Dos que no se dirijen palabra. Inexistentes en el otro, sólo intercambian miradas y silencios. Se resisten, de maneras diferentes, bajo muda común apariencia, a descender a la llanura de los que se aman o detestan, en locuaces medianías. Ni fu ni fa.
No hay mayor soberbia, desdén, etc. (los veinte capitales), que inexistir en el otro. Existir es siempre deslucirse, desilusionar. Pero pecar no tiene nada de malo, querido, me codea, sentados los dos del mismo lado de la mesa frente a la ventana del bar: no pasa nadie. Nos servimos un poco más del líquido rojo. Desde este punto de vista, escribir no sobrepasa el soliloquio. Existir es hablar, con el pedacito de acelga bien visible, entre el incisivo y el canino. Moviendo el pie debajo de la mesa, sin saber si el malestar se debe a alguna cosa. Hablar es no saber por un rato. Hablar como conciencia de la inconciencia, como riesgo, como espera vana del arribo al puerto de la charla. Pérdida de tiempo. Frontera que escinde el común de los cuerpos. Ilusión, comprender imágenes fugaces. Si uno piensa se calla, si se calla uno piensa, en qué estará pensando, qué querrá de mí; en el fondo qué querrá de mí, qué querrá de mí
(No tengo ni idea de cómo son las personas de las que me habla. Odiaría que tuviera fotos en la billetera. Odiaría ver billetes detrás de las fotos. Qué querrá comprar, adonde irá los jueves. De qué color, eso, de qué color será. De alguno, no hay duda. De alguno que podría escribir, o ver en la contratapa de las revistas. Ella podría pensar en mis cosas buenas, están esperando que les pregunten. Mis cosas buenas siempre preparadas. En los colores tengo cosquillas y viceversa. Tengo frescos los libros, hoy, que no me pregunte mañana, los que leí y terminé. Agrego alguno de los otros. Sé de la vida de los compositores. Estuve casado con una bailarina pero ya la olvidé. Me separé hace diez años. No tengo hijos y la casa está pintada. Soy un fresco renacentista. Soy la capilla Sixtina un domingo de Pascua. El cielo está azul. Mejor que refrescó. Se arreglan los conflictos. Baja la inflación. De los verdes ni rastro. El miedo no existe. La pata de perro debajo de la mesa se ha aquietado. Hay muy buena visibilidad. No pasa nadie. Nunca he conversado de este modo. Se ve que tenemos algo, “pegamos onda” y me muero de risa. Hasta escribir es divertido. Creo que en el pelo teníamos espray)
Abril 30, 2008
Abril 27, 2008
Casi todo puede ser enajenado de uno
la producción
“muy buena su producción”
las articulaciones
“muy bien articulado”
la imagen
“necesita un cambio de imagen”
el cuerpo
“ya no le da el cuerpo”
pero
habrá algo que no
no
y en averiguar qué no puede
ser enajenado
sin que ud. se aleje de Ud., convenga
se va pasando la vida
¿no será lengua de Otro, la que diga?
porque en las miradas
mire
no confíe
cual sea su nombre
disculpe
debo volver atrás
no todos somos intercambiables
no suponga ni deje que lo llame así
pida que lo llamen por uno
sea exacto en uno de sus nombres
me lo dice al oído
la espera lo vale
(no es fácil)
si le piden que diga cual de sus nombres no cambia
eso la irá a comprometer
no crea que es cosa de todos los días
elegir quien ser
hubo un punto en su vida de inflexión
(cree que no)
en el pasado, en el futuro
lo hubo
en el mismo momento
presente
hubo un punto de inflexión
Dijo (ella)
“en tu nombre me voy a llamar así”
Contrajeron
no me diga que no contrajeron algo
bien podría ser orgánico
no hay una sola forma
pero eso que contrajeron no se lava
deje de fondear piedras al río que no lleva
deje de escribir líneas insensatas si bien prosa
escriba crónicas
policiales y noticas
deje de barrer nombres
descanse el escobillón detrás de la puerta
azul
ya el deseo no es lo que era, le aseguro
vivimos en un mundo de esperma intercambiable
pero jamás quisiéramos
que nos llame (lame quien correponde)
por el nombre equivocado
porque moriríamos ya muertos
(como estamos)
sin saber qué hacer ni decir
con el nombre éste
que tanto nos gusta
y que descarta
les da ruta
a todos los demás.
Abril 26, 2008
Sé, en esta tienda sin espejos, que mi cara se ve grave.
Hice una transacción: desalojé cierta sonrisa abúlica, placentera, complaciente, aprobatoria, por una apariencia que algo sabe.
