de la silla. “Esto es lo que llamo filosofía”, continúa, “porque para vivir es necesario errar, levantar las nalgas en pos de alguna cosa, un vaso de soda, por ejemplo”. Es en ese aspecto donde la vida le parece maciza, en oposición a la filosofía. “En todo lo demás es como las burbujas”, afirma. “Sí”, se responde. A veces logra encontrar palabras que pone a continuación de las preguntas, algo muy parecido a la mecánica que Occidente hace circular en torno a los diccionarios y las trivias. “En otras geografías las respuestas van antes”, sigue, “por eso nos parece que las preguntas, para ellos, alienígenas, son todavía más importantes”. Luego su mente se acelera, o se aceleran las palabras, para ser más precisos, ya que su mente en invierno prosigue la marcha viscosa. Se apura al pasar por terrenos sobre los que se siente inseguro, como el nominalismo. Se da cuenta que cuestiones como “esquizofrenia” no pertenecen al mundo natural sino a las denominaciones, así como hay cosas que pertenecen a uno solo de esos dos ámbitos, pero de manera inesperada. Son creaciones humanas, por ejemplo el hormigón, o los edificios, realidades que no pertenecen al mundo natural. La esquizofrenia también es una creación humana, pero ni siquiera pertenece a la realidad. “Bien podría dejar de existir”. El hormigón y el acero lucen su sólida precariedad, ya que en el futuro podría hablarse, solamente, de materiales plásticos y elásticos.
En el medio, entre el hormigón, la esquizofrenia y las balas (que siempre son balas), encuentra intríngulis varios, como cuentas de Edelap, cajas vacías, y una mujer que le dice que no mate a un grillo que hace cánones de una sola nota bajo la heladera, es decir, dice la mujer, que no mate –él entiende todo así– lo poco que les queda de mundo natural. Pero él quiere dormir.

Julio 29, 2008

Archivado en: Añadiduras — Carlos @ 12:23 am

Me parece que en primer lugar debería dejar de lado eso que llama buena educación.
Es una regla que sirve para todo, pero el malentendido reside en lo absoluto, en pensar que existen reglas universales.

Le diría, si lo tuviera cerca:
– Eso que para vos es buena educación, o buenos modales –ni siquiera sé cómo llamarlo–, dejalo de lado, y hacelo en forma urgente. Se nota demasiado que querés ser bueno (en tu inentendible versión de “bueno”), y eso te parte. Tu sector bueno va alzando la cabeza, desde la posición en que te encontrabas, tirado boca abajo sobre el piso de tierra, y de pronto dejás de olerla polvo, descubrís nuevos aires. ¿El más evidente? Desodorante de mujer, que confundís con fragancia. Te comentan, te mandan mails, te rondan. Y no es que ellas no huelan, estimado. Sencillamente es que tus buenos modales son retribuídos con ausencia de lo que para vos son malos olores (porque los cuerpos, querido…) Y la astuta fragancia sigue ausentada, huérfana y tala, así como cada vez que en el futuro te empeñes en ser nadita más que bueno. Tomalo como suena, como el amago de una perra maldición. No podés seguir solamente bueno y despertar mojado. Ni bien te levantás se te olvida, letra por letra, no el contenido –que sería lo de menos– sino la forma salvaje, un poco imbécil, en que te plantabas a escribir.

Julio 27, 2008

Archivado en: Añadiduras — Carlos @ 4:54 pm

Puedo ver perfectamente el trazo de la pulsión de muerte, una gota de mercurio que se desliza, y no encuentra jamás el secante que la quiera.
En su rodar los vuelve locos.

Hay poco arrojo, es el cansancio, son las posturas de siempre.

¿Pero que el mundo ya no sea novedoso, no será acaso motivo para un cierto confort?

¿Hay un sentimiento más angustioso que el de tantear la perilla de la luz y no encontrarla?
– Sí, responde –imaginario–. Pensar que vas a quedarte pegado si llegaras a encontrarla.

Julio 26, 2008

Archivado en: Añadiduras — Carlos @ 4:51 pm

Nada peor que escribir sobre lo que no se conoce.

El rumor no vivirá de mí, ni se extenderá como una mancha sobre el secante.
De todos modos, ni los secantes son capaces de absorber el mercurio sin perjudicarse.

Si toda demanda, cáspita, es demanda de ser amado, me cago en sus madres.
Porque el mundo sería tan simple, entonces, que andaríamos como babosas. Todo el mundo atendería el teléfono y Pavese seguiría pavoneándose.
A veces es demanda de silencio. “Cálate, por favor, ¿te puedes calar?”. Otras veces, demanda de que digas algo, preferentemente sin el verbo “cernir”, que verdaderamente cansa más que cualquier adverbio o forma adverbial. Los textos de inspiración lacaniana son un bodrio que repele, expulsa, una sublevante falta de imaginación detectable en sus puntos de anclaje. Y vaya si sabemos buscar…
Es necesario quemar. Burn, burn, burn: to be born.

