AÑADIDURAS

Marzo 31, 2008

Archivado en: Añadiduras — Carlos @ 8:48 pm

– A mí lo que me subleva es la mentira
– Todos mentimos
– Entonces me sublevo
– Ajá
– Sé lo que decís, todos mentimos todo el tiempo, y nada queda claro
– Nada queda claro
– Ni siquiera
– Una mentira aferrada a los hechos
– Ajá, ¿cuáles?
– Los del bolsillo
– O los del corazón como un bolsillo
– Adentro, venite
– No puedo, está oscuro tu bolsillo, tengo que viajar
– ¿Oscuro o vacío?
– Posesión ni vos ni nadie, te lo digo en representación de la humanidad
– Podría ser en otra vida, cuando uno de los dos muera
– No existe otra vida
– Cuando uno de los dos muera, para el que quede vivo esa va a ser la otra vida
– En el bolsillo de otro
– Otro que por ahí sí te pueda meter en su bolsillo
– Poder, posesión, ¿se trata de ganar?
– Poder, persuasión: de vivir el uno sin el otro
– Depende, ahora están todos absortos mirando la misma versión de la historia. Así es más fácil.
– ¿La misma?
– Todos la misma, escasa capacidad de inventar
– La vida en un bolsillo
– Genios de la botella
– Todo va a volver a empezar, entonces
– Apenas termine y barran la sala
– “Barran la sala, barran la sala”, como si quedara una única vocal
– El pochoclo en el piso y la vida por perón
– Amor obrero
– Años de aportes
– Su segura jubilación
– En cuotas al alcance de todos
– Nos retiramos a la sierra
– Esperamos a que termine
– ¿Viene alguien más?
– Quiero presentarte a mi hermana
– ¿Está dispuesta a todo?
– Sí, es muy parecida, casi como yo: casi dispuesta a todo.
– Dos casi en el bolsillo, una para ahora, otra para después
– Sí, nuestra familia te adora antes de conocerte
– Mamá, sobre todo mamá, apenas me vea con estas convicciones
– Una mujer de letras
– De armas llevar
– Largos discursos vacuos, mamá
– Vos y yo no tuvimos futuro
– Es cierto, demasiado racionales: casi poéticos
– Siempre nos separamos de los hechos
– Apartados de las mentiras, de las verdades, de los cruces
– Mejor no sufrir de imperfecciones
– Momento de terminar
– Adiós, hasta otro momento
– Adiós.

Marzo 29, 2008

Archivado en: Añadiduras — Carlos @ 11:28 am

Espero que este mundo barato no nos enemiste. A todos, en especial a los que veo tan afuera como a mí. Tan afuera del mundo baratija y de ustedes propios, con su propia insistencia carne. No nos enemiste más de lo necesario para dejar libre al cabrón muerto en cada uno, cada día. No nos enemiste el aburrimiento, por sobre todo. No a la guerra, no a divertirse con el sonido chasco de los huesos. Al que piense que un monolito 2001, Odisea Espacial clarkeana, vela por nosotros, que lo parta un hueso que cae en la cabeza. Y, además: sólo con buenos modales no alcanza para ser.

Archivado en: Añadiduras — Carlos @ 10:44 am

él te reclama
no sabes cuánto
hubieras dejado los piolines
tus modales ingeniosos
en el respaldo de una silla
hubieras te ocupado
lo bastante
por no entender la prisa
y por hablar
insegura de tripas tapas y palabras

abrieras un compás
de aire tibio cruzaras el círculo
abarcante en una inmensa habitación
vacía
el tiempo vuela

no creas que está
detrás de ti
donde aparece
sino donde apetece
la letra
y no sus manos.

Archivado en: Añadiduras — Carlos @ 10:38 am

patrullas de la corrección
ululan urgentes
apuran incendios.

Marzo 27, 2008

Para semilla

Archivado en: Añadiduras — Carlos @ 2:57 pm

Algo me había contado, por teléfono, de problemas de salud. No de él; de alguien muy cercano en su familia. De esas cosas que por teléfono no se pueden hablar y en persona, a pesar de la confianza, apenas.
Le damos unas vueltas al asunto.

Comentamos lo bien que quedó la repisa para libros que me estaba ayudando a colocar (antes de salir con el martillo en la mano a buscar a sus hijos por una “orden superior”), sobre la música de Pink Floyd (le repito, y una vez más no me escucha, que son sólo cuatro discos, los buenos), de los líos con el campo…

Así salta la primer anécdota que me dibuja una sonrisa.
En la época de Perón, cuando asumió su segunda presidencia, una señora que se vino del sur de Italia, muy querida, conocida en común, apareció en su casa de La Plata (la de ella), como si nada y por las dudas, con una bolsa de 50 kilos de azúcar (al rato de que mi amigo me contara esta anécdota me subí a un taxi, y corroboré la vigencia del susto-a-lo-que-pueda-faltar: opinión de taxista, de la mano de radio Diez, sin la astucia, ni la picardía, ni la gracia, de aquella mujer).
Ciudad gorila si las hubo, ciudad gorilácea si las hay, gobernada por el peronismo hasta en los miedos.