Conciencia del infierno, tal vez; la noticia de que no somos libres ni esclavos.
Una conciencia atravesada por un deseo que ignora, pero que tiene su peso: desconcierta y angustia.
Llamarse a oscuras, llamarse a silencio, llamarse a reposo.
Quizás sólo sea la ilusión de saber algo, pero está ahí en el mundo, como si fuese una certeza.
La contraparte es que el rostro se ilumina a veces como nunca antes; irradia.
No hace falta verse, en esta tienda terca, ciega.
He visto, en el pasado, algunas caras iluminarse, irradiar vida; pienso en dos, o tres (rostros que desearía volver a ver pero que bien puedo imaginar cuantas veces quiera, o que, confío, otras veces se recrean, se revelan en mí)
Existe una alegría infinita, inexplicable.
Antitética de la muerte (que no es triste, ni alegre; es puntual): ser no es permanecer.
Abril 23, 2008
menos mía, de cualquiera
existen las encrucijadas, pero nadie dijo que serían inofensivas. ¿Adonde van?, decía una canción, la canción más melancólica del mundo, que se preguntaba adónde va cada una de las cosas y no cosas que nos toca acariciar, que nos acarician, durante nuestro paso por el mundo. Los beneficios de la melancolía parecen más extensos que los de cualquier programa de tarjetas de crédito. Adhiérase, adhiérase a la melancolía (y no dude que ella se va a adherir a usted como una lapa) Pero es cierto que de esas encrucijadas no se sale jamás. Parecen inofensivas. Pongamos por ejemplo que la mujer a ud. le gusta y entonces va como un marrano y mete la pata en el molde: vayamos por aquí que hay una luz tenue, naranja, vayamos por allá, que el sol enrojece de deseo, vayamos a comer chocolate, revolquémonos en un barro ocre y después duchémonos, o arranquémonos las cáscaras secos. Todo eso, suponga que ud. le dice, en la ilusión, de, en uno u otro caso, resultar más o menos indemne. Si ella accede, ud. no estará nunca más solo, si ella no accede, saldrá de esa encrucijada como una de las ramas de un algoritmo, la que dice “no” después de un condicional, y la flecha de su vida se dirigirá hacia otro rombo condicional con dos salidas, nuevamente “no”, o nuevamente alguno de aquellos “sí”. Imagine, incluso, que la flecha que señala el avance del programa no fuera hacia abajo, en crepuscular picada, sino que se desplazara hacia los costados, o aún hacia arriba. Imagine vencer, no solo a la melancolía, sino de un mismo golpe de timón a su hermana siniestra, la gravedad.
no se ilusione demasiado-. Puede que solo ponga “Strindberg” para que alguien que busca en la red caiga acá.
Pero de esas encrucijadas no se sale nunca. Ni ella ni ud.; la vida no es un programa que va hacia abajo, lamento informarle, dice un prospecto tirado en el piso que ud. levanta, pensando en Hesse, un antiguo autor de moda, fíjese qué confusamente se lo digo, que ya ha sido olvidado. La ventaja aquí es no tener que depurar, la verdadera depuración ocurre en los intestinos.
Ni siquiera un texto, se lo quiero decir de una vez, es algo que vaya hacia abajo, hacia su fin, melancólicamente; ni siquiera un texto es algo que pase sin consecuencia.
Imagine que se levanta de la silla y decide algo trascendental, acuciado por la masa intestinal ebullescente. O imagine que no vuelve a su casa esta noche ni ninguna más; como en ese cuento tan célebre de hawthorne se va a vivir a la vuelta y observa la vida de su mujer cada día. Sin ud., lo bien que la pasa.
Pero no se haga ilusiones, Strindberg. De las encrucijadas no se sale. Ud. fue y la invitó, consciente de todo lo que se jugaba en la partida. Puso el cuerpo, de algún modo. En su cuerpo quedaron marcas. Quien le dice que la sensibilidad exagerada de su sistema digestivo no sea hija de algo que le quedó atravesado y no pudo proyectarse hacia el futuro (atravesado como la Mota). Quien le dice que la chochera con que escribe, el ninguneo al que somete a su letra, la falta de verticalidad de sus historias, no tenga que ver con haberse quedado atrapado, no tanto su cuerpo en este caso, sino su alma, en una encrucijada que a su melancolía le resulta propicia y propiciadora. Una melancolía germinativa y multiplicante que no busca sino ecos.