En lo más íntimo, que te digan “querido”, a veces aplasta. Hay que ver si se vuelve a nacer sin ponerse un poquito, aunque más no sea, un poquito colorado.
De todos modos no es cuestión de quien lo dice, que, por decir, es un valiente a secas. Todo el problema está en la cobardía de no hacerse el gran merecedor.
Es más fácil poner llave, tragársela, ir hasta el inodoro a recuperarla, lavarla seriamente, poner llave, volver a tragársela, y así ad infinitum.

Sintagmas.
Madre coraje.
Padre perverso.
Hijo cagado.

Estamos esperando un bote, en la punta del embarcadero.
Una valija a cada lado, como corresponde, y una espantosa espera dilatada.
Un lago calmo, nada peor que un lago calmo en estas ocasiones.
Hemos arañado el mar, hemos ventilado ríos, y sin embargo nos ofrecen un lago calmo a la espera de un bote negro.
Quizás, todavía peor, sea un barquero sin rostro, o un remero sin brazos.
Un bote, sólo receptáculo y timón, como si tener una buena razón fuese causa suficiente para ir a un lugar definitivo.
No tener la certeza –mientras seguimos esperando– duele más que ser despellejados.
No hay seguridad, y sin embargo, hasta para hablar del bote negro y del barquero, nos paramos sobre la punta de un embarcadero sobre la superficie de un lago calmo.

Más difícil que parir una llave.

Archivado en: Añadiduras — Carlos @ 12:20 pm

Porque nada es lo que era, y porque debajo de la cama algo duerme, se acerca y le acaricia la cabeza, el pelo, antes de que se levante a desayunar. La busca. Trata, con su mano, de calcular la temperatura de la causa, mientras piensa que si escribiera (raramente hace un gesto deliberado sin pensar en escribirlo), piensa (huele, intuye, figura) que si escribiera “Causa” estaría –extraño– en vías socialistas, de anarquismo, de un Mundo Mejor, mientras que si escribiese “causa” estaría hablando de estar no “con” el Otro, sino en él, uno en el otro, confundidos, con una buena dosis (casi toda la dosis), de “tolerándose”, pero no tolerándose en el sentido de aquellas pequeñas zancadillas de los yoes, sino mas bien como la presencia de un insecto, un ácaro, un monstruo hematófago, que viene dulce del aroma de café y las tostadas de centeno, a acariciarse la cabeza y los pelos, montado en un artefacto cibernético desprevenido, sin resto de instinto sexual, a tomarse la temperatura sobre la frente, más que nada como causa.

Julio 22, 2008

Archivado en: Añadiduras — Carlos @ 10:07 am

Intentó aferrarse al ramo de flores, te juro, quedó flameando un rato, como si fuese un cuadro de Chagall, pero por fin el viento se puso más intenso, se puso firme, y la arrancó, un último pétalo, y su figura se perdió rumbo al río. Porque yo estoy en condiciones de asegurarte –podés verme las certificaciones en la frente, en las manos, en el cuello– que con el ideal, como con la comida, no se jode.
Habrás visto City Lights, querido, la última escena, cuando ella lo reconoce por sus manos, las adivinamos ásperas, antes que por su vista recuperada, que fracasa. Él, que estaba dispuesto al sacrificio, la complace. No, no en el asentimiento; ¿cómo podría desmentir la convicción de una mujer que ha sido sabia y ciega? La complace en ser lo que ella querría que fuera, con esa sonrisa pava que apunta al futuro. Pero todos adivinamos –te juro, era como si en el cine nos hubiéramos mirado las caras unos a otros– que ella, junto con la visión, había conseguido un nuevo novio que ahora sí le entraba por los ojos. Los críticos escrutan la última escena como si Charlie fuera tan sabio de no decir nada, de mantener eternamente el suspenso. Mirá su sonrisa desvaída, mirá la mano resignada. Otro tipo, ni bien ella duda, ni bien ella lo reconoce, gira su mano y la aferra de la muñeca, y no la suelta. Otro tipo se la trae y le estampa la boca en medio de la vereda, aunque lleve meses sin lavarse.
Por eso, querido, es preferible la certera imagen de un cuadro de Chagall. La imagen quieta –paradoja pura, querido Barton– oscila, su vestido flamea; ¡hasta los colores tienen el movimiento de la auténtica tragedia!. En Chaplin el ideal vacila. Por eso vivió tantos años, supongo.
Pero si me preguntan si el genio habrá sido feliz… pienso en esa escena irresoluta, dubitativa, viscosa, estática, y me pongo a pensar, primero, si no habrá sido uno de esos tipos que captan las ondas de radio de lo que la mayoría de la gente hubiera querido decir de haber tenido los medios. Lo contrario de un genio, claro, no encuentro la palabra.
Por otro lado, Barton –en ésto estoy bastante más cerca de poder responder– me pregunto si habrá sido feliz.

Julio 20, 2008

Archivado en: Añadiduras — Carlos @ 1:43 pm

Descubro un excelente blog sobre música, que se describe desde un poco más abajo que su título como “discusiones sobre música clásica”. Por lo que alcanzo a ver –todavía no he leído demasiado–, dedica un buen espacio a reproducir artículos que Jorge D’Urbano (1917-1988), un prestigioso crítico, realizara sobre actuaciones en vivo (por ejemplo sobre Barenboim interpretando a Beethoven, una de sus notas más actuales).

