Mi única forma de aproximación a las personas y a las cosas es fáctica y errónea.
Para mí la segunda persona es una estafa que comparten algunas canciones de rock con los libros de ética para jóvenes (Amador, Emilio, los Redondos, qué más da: consejos).
La segunda es demagogia.
Hasta Freud la usa, cuando quiere convencer al Porvenir de su ilusión.
La tercera requiere práctica y distancia. Hay que descubrir nombres propios por debajo de los existentes.
Retirar capas de irrealidad.
Si tuviera que convertirla en personaje la llamaría Diana.
Así te pondría, el nombre justo para vos: Diana, un llamado y nada más.
Si uno quiere meter tercera, la pista es “leer”, y descubrir los detalles de por qué uno nunca va a escribir –aunque pueda– de esa manera, así.
Es difícil decir lo que uno sabe. Difícil saber lo que uno dice.
Llenar todo de tedio. Si alguien quiere decir algo valioso sin que lo prenda fuego el fuego de este mundo, es necesario, primero, llenar todo de tedio.
Humedecer la paja con agua.
Cuando toda la paja acumulada esté bien húmeda (soy capaz de caminar cinco cuadras a su lado sin decir palabra, o de escribir sobre la presidenta, o de subir videos sobre cómo rebozar milanesas de seso sin que se rompan), recién ahí, en medio de la chorrada de naderías, uno puede lanzar algo, aventurarse con lo de uno.
Se es figura pública o no se es nada.
El nombre expone y oculta, para eso está.
Por eso, en medio de la hojarasca, le digo que sé construir edificios de metal.
No escucha pero piensa.
Zepp y Purple, Bonham o Paice: la única clase de metal que conoce.
“No exactamente”, pienso en contestarle, pero no me dice nada aunque sé qué piensa.
“No es lo que enseño y lo que hago”, le diría.
Pero tengo que volver, desde el trueno a entre las hojas.
Tengo que volver.
A pesar de que es bastante inteligente y lo sabe, aunque se aprieta las sienes entre los dedos cuando le pido que me diga qué es la inteligencia, no se da cuenta de que sólo está buscando garantías de su primacía sobre el mundo.
Es demasiado, querer saber quién es uno, pero ella que sabe, dice que sabe, además.
Lo actual me supera y no me deja dormir. Lo virtual es mi escaso reinado.
Hace observaciones, en la cama, en primera voz, sobre pastillajes y sobre relaciones entre analidad y pulcritud en los pies (todo a partir de que me escucha pasarme las palmas de las manos sobre las plantas de los pies sentado en la esquina del colchón, antes de meterme junto a ella). Todavía no sabe cabalmente que me crié con arena molesta alojada a toda hora entre los pies y las medias; cuarto kilo en cada pie los días de semana, trescientos gramos los sábados y domingos.
Le digo que tiene un cuatro en cuestiones del carácter y sé que va a querer subir el fantasma de la nota al podio, al podio de los sin tierra pero con seso.
“Va frita, Diana”, digo, y supongo que es arcaico.
No escucha, se durmió, es parte de la hojarasca que encubre todo lo que no puede encubrirse.
De ese modo uno no se prende fuego pero se llena de humo. Quién pudiera escribir como ud. don Carlos. Un maestro. Lo felicito.
comentario por ojaral — Junio 27, 2008 @ 5:22 pm |
Mire. Usted lleva un nombre que ha adoptado, un nombre literario. Supongo que no será el personaje, porque los personajes no leen blogs. Veo que tiene su propio sitio, lo iré a visitar con cierto detenimiento. Por lo que vi al sobrevolar, me interesa.
Voy a aprovechar a hacerle una infidencia. A mí no me gusta que diga “quién pudiera escribir como Ud….”. Por varias razones, pero una no menor es que mi escritura es compulsiva en el mal sentido de la palabra compulsión.
No es que no pueda vivir sin escribir, como declaran algunos, y eso queda bien.
Creo que a veces escribo porque no puedo vivir, créame, que no es lo mismo que aquello de no poder vivir “sin escribir”. Es la compulsión que anda con el cortafierro y la masa viendo qué puede sacarle a una piedra. El material son restos de vida, y si esos restos, así, hechos añicos, pudieran reconstruirse, no le quepa duda que en vez de andar jugándolos como en payana, estaría intentando la argamasa vital.
No es triste, ni desolado, ni nada de eso. Es la forma en la que escribo, con los restos (y eso me da la idea de que es poco y repetitivo).
Y las letras no juntan nada. Así que cuando diga eso “quien pudiera…”, primero piénseselo bien, como dicen los españoles, y después, o antes, piense en que el anhelo es vano, porque usted tendrá otros restos distintos, una vida diferente, o sencillamente escribirá por otros motivos, con otras intenciones.
A mí últimamente no me gusta que me digan “cómo escribo” (me lo dicen y suena raro), porque hay un malentendido grande como un elefante africano, con eso. Prefiero con que comenten algo puntual, lo del fuego, lo del humo, lo que fuere.
Gracias por leer, lo iré a visitar.
comentario por carlos — Junio 27, 2008 @ 10:15 pm |
Bueno, no se enoje. Era una expresión admirativa nomás. Pero si quiere la retiro. Y es cierto que cada uno escribe con lo que tiene, y muchas veces eso que llaman estilo es algo que aparece (cuando aparece) sin que uno lo busque. Uno empieza a escribir, a veces proponiéndose imitar a alguien (“voy a escribir esto a la manera de tal”, se dice antes de empezar), y después del arranque, siempre trabajoso y desconfiado, la mano se le va para el lado que quiere y termina pareciéndose a eso que uno viene haciendo desde siempre. Tampoco sé si es bueno o es malo. Dependerá del caso. En el suyo, me parece bueno. Eso nomás.
Sigo leyéndolo.
Saludos
comentario por ojaral — Junio 27, 2008 @ 11:01 pm |
a mí nunca se me ocurrió imitar
comentario por carlos — Junio 27, 2008 @ 11:57 pm |
A mí sí. Y me sale como el orto.
comentario por ojaral — Junio 28, 2008 @ 1:13 am |
No se preocupe, el futuro está de su lado.
comentario por carlos — Junio 28, 2008 @ 1:48 pm |