AÑADIDURAS

Diciembre 31, 2007

Archivado en: Añadiduras — Carlos @ 12:31 pm

Genovese, con quien compartimos un futuro rojiblanco, escribe (dice que dicen), que el blog es la sepultura del taller literario.

Certero; así sea.

Diciembre 28, 2007

Archivado en: Añadiduras — Carlos @ 10:08 pm

Él me dice R. –debo hacer la vista gorda ante la distancia que impone al llamarme por el apellido– y yo retribuyo; le digo Stalker, el sujeto de la Zona.

Este relato sobre una manguera díscola y un amor indómito me cayó bien (como otros tantos de su factura): inspirado e inspirador.

Él es uno de los que quería saludar en este fin de año: ¡Salute Stalker!¡Buen año el que pasó!¡Buen año el que tenemos por delante!

Diciembre 27, 2007

Archivado en: Añadiduras — Carlos @ 9:00 am

Con el tiempo se fue volviendo cínica, o hiperlógica, que para mí es lo mismo ¿Qué tienen que ver la lógica y la vida, le pregunto? Todos los días se lo pregunto, al levantarme, al ver su almohada intacta (exigió una almohada de látex, como la mía para mudarse, y la estuvo ejercitando durante dos semanas, eso fue todo en cuanto a dormir en la misma cama) Le molesta, últimamente, que escriba sobre ella. Me manda mails que al principio eran furiosos y extensos. Ahí fundamentaba, ahí se volvía hiperlógica: que si nos separábamos teníamos que matarnos el uno al otro, a esa representación que teníamos del otro en uno, según ella y una psicoanalista que admira: “el yo pensado” –nuestros “yoes pensados”– que según ella y su psicoanalista leída habíamos construído cada uno (en sí-para sí, para uso y desuso cuando estuviéramos, como ahora, lejos de nuestras almohadas mellizas).
Yo le respondía –al principio mis mails era extensos y románticos, defendía mis razones con ardor–, que no nos separábamos, que ella podía estar a diez mil kilómetros, o a diez cuadras, o al lado mío, y que su nombre brotaba en mi boca como una raíz. Me hacía ver, en su respuesta –cuando todavía argumentaba–, lo incómodo de tener una raíz en la boca: en vez de una papa una raíz en desarrollo, imaginate, ¿eso para donde sigue, Carlos? Pero es tu nombre, le decía, le insistía; es tu nombre que crece hacia dentro (no le decía nada, pero mis pensamientos hacia mi madre, que me hiciera leer a Saint Exupery apenas aprendí la infecciosa costumbre, no eran de los mejores: baobabs, nadie ha visto un baobab, pero quién, de ver crecer un nombre así de extraño en la boca, no siente algo de temor)
Las razones fueron quedando de lado. Luego vinieron mails monocordes, de una sola palabra. En general era una especie de insulto, pero que no llegaba a serlo. “Pavote”, por ejemplo. “Insípido”, al leer alguna otra de lo que llamo mis invenciones (“tus estupideces”, ha llegado a decir). Nunca usa la vía del comentario, como hace el común de los que leen. Exponerse al lado de mis letras, aunque fuera con un seudónimo (que yo iría a reconocer, vaya ilusa) sería darme argumentos. Nunca sé lo que lee, ahí radica algo de su hiperlógica, su consecuencia en matarme hasta el final. Nunca sé del todo en respuesta a qué vienen sus dichos.
Por eso es que vengo insistiendo con su nombre. En el medio está la gente que lee y no sabe del todo de qué se trata. Los nombres no tienen nada de sentimental. Si a ella le queda su cinismo, a mí me queda su nombre atragantado y creciente, o menguante. Al fin y al cabo la luna, otro de los nombres que se agita detrás de un pedazo de roca, tiene fama de fría y de indiferente (y de haber vuelto locos a los hombres, antes de que apareciera, no la lógica, sino, su absurda extensión: la ciencia)
Nuestra relación, basada en almohadas y en nombres, seguirá, sin duda. Es obvio que cuando una raíz se instala ya no basta el silencio para llamarnos mudos. No alcanza ni siquiera cortarse la lengua (cortarse la lengua abre lugar, como un machetazo en la selva, para que crezca). Uno no nace mudo, mudo lo llaman.
“Mudito”, me diría –en un mail– si yo no escribiera. “¿Qué te pasa, mudito?”, preguntaría la raíz.

Diciembre 23, 2007

Archivado en: Añadiduras — Carlos @ 8:41 pm

Un día, este año, mientras volvía del trabajo, pensé en qué interesante sería pedir tener en la mano, por un ratito, el corazón vivo de cada una de las personas que uno conoce.

