AÑADIDURAS

Mayo 16, 2008

un golpe de horno

Archivado en: Añadiduras — Carlos @ 11:44 am

Varios días a la semana me quedo en casa: los avances tecnológicos.
De la pieza a la PC son dieciséis pasos alternando los pies como cualquier mortal; veinticinco saltando sobre uno solo, el derecho; catorce y medio a lo canguro sobre los dos.
Sí: algunos días trabajo acá.

En la semana, por la mañana, pasan tocando timbre.
Una vez por mes el cobrador de la cooperadora del hospital, otra el cobrador del club, a veces algún vendedor de escobas o de ajíes, también puede que sea la vecina, a manguear algo de utilidad sin promesas de devolución, o el que bordea la vereda de la vecina de enfrente, un jardinero por demás elemental, que me cuenta, van dos veces que me cuenta lo mismo, que el sommier que se llevó fue a parar a Punta Lara.
“Para que sepas…”, explica, como si supusiera que yo pudiese tener algún interés en el destino de un objeto que saqué a la vereda y apoyé contra un árbol con la intención de que alguien se lo lleve. Debe tratarse de algo más.

Por eso, por todo el universo de lo previsible en las mañanas, es decir por lo imprevisible dentro de cierta monotonía, me sorprendió su cara a través del visor de la puerta mirando el botón que acababa de presionar tres veces. Furiosa, sulfúrica, como hace mucho no la veía, mostraba su mejor perfil, mirando al timbre como si el timbre fuese una persona: “ahora abrime”.
En piyama, en ojotas, pelo en las piernas, no me pareció sensato abrirle. Me quedé junto a la puerta un momento, tanteé la llave. Es obvio que estoy en casa: las ventanas abiertas, el auto… No me puedo negar.
“Ya voy”, dije. Traté de apurarme, pensé en su cara como un anuncio. No iba a colaborar con tanta furia, en lo más mínimo.

Como si el tiempo no hubiera pasado –mientras me cambiaba lo estimaba, mirando al cielorraso, en dos años y medio– hizo su aparición hecha una tromba. Escandalosa, a pesar de que estábamos solos. Revoleó ese objeto maldito y fugaz, que nunca sé si es un bolso o una cartera, y lo hizo trazar un arco barredor sobre la mesa: fueron a parar al piso el inflador de la bici, tres discos compactos en sus cajas enclenques y una foto con mi sobrina, cheek to cheek.

–¿Me querés decir qué hacés escribiendo sobre mí?– dijo.
– …
– ¿Me podés explicar?
– ¿Qué leíste?– le pregunté.
– No, no leí nada, no es que haya leído, me contaron, me contó Ana que escribís sobre mí, poesías y todo eso. No quiero que escribas sobre mí, ¿queda claro?

Paula miraba al piso. Un cambio. Antes me clavaba sus ojos como para que sus palabras no se olvidaran, su mirada grababa a fuego, y cuando se iba quedaba un poco tonto, estupefacto. Esta vez no; el tiempo, quizás, alguna otra cosa. Tal vez ya no haga falta.

– Si querés lo dejo… Escribo sobre vos cuando estoy muy tapado por las mismas cosas de siempre, como una válvula. Empecé con vos y voy a terminar con vos, pienso, no sé…
– Sí, vas a terminar conmigo, eso sería bueno.
– ¿Pero vos creés que depende de la voluntad, Paula? Vos sos una tipa inteligente ¿Vos creés que depende de la voluntad?¿No te la pasás hablando contra esas tonterías? No sé como no escribir.
– Es fácil, no publiques. Escribí para vos.

Ahora me miraba de una manera extraña. Un poco de reojo, como si espiara mi respuesta.

– A veces no es tan fácil, “no publiques, no publiques”…–dije–. Es internet, no es publicar.

Le di la espalda y fui a la cocina a llenar la pava. De paso levanté el inflador y lo apoyé en el escurridor de platos; un guión negro sobre un fondo de barrotes rojos, parecía una tachadura.

– Lo que quiero decir –no estábamos lejos, pero su silencio me animaba y la voz se me hacía más firme, no como cuando decía “escribo”, “escribo”, en que era un hilo– es que tendrías que estar bajo mi piel para saber. Sos una de mis válvulas de escape. No sé, si me preguntás porqué, creo que es porque te conozco un poco, te puedo escribir, pero a la vez la distancia me da curiosidad, como si… como si estuvieras a medio hacer.

– Estás tratando de entender ¿Ahora estás tratando de entender?

No la veía, le daba la espalda, pero, por el tono, otra vez el río llevaba piedras. La escuché correr una silla y sentarse, la cosa prometía ¿Cuánto hacía que no se sentaba? En la visita anterior seguro que no: fue como si hubiera sido el arco de su bolso-cartera barriendo sobre la mesa, en el sentido de las agujas del reloj, el arco de su cartera-bolso barriendo sobre la mesa, en sentido contrario; un limpiaparabrisas, su presencia una gota entre dos pasadas. Ni siquiera recuerdo haberla visto entrar, o salir, ni qué tiró al piso aquella vez. Maite todavía no había nacido, así que su foto no. Sí recuerdo que tenía un rodete detrás de la nuca, atado con dos palos chinos negros, que por un momento pensé me clavaría en el estómago. Después comería arroz sobre mi cuerpo, con los mismos palos ensangrentados, pero no lo disfrutaría. No le gusta el arroz.
Eso había sido hace casi tres años; ahora no sólo se sentaba sino que la escuchaba levantar del piso, maniobrar con las cajitas de CDs destartaladas, su obra.

Me doy vuelta con el mate en la mano, la enfrento. La foto con mi sobrina todavía en el piso. Ella sentada en la silla con los hombros un poco hacia delante, desgarbada, cansada, como quien hizo un desgaste. “No hizo más que entrar”, se me ocurre.

Callada, está claro que tengo la iniciativa, pero sólo para zafar un poco, para dar explicaciones que no debería darle. Quiere saber por qué escribo sobre ella; si supiera, tal vez se lo diría. Tendría que alejarla de mí, como a un objeto, poner bajo la lupa a ella, al impulso de escribir, y llamarlo de otra manera: “actividad de escribir”, por ejemplo. Que no me importara que me lean, todo se resume en eso. Letra muerta no se interesa por que la lean.
Que no se me alterara el pulso cuando la veo por la calle.
“Al otro día la dejo”, me digo, si pasara algo así. Sin darme cuenta. Por no darme cuenta de no darme cuenta, mágicamente la dejaría de escribir.
Quedaría, Paula, a medio hacer.

2 comentarios »

  1. a la finfra!
    y eso que desde Homero se conoce que la única razón por la que un hombre puede y debe escribir y exponerse es por causa de / sobre / a pesar de / una mujer; a veces, más de una.

    comentario por bardamu — Mayo 17, 2008 @ 11:56 am | Responder

  2. Se conoce desde Homero, y desde Homero se desconoce. Una son varias, a pesar de llevar un sólo nombre.
    Siempre una son varias; uno diría que ahí está todo el problema.
    Pero no, es sólo el comienzo.

    comentario por carlos — Mayo 18, 2008 @ 2:00 am | Responder


Canal RSS de los comentarios de la entrada.

Deja un comentario

Blog de WordPress.com.