Ahora yo le digo, mi valiente Strindberg, que no se detenga Ud. En medio de su pastoso convivir con sus Otros, no tiene ni noticia de los efectos que la encrucijada provocó en el cuerpo de ella. Es cierto que a veces la ve pasar linda como una pluma, y otras la ve devastada como un ángel caído a la tierra. Pero no sueñe con que ella es “menos suya, de cualquiera”. Ella no es menos suya de lo que habría sido, menos “suya”, con usted. Tan atrapada como sus palabras en la encrucijada, el programa se le alteró, sus ínfulas ya no son las mismas porque no mató ni pudo matarse-en-ud., como hubiera querido, tranquilamente. Quiso ser clara y en cambio le nació una hija; le pusieron de nombre melancolía, incluso. Solo que ella no tiene tiempo para criarla y se la dejó toda para ud., o eso creyó ¿No estará crecida, ya a tiempo de casarse, o de irse a vivir con su mamá?
Abril 21, 2008
Contaba mi vieja que el problema no fue cuando mi hermana nació, indefensa y tonta, como podía esperarse, sino cuando comenzó a caminar, más temprano que tarde.
No me pareció, mientras me lo contaba, ni luego, mientras reflexionaba sobre ello, algo demasiado revelador sino mas bien previsible.
Me empecé a preguntar después, ya que los recuerdos de esa época no existen, de qué reino anterior habría sido el único propietario gozoso. Me empecé a preguntar –y la respuesta no es nada obvia–, cómo había podido disfrutar de las cosas en soledad sin tener a nadie que tironeara desde la otra punta, sin alguien que hiciera escenas de llanto o explotara a cada rato su inexplicable hermosura para salir beneficiada.
Encima, además, era una nena (“nena es Nena”, decía mi abuelo en su castellano sin artículos, adelantando pretenciosos planteos que nos iluminan sobre el Falo y los juegos del tener y el ser).
Sin embargo, la era del reino olvidado –dialécticamente, si se quiere– no pasó sin dejar huella. Si el segundo hubiese sido un varón habría comenzado el juego rudo, los empujones, los escupitajos a escondidas, los tirones de pelo, las zancadillas, los codos en la espalda y en el pecho.
Con los años llegué a la conclusión, provisoria, de que más allá de mis roces con las féminas, la presencia de la hermana –no un grano, ni un hombre, sino un proyecto de mujer–, dio comienzo a otra era no guerrera ni menos interesante: la era de la política (la de la transa, la del comercio, la de la seducción).
Precoz, por cierto, una política precoz.
Abril 17, 2008
Aquello que queda de lado. Lo que no se puede pescar detrás de la búsqueda afanosa. Dolor, ardor, placer. Un estallido antes de tiempo. Un instante anterior o posterior al habla. Un nudo acá. Algo que puede caer a plomo, erguirse y en ambos casos sentir la atracción terrestre. Puede dormir y soñar. Una sustancia a la cual nos referimos con “puede” y “no puede” (“no me da el cuerpo”). Un organismo en funcionamiento. Un sistema en espera. Una máquina en acción. Un conjunto de espacios que retienen pelusa. Algo que no será lo que es. Un registro del transcurso del tiempo. Cicatrices numeradas en orden cronológico o en otro orden distinto, de importancia. Número uno, la de la infancia debajo del labio inferior, atravesamiento de los dientes al superar, primer barrera, la baranda de la cuna. Número dos, en la frente, una línea horizontal paralela a la del labio, la marca del escalón número siete de la escalera de la casa, contando desde abajo, sobre el hueso frontal, un par de rayitas cruzadas ya borrosas: dos puntos. La mano del abuelo entrelazada no pudo evitar la caída ni el susto; subíamos. Número tres, en la rodilla derecha, la marca de la explosión de un frasco en una quema de lo que hoy llamaríamos residuos patógenos, algunos frascos del consultorio médico que funcionaba en la casa, fuente de toda clase de fantasías. Quemábamos con la chica que nos cuidaba cuando mi madre no estaba. Aquel, improbable, que mira mujeres desnudas por el agujero de una cerradura. El de un tiempo después, bastante cierto, que busca la forma de tener sexo en una camilla ginecológica en una noche de verano. El soporte de una cabeza con pelos. El soporte de una cabeza sin pelos. Una máquina de escribir, un arco desde el plexo hasta los dedos. Un conjunto de huesos con ganas de percusión. Un xilófono enamoradizo. Cuerpo ejecutante. Un piano olvidado. La acordeón checa. Una guitarra sin la cuerda tres. Familia de músicos, canta el sobrino, músicos de honores (“olores”, dice). Herencia de los rastros de los cuerpos, de los cuerpos de los rastros. Un barco que nos llevará a todos, hacinados. Despojo. Hambre. Sed. Agujeros corporales incrustados con materias blandas. Ojos como uvas. Orificio rodeado de músculos anillados, retención. Eréctiles femeninos trazos. Labios salidores. Orejas sumidero, oídos ávidos. Codos sufridos. Dedo índice con leve rotación escritural, callo delator. Cuerpo, callo. Delator.