Hay todo un revoloteo en torno a las realidades virtuales, a esos simuladores que podrían llevarnos a mundos exóticos, pero parece que hasta ahora a nadie se le había ocurrido algo que no debe ser tan difícil de lograr como puede serlo crear la experiencia sensorial de toda una isla, o de la ciudad de Roma en un año cualquiera del pasado o del futuro.

A través de estudios de imágenes, podría tenerse una representación tridimensional del músculo cardíaco de cualquier persona que uno eligiese (inclusive de uno mismo).
Seguramente sería bastante rentable, y habría barrios o zonas, en las principales ciudades del mundo, que anunciarían con carteles luminosos: “peep-heart”, o “pispee su corazón”.
Se podría acudir solo o acompañado de la persona sobre la cual uno quisiera saber.
Con el avance de la ciencia, en el futuro podrían conseguirse imágenes transcorporales a distancia, con equipos de rayos, y todo el procedimiento sería más o menos secreto. No podría evitarse, seguramente, que proliferasen las agencias matrimoniales basadas en el conocimiento exhaustivo del corazón de la víctima.

La experiencia sería sobre todo táctil, visual y auditiva (hasta donde pudiera escucharse un corazón en el hueco de las manos, sin su caja de resonancia). A mí me parece que no tardaría en descubrirse alguna relación, entre la disposición de las venas y arterias, el color, la frecuencia y la amplitud de los latidos y algunos aspectos de la personalidad o el carácter de ése o ésa a quien uno cree conocer tan bien.
Sin dudas, el tema daría que hablar: “corazón amarrete”, “un corazón atolondrado”, “como órgano va bien, pero como corazón no tiene futuro”, “tan duro como parecía”, “este parece un violín”, “tibio y telúrico”, “corazón cabeza hueca”, “ligerito, superficial, perdido en la apariencia”.

Seguramente no hay dos corazones iguales.

Pero podría uno equivocarse, una vez más. Tal vez lo más importante –el rasgo definitorio– pudiera apreciarse tan sólo por el olfato, y quien dice olfato –sabido es cómo se interconectan estos dos sentidos– está diciendo gusto, además.

Diciembre 20, 2007

Archivado en: Añadiduras — Carlos @ 1:06 am

(“As around the sun the earth knows she’s revolving…
And the rosebuds know to bloom in early May…”)

George Michael, Mary J. Blige, “As” (Stevie Wonder)

Diciembre 17, 2007

Archivado en: Añadiduras — Carlos @ 11:44 pm

Yo le digo que así es su nombre mío, “así es mi nombre tuyo”, le digo (a veces me complico y la invierto, “así es tu nombre mío”).

Si se lo tuviera que contar a mis amigos les diría que así es como la llamo aunque a ella no le guste, por una parte de su nombre.

A mí se me escapa, se me va de la boca decirle así, y siento que de a poco ella va entendiendo que no es que yo lo decida, cómo la llamo, y por esa compasión o tolerancia que puede a las mujeres, aún en sus días más aciagos, escucha el sonido de su breve nombre tan mío –y tan suyo que no lo decido y lo disfruto como un caramelo de menta aparecido en la boca– que piensa –supongo: bueno, está un poco loco, no le hace mal a nadie.

Lo que ella no sabe es que antes de conocerla –entre todos los nombres– ya lo había elegido para hacerlo mío de ella; suyo de mí.

Diciembre 12, 2007

Archivado en: Añadiduras — Carlos @ 10:09 pm

En la película sobre Edvard Munch realizada por Peter Watkins, los actores miran constantemente a la cámara, mudos. La experiencia resulta perturbadora: la existencia se vuelve un ojo que no hace otra cosa que inquirir, preguntar, inquietar. El espectador –los roles se invierten– deja de sentirse anestesiado y cómodo.

La vida de Munch aparece como una vida dura, al menos de esas vidas que no alcanzan sus anhelos. Un gran amor y una infinita melancolía. El pasatiempo de ver pasar a su señora Hearring, como la llama en sus diarios, por Cristianía (hoy Oslo) del brazo de sus amantes seriales. Sólo mirarla, parado como una estaca, y con la mirada preguntar. La vida bohemia, la vida que habían compartido en los cafés, se disuelve como el azúcar en medio de tranquilos paseos burgueses.
La crítica de su ciudad una y otra vez lo quiere demoler; el reconocimiento, que hoy en día es el reconocimiento universal a uno de los iniciadores del expresionismo, le llega tarde y en el extranjero. Las exposiciones en su patria están, cada vez, al borde de la censura y el escándalo.