Más tarde bordeamos de nuevo el tema de las enfermedades. No sé cómo se me da por decir una de mis tontas frases de cabecera, que con entonaciones y sentido diversos, sale cada tanto al ruedo, repetida, a mi pesar: “…y bueno, todos nos vamos a morir…”

Mi amigo se ríe con ganas, como si estuviera ante el que descubrió por centésima vez la pólvora.
– ¡Claro! Como dice mi vieja, ¿vas a quedar para semilla?¿Vos querés quedar para semilla? ¡Tan bueno, ibas a ser!

Nota del traductor: “Tan bueno ibas a ser” cabría ser traducido como “¿Tan bueno te creés?”; es la manera de decirlo en algunos pagos de por aquí. Se prefiere dejarlo en la versión del texto, por dos razones: a) así fue pronunciado b) dicho por la madre adquiere una riqueza particular, sobre todo el “ibas”: la misma que aconseja reconocerse mortal es la que supo, a tiempo, ver por tierra aquel ideal de hijo (no tan bueno, no tan bueno…)

Marzo 26, 2008

Archivado en: Añadiduras — Carlos @ 4:07 pm

Y entonces, el viejo Rey, que aunque hacía Pilates veía, día a día, su espalda un poco más curva en los ojos de su joven amante, armó un gran revuelo, sin querer.

Le preguntaron para quién sería el cetro.

Hasta aquel día nadie se había atrevido a hacer la pregunta. En lugar de hacer la pregunta, los posibles sucesores hacían mudos méritos. Buenos súbditos, los hijos.

Sin embargo, secretamente, en confidencias nocturnas de mantel y de colchón, se preguntaban cuál sería la ley que pondría orden en la sucesión. Demasiados postulantes para un sólo lugar. Inclusive, con lo empalagoso que suele resultar el secreteo con un amante, se habían olvidado un poco del para qué. Si bien el reino tenía ríos y frutales, su posesión exigía un cuidado y un trabajo cotidiano que muchos preferían –aunque estuviera ante sus ojos– desconocer. Los ríos pedían, a menudo, por su propio brío, ser encauzados; los frutales debían recibir algo de todo aquel limo y agar que los ríos derrochaban. Pero no se trataba de que los frutales resultaran necesarios. Bien podría acabarse de un plumazo con los indudables derechos de la naturaleza y construir una buena y moderna autopista que atravesara las mejores tierras, sin preguntar (y alguno de aquellos herederos bien podía ser capaz). Expectantes, disfrutando de la compañía que escuchaba secretos e inquietudes, asentían y gozaban, mutuos. Pasaba el tiempo y las ilusiones: así, el derroche, hacía olvidar la tarea por venir. Cada heredero se transformó, sin excepción, para el ojo desapasionado de quienes no tenían nada que esperar, en un verdadero irresponsable. En una conjunción, tal vez: planta, en cuanto espera; animal, en cuanto bestia dispuesta a enterrar el hocico hasta en la mierda por el premio seguro de sacarlo intacto y provechoso. Total, la mierda en el hocico siempre es lavada por la lluvia. Y acá no es que fuera a llover: lo que se venía era un verdadero diluvio, el tan temido diluvio–después–de–Mí.

Por eso, el desconcierto reinó (y aún reina) cuando el Rey afirmó que Todo sería… para aquel que tuviera ganas.

Aquello que en principio se interpretó como generosidad, desprendimiento, sabiduría, se fue transformando poco a poco, a medida que pasaban los días y nadie –por no parecer ni muy obvio ni muy ambicioso– daba un paso adelante.

Cómo, a este viejo cretino, no pudo habérsele ocurrido algo, alguna idea, algún indicio, aunque más no sea la tenue sombra de una ley garrapateada en una hoja. Tal vez en alguno de sus cajones… Habrá estado pensado en algo que no dijo. No pudo decir más. Habría sido adelantar cómo, adelantar quién.

Marzo 25, 2008

Archivado en: Añadiduras — Carlos @ 6:55 pm

petra.jpgLas amargas lágrimas de Petra von Kant, de Rainer Werner Fassbinder, con una escenografía y una puesta en escena francamente viscontianas, y cinco personajes femeninos.
Como suele suceder en las historias de equívocos–que en este caso sería erróneo calificar de amorosos– lo principal transcurre en torno a un triángulo: Petra, la de las amargas lágrimas que vierte el título, Marianne, su criada (¿empleada, gerente, amante?), sumisa en su variante del… ¿amor?… hasta la humillación, y Karim, que no es otra que una Hanna Schygulla tan hermosa como pocas veces se la pudo ver en la pantalla. Las otras dos son la madre y la hija de Petra, situadas en torno al personaje principal; de sus logros y fracasos nos irán a hablar.

Es una historia que pone en primer plano las relaciones que se establecen a través de las aristas más duras del deseo sexual. Aquí no hay amor, y alcanza con decirlo una vez: la criatura humana, afirma un Fassbinder maduro, no sabe, no conoce, no cultiva, nada que sea ni siquiera la sombra del desinterés y los dones que toda relación amorosa pareciera prometer.

