AÑADIDURAS

Junio 18, 2008

Archivado en: Añadiduras — Carlos @ 12:59 pm

Excelente cuentista, poeta de fuste, ensayista de cuidado, novelista extremo, la lista podría seguir, invocando géneros poco usuales, o novedosos. Predicador oscilante, trovador perplejo, salmista entretenido. Quien busca fundar etimologías viaja hacia el pasado, quien quiera justificar neologismos hacia el futuro, para entrelazarlos con otras palabras, no todas (ya) existentes.

Por lo pronto, hay quienes han establecido relaciones novedosas con el lenguaje. Sexuales, por así decir. Colonizadas por la desesperación y la palabra del otro.
Si fuera uno solo el que debiera quedar conforme… la pregunta sería si “uno solo” es más o menos perfeccionista, detallista, demandante, o exigente que el “uno no solo” que muestra lo suyo, lo pone en acción para ver qué efecto causa.
Por no ponernos a hablar nuevamente del Uno Solo, el Único Lector.

Sin duda entran a operar los espejos y el tiempo.
Ambos elementos, fundantes de una relación, ambos extremos fundentes.
Porque con quién elige irse uno a la intimidad si no fuera con aquel que –lo más posible– se le parece.
Uno dice que no, claro. Lo niega con furia. Empezando por la máxima diferenciación posible –por lo menos en las sanas costumbres del barrio–: yo soy hombre, ella mujer.
Apenas dicho lo cual, cabecea y duda. Ni muy muy, ni tan tan.
Esas extrañas poses para las cuales, ahora sí, hace falta un espejo, un espejo en el que entren dos. Esas extrañas poses, dígame, ¿le parecen a Usted muy de su sexo? ¿Usted en qué versión del Kamasutra abrevó?
Esa lengua que usted le pide mudo ahí, esa mano que la puede: ¿está segura que son costumbres de esa tan máxima diferenciación que usted ha sido capaz de plantear en esta especie de conferencia continua en que ha transformado casi todo lo que llama vida?

Bien, tiremos el espejo, entonces, fragmentémonos en mil pedazos.

A mí me gusta su pelo, pero no exactamente, por ejemplo.
Quiero decir que me gusta suelto y anudado (sé que el pelo no se anuda, sino que se recoge, pero a mí me gusta anudado)
A la vez me percato, y procuro que ella se dé cuenta, que posiblemente a esta altura me guste su vocación por hacerlo pasar de un estado al otro.
Entramos en una zona peligrosa, de problemas que pueden traer zozobra.
No es la única con pelo ni con vocación, claro, ¿cómo se dio cuenta?

Lo único que podría decir –curiosa defensa, Riedenschneider– es que yo tampoco soy el único, lo cual me pone en situación de aprovecharme –si no del espejo–, más bien del tiempo.

Futuro o pasado, qué importa. Podríamos hacer una analogía con su pelo, que no es único. El tiempo tampoco. Podríamos volver corriendo a la analogía, como quien se olvidó la billetera en el almacén.
Recogido–suelto, sueltito o anudado.
Porque tanto parlotear acerca de la escritura, acerca de si su mejor versión –la de él, la de ella– es la escrita o la del cuerpo presente, sitúa nuestro espejo en el medio, de nuevo. “Igual que todos los que escribimos”, se me ocurre, le digo, un poco para zafar. Igual que todos los que escribimos mi mejor versión es escrita, eso intenté. Cuando no se pone el cuerpo todo va mejor, aunque no quiere decir exactamente la misma cosa. “No es poner el cuerpo, el cuerpo deponer”

Aunque.

¿No habría que situar a la escritura en cierta zona de liberación–sujeción del tiempo, y decir entonces que es éso, el acto, y no otra cosa, lo que nos gusta?
Nos gusta experimentar –y ver experimentar– cierto trastocamiento, de ahí el respetable doble lazo entre los espejos –no siempre tan abominables– y el tiempo. Entre la semejanza y el pasado y el porvenir.

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