Queda flotando en el aire la pregunta de qué es esa cuestión de los períodos, etapas, en el arte. La pregunta de cuál es la finalidad de enrolarse y enrolar. Que el arte parezca ciencia o evolución. A su vez hay frutos, en esos finales y principios de siglo, que parecen habérsenos vuelto ajenos. A la angustia hoy la gerencian Hollywood y la TV.

Muchas producciones europeas –pienso en “La mejor juventud”– parecen caer por la misma tronera. Películas que tienen su interés, pero que no pueden evitar los finales rosados. Hay honrosas excepciones: si tengo que citar una me quedo con Moretti, con “Il Caimano”: ácida, desesperanzada, termina con el director en el rol del personaje que su film critica, triunfante entre las sombras. “Somos responsables”, parece decir, que no es lo mismo que decir “somos todos responsables”, como tantas veces nos toca escuchar o leer. Hasta hay un libro que se vende bien, escrito por un partícipe necesario del gobierno menemista, Yofre, que se titula así: “Fuimos todos”
No no fuimos todos, habría que responder con firmeza, que a su vez no es lo mismo que decir “yo no fui”.

La mirada de Edvard Munch, a través del excelente film de Watkins, nos interpela. Pregunta si vamos a hundirnos ante la angustia de lo sin respuesta. Pregunta si vamos a dejarnos ganar por la miseria social, a sumarnos a lo peor.

Pregunta, también, me parece –y es la pregunta que elijo– por qué a la mirada humana parece hacerle falta alguna otra cosa. Por qué en el encuentro de dos miradas siempre surge una pregunta, en lugar de una respuesta. Por qué parece hacer falta, tanto como el agua, una palabra, una especie de ida y vuelta, de des–cruce, que rompa el tiempo en múltiples espacios discursivos.
Aunque creamos que la comunicación (ruido rosa) no es una posibilidad infalible para el lenguaje, la palabra es de las pocas cosas que nos van quedando, por detrás de las miradas.
Lo que está en juego nunca es poco: en el encuentro se trata de no sucumbir.

Diciembre 9, 2007

Archivado en: Añadiduras — Carlos @ 10:44 pm

Dice Saer (pregunta Florencia Abatte):
-¿Nunca temió que su afán innovador en cuanto a la forma hiciera que los textos resultaran demasiado herméticos?
-Yo rara vez pienso en los lectores cuando escribo. Mi tarea como escritor es intentar modificar las formas narrativas y el sistema de representación. Eso supone una cierta dificultad, a veces incluso un cierto hermetismo. Pero es el mismo carácter hermético que tienen los objetos cuando los percibimos. No es el arte sino nuestra percepción, que nunca es del todo satisfactoria, la que nos condena a esa incertidumbre. Y todo el arte del siglo XX se ha hecho cargo de esa opacidad.

Una respuesta asombrosa. La dejo acá en remojo toda la semana. ¿Cómo se puede narrar con semejante conciencia de lo que se está haciendo? Como si fuese una segunda instancia, la que cuenta. A partir de hoy cada vez que me exponga a Saer va a ser de una manera diferente. Como ante una clase de literatura, quizás. Agrego: lo que nos mata, sin excepciones, es cierto oficio de profesor.
Y algo más: escribe para otros profesores, no es cierto que no piense en su lector. En todo caso piensa en un lector al que la innovación de la forma lo seduce tanto como a él. Otros profesores, bah (por eso Sarlo).
Y agrego algo más: como tengo espíritu profesoril, Saer me gusta.
Y más: Coetzee también.

Archivado en: Añadiduras — Carlos @ 10:25 pm

Entro a los sitios de los diarios, ya sea La Nación, ya sea al del pasquín platense, y veo que todos tienen “blogs”, espacios de sus propios colaboradores que llaman blogs. Una chantada, si se me permite.
Me opongo a cercar demasiado esta práctica, no me gusta alambrarla, para dejarla que disfrute pastando en la indefinición. Ahora bien, lo que hacen esos personajes a sueldo, a cubierto de la gran frazada de un medio tradicional: ¿que tiene que ver ese enorme tentáculo de pulpo con esta cosa de venir de la plaza, la cara medio enrojecida por el sol dominguero, a escribir alguna diletancia fuera de toda corrección y de felicidad Unicenter?
Me siento más cerca de la miscelánea Coetziana, del ensayismo divagante o profesoril –o no– que de estas gentes que se prestan al juego de lo establecido: con lo que sobra te hago un blog.
Varios lo hacemos con lo que falta, un poco en la oficina y otro poco los domingos, cuando volvemos de la plaza, o de pedalear.

Archivado en: Añadiduras — Carlos @ 8:02 pm
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