La aparición de Karim en el mundo de Petra es, en principio, un tiempo lento, algo absurdo, el tiempo de la acechanza y la complacencia. Todo lo que provenga del brillo de Karim está destinado a permanecer y ser enaltecido (hasta por su propia pasividad). La sombra de sus miserias permanecerá ignorada. Viento a favor a las alas del deseo, sin pensar en los riesgos: cuando uno está en ese estado, el de los principios, no existen los puntos cardinales, sólo hay rumbo y dirección.

Un Fassbinder curtido da un rápido salto a la historia. Las mieles se rebajan, pero la miel con agua no guarda ni apariencias de dulzura; y como si fuese poco la miel rebajada no permite reconocer el sabor amargo que permitiría dejar de libarla, ahí sigue: ¿masoquismo, salmuera sobre una herida que sólo quiere ampliarse sin dejar de respirar?

No viene a cuento avanzar sobre la trama. Es una obra cautivante sobre los inevitables estragos del deseo sexual. Nada que ver con el amor, lo advertimos, una vez más.

Una cita del diccionario de Copleston, sobre la filosofía sartreana, me pareció bastante a cuento:

“Supuesto como trata Sartre el tema del encuentro de uno mismo con el Otro, no es de extrañar que diga que “el conflicto es el sentido originario del ser-para-Otro”. Si la mirada del Otro me reduce a mí a un objeto, yo puedo tratar o bien de absorber la libertad del Otro dejándole a la vez intacto, o bien de reducir al Otro a un objeto. El primer proyecto puede verse en el amor, que expresa un deseo de “poseer una libertad como libertad”, mientras que el segundo puede verse, por ejemplo, en la indiferencia, en el deseo sexual y, en una forma extrema en el sadismo”

Bien. Habría que aclarar, sin temor a ser reiterativo: para Fassbinder sólo existe, en Petra von Kant (incluído cierto giro genial que la historia nos ofrece), la idea de este segundo proyecto (¿alguien diría que el equilibrio que sugiere el apellido Kant aparece para alguna otra cosa que para ser desbordado?)

Tentado a decir, por qué no: sin lugar para los débiles, aunque aún el débil elige (pensar en Camus, tal vez) qué mundo quiere habitar.
Y hay débiles que no lo son.

Nota: el DVD trae una entrevista insoslayable al director.

Marzo 24, 2008

Archivado en: Añadiduras — Carlos @ 2:29 pm

24 de marzo: no ignorar.

Marzo 21, 2008

Archivado en: Añadiduras — Carlos @ 9:18 am

Beethoven, sonata para violín en Sol mayor Nº8, II. Tempo di Minuetto
Ann Sophie Mutter (v.), Lambert Orkis (p.)

Marzo 20, 2008

Archivado en: Añadiduras — Carlos @ 2:22 pm

Yo estaría en la playa, si no fuese que en la playa temo encontrar un pergamino, demasiado viejo, y demasiado delgado; dibujado con un tizón, sobre él, un mapa.
Temo que, contrariamente a lo esperado, la playa esté desierta, hacia el norte, y hacia el sur. Lamentaría seguir el mapa y perderme, ese mapa dibujado por un hombre demasiado torpe o perverso, como para dibujar un mapa en un papel tan frágil, con un instrumento severo, tan difícil de contrariar.

Escribiría, además, si no fuera que ya me ha dicho, esa mujer, que todo lo escrito se parece a otra cosa que ha sido escrita con anterioridad. Queda hacer usufructo del lenguaje para un fin no determinado, un blableo; o usarlo para otro fin demasiado determinado: el arte de repetir.
Si ella no fuera juicio y jueza, por otro lado, solo quedaría el precioso entremés de conformar a su oído, atento a la música.
Nunca demasiado precioso, demás está decir.

A veces se pone a pensar si lo habré querido decir así, o asá. Es más indulgente de lo que puede ser. La indulgencia es como la conciencia moral: nunca es suficiente. Es conocido que el ideal nunca se conforma, como un balde de plástico al que le echamos agua, la vemos caer, escuchamos el sonido del chorro sobre la superficie, vemos burbujear el aire liberado, pero así y todo jamás se llenará.
Así sucede con la conciencia moral: a más exigencia, mayores pretensiones.
Así ocurre con la indulgencia: una vez que hace su aparición, que revela la pobreza del arte que la llama (¡porque la necesita!), nunca alcanzará para tapar el parche que tapa el parche, que tapa el parche.
No es necesaria una lectura, habría que agregar. En absoluto.
No hay lectura posible del blablá, ni queda espacio para una sobrelectura de la determinación.

Sale el sol sobre los techos, sobre las losas, sobre las terrazas desiertas. Esperando al hombre gato, se llama la saga que sueña la ciudad. Pero esta ciudad no escribe de lo que la aterra. Sensacionales noticias, sobrenaturales. Quiere que la vaya a cuidar por las noches, del hombre gato que trepa a las cornisas.
Es posible que así suceda, debería darme una orientación, una pista sobre qué significa cuidar.

Entradas siguientes »

Blog de WordPress.com.