A veces, “desesperado” no es más ni menos que privado de su culo de pera, pero como no hay objeto para la pulsión sexual –me digo– me desperezo y espero la pera, que caerá, madura, del árbol.
A veces me pregunto si aún estaré ahí o se pegará el terrible susto de caer de espaldas, curiosa de reojo, al ver el suelo, y el suelo, y el suelo, y los brazos que no llegan a resguardarla del golpe necesario.
La boca enchastrada de membrillo, para entonces, y una jalea cobriza se negará del todo a despedirse de mis manos, de sus muslos.
“Voy por las peras, voy por las peras que están cayendo”, trataré de explicar.
“No vayas, quedate aquí, tibio.”
“No vayas, no hay razón.”