Abril 16, 2008
¿Qué pasa en La Plata, con las palmeras pindó? Parece que no se las llevan los topos. No. Para enterarse, haga click aquí.
Abril 15, 2008
A mí me gustaba que le gustaran. Venía y me decía, con exagerada sensatez: “me gustó tu artículo” (por uno de acá, por un post). Jamás pensé en artículos. Esto es una fiebre baja, pero él, a pesar de su profesión, no lo entendería. Del plexo, salen. Antes pensábamos que de las puntas de los dedos. Hicimos varias consultas entre nosotros: “interconsultas” diríamos al unísono y riéndonos. La ciencia nuestra es intuitiva; se basa principalmente en charlas en los bares y en intercambios de libros; algún que otro mail. No, besos no, a lo sumo una palmadita afectuosa, que quiere decir algo así como “seguí, ¿querés?” Todos hacemos otras cosas, tenemos otras obligaciones. Algunos escriben en un periódico, otros son traductores, uno vende sustancias bajo receta, otro programa, algunas hasta cocinan; vuelven del trabajo y pasan por el súper a buscar alguna bandejita con carne para cocinarle al marido, o al novio. No, plancharle no. Después de cocinar es un algo así como “me he ganado mi derecho”. Por ahí ni se sientan a la mesa. A veces los tipos miramos fútbol o venimos quemados del trabajo. La computadora, el seguro, la patente, los hijosderemilputa de Edelap. Si te prendés en todas esas vainas, como dicen… ¿en Colombia?, no digas que no es lindo decirlo así, si te prendés en todas esas vainas no podés escribir ni medio pomo. Ellas con la bandejita, un azafrán, un filet fresco con dos ajitos, ya te lo solucionan. Después les queda toda la noche para hacerse las Virginia. En perfecto silencio, ya que, demuestran, ni siquiera es necesario averiguar de dónde sale, esa cuestión que nos preocupa y nos achaca tanto (por eso vamos al fútbol y a las cuentas: imposibilidad de aceptar). El viejo tampoco: cuando dice “artículo” no duda, cuando dice “me gustó”, esas palabras que se le forman muy cada tanto en la boca, menos. Pero nunca pregunta, a pesar de su profesión y de la mía (que siembran la situación y la vida de extrañezas): “¿eso de donde salió?”. En una palabra: discreción.
Abril 13, 2008
¿Y qué pasa cuando es uno mismo el que pone el límite, el que establece el corte?
Se fantasea mucho con eso, y algunas de esas sobras garúan sobre la lengua. “El que corta el bacalao”, sin ir más lejos. Porque se sueña, en gran medida, con que aquel que corta es el que maneja el tiempo. Como si decir “basta” fuese tener dominio sobre lo que va más allá del corte. Así se enarbola el acabóse.
Pero el corte, tal vez, opera sobre el pasado y habla sobre el presente, “es” el presente. Una interrupción aloja todas las interrupciones. Con una interrupción se acaban las dudas, como cuando se enciende la luz de una habitación y se inaugura la mirada.
Era ésto, entonces, lo que la oscuridad ocultaba. Cosas y no ánimas. Rutas; huecos y salientes. Huecos donde alojarse, tibio. Salientes de las cuales cuidarse, o frotar, si surgiera picazón. Todas estas cosas disponibles. Y personas, además, la posibilidad de otros comienzos. Volver a ilusionarse con medias luces. Se vuelven a animar fantasmas, otros. No existe la necesidad de abrir la ventana, de agotar el saber antes de que maduren, antes de que necesiten, en su mundo superpoblado, haces de luz que enrejen o espesen la ceremonia. Ya vendrá otro corte. Otro momento de saber qué es aquello que ha sido –en esta habitación en la que crecía, asordinado al comienzo– un enorme jolgorio.
Abril 11, 2008
Días dedicados a escribir cartas. Pluma viciosa que no sabe hacer otra cosa que dirigirse a otras plumas. Falla, en semejante vorágine no se acierta el tono. Y eso que hemos leído, a lo largo de nuestra vida, cartas de todo tipo: amables, irritadas, solícitas, efectistas, eruditas, arrogantes, arteras, banales, intransigentes, leales, sabias, tristes, justicieras, conspirativas, festivas, inermes, austeras, procaces, gástricas, victoriosas, impuntuales, múltiples, truncas.
Acabemos con el plumereo, diríamos.
Pluma en suspenso atento a su oír.