Hay un libro de D’Urbano que, a pesar de su título, bastante feo por lo autoayudoso (“Como formar una discoteca”), me fue muy útil, tiempos ha, para una aproximación a la música clásica. En aquellas épocas, hablo de fines de los ‘80, se lo conseguía en mesas de saldo muy barato, a un valor que, supongo, hoy rondaría los $8-$10. Hoy ya no se lo ve (si alguien lo ve por favor me avisa que compramos para regalar).

Acá, en otro blog, una versión de sobre qué trata el libro. Para mí significa un poco más, já, el cariño y el recuerdo por alguien que, a través de un libro bárbaro, nos abrió la puerta a un mundo. Y lo recomendamos sin falta a todos los que alguna vez preguntan por la Iniciación.

El blog se llama “La Danse de Puck”, no sabemos quien es el responsable, y hay para leer, y leer, y leer… De hecho lo vamos a linkear. Éntrenle con ganas que no se van a arrepentir (por ejemplo, a esta nota sobre Rachmaninoff, o a esta otra sobre Arthur Rubinstein, por tantear algo de lo que nos resulta más conocido).

Julio 15, 2008

Archivado en: Añadiduras — Carlos @ 1:17 pm

La madureza viene con un blindaje, con un tenue paralaje, con GPS y por las dudas brújula. Las ondas Sviatoslav Richter se aplanan y queda un clasicismo brendeliano, digital.

Iba a ser pianista, pero una tarde de invierno, oscura, a las diecisiete treinta y dos, en nuestra casa cerca del mar, mientras estaba ejecutando unos blandos ejercicios del Kohler, o del Breyer, o alguna fácil pantomima de Clementi, todas las cuerdas LA, al unísono, se cortaron y sembraron el caos bajo la tapa del piano vertical, que quedó como el museo de un presagio.
Primero pasó mi viejo, levantó la tapa, médicamente, y la bajó sin decir nada. Yo permanecía sentado con mis manos a ocho centímetros de las teclas, los antebrazos formando noventa grados respecto de los húmeros y un temblor a la espera de la vuelta del impulso a mis dedos. Yo hubiera seguido.
Mi vieja apareció de la cocina, con una cuchara de madera en la mano, que apoyó sobre la tapa lustrosa, y me tomó del brazo derecho. Me di vuelta y lo último que vi fue el taburete, y me pareció que lentamente giraba y descendía en espiral, como tragado.
Me llevó al baño, guiando a un ciego, abrió la canilla de agua fría y estiró de a poco los brazos agarrotados hacia el agua. Reacio como un gato. Algo cedió, sin un crujido.
El otro día, a la hora del almuerzo, llamaron al dueño del piano, un amigo de mi viejo. Primero habló ella, después habló él, como tratando de suavizar la situación. Yo comía. La cuchara de madera permanecía sobre la tapa.
A los dos o tres días, mientras estaba en el colegio, supe que se lo llevaban.
Fue así, el piano no estaba cuando llegué.

Julio 11, 2008

Archivado en: Añadiduras — Carlos @ 2:55 pm

Él se fue haciendo conmigo, el hombre, digo, aunque de una manera muy poco sociable, hasta ser casi un hombre solitario.
El mentado fracaso de sus relaciones con el otro sexo, en el que sólo actué como intermediario, no fue el menor de los factores intervinientes para que esto fuera así. También tuvieron lo suyo mi gusto por la música y la pasión por el cine de Europa del Este, unas veces, de Europa a secas, otras, de Escandinavia, cuando aún llegaban a estas costas (aunque siempre fue un problema dónde ubicar a Dinamarca).
El hombre se fue haciendo de absolutos y yo de intermediaciones, de un llevar y de un traer.
“Dice el hombre que le gustaría verte”, aunque “verte” significara algo distinto a uno y otro lado de la línea. “El hombre hoy ya no tiene ganas de vestirse”, aunque sabía que si daba explicaciones por fuera del muro me ganaba su ira, su duradera enemistad.
Se fueron poniendo tirantes las cosas, con esa tirantez que uno no sabe si terminará en ruptura.
Los dos compartimos otra pasión: la de mantener limpios y sanos los intestinos, como si fuesen un espejo.
Cuando se irritan me los imagino como una montaña rusa, y el hombre se pone confidente. “Tirémonos unos buenos”, sugiere del otro lado de la línea, conocedor de mi debilidad por la pereza de los trombones en invierno.
Sé que le gusta el mate; entonces, buscando asidero en el decoro, pienso: “tirémonos dentro unos buenos mates” y supongo que es como establecer una dilación, varios silencios de redonda entre su pasión por esa virilidad campera que visualiza en prenderse a una bombilla, y mi pasión asexuada, matemática, por toda figura musical.

Archivado en: Añadiduras — Carlos @ 2:08 am

La única manera de detener la máquina es aludiéndola, arena en el cárter.
Ella sólo sabe maquinar.

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