AÑADIDURAS

Septiembre 30, 2007

Archivado en: Recurrencias — Carlos @ 8:43 pm

Llena páginas de nada.

Llena páginas de nidos.

Llena páginas de nudos.

Tres monos hacen con sus manos maravillas, ¿o multiplicar páginas de nada acaso no requiere de habilidades pasmosas?

Algún día, sin embargo, vendrán por uno y se llevarán, en un principio, al mono equivocado. Los convencerá en el camino, con gestos desesperados, de la injusticia que cometen. Volverán y, por las dudas, en un acto de ciega justicia se llevarán, junto al primero, a los otros dos.

En eso consiste la literatura fantástica. En la indistinción que provocan los ocasos, por ejemplo.

Si no fuera que en este país la literatura fantástica ha tenido, por uno de sus lados, artífices tan elocuentes como austeros.

Y por el otro lado, de gastado mameluco azul, la realidad.

Archivado en: Añadiduras — Carlos @ 11:11 am

En todo lo que elegimos existe un núcleo misterioso y múltiple.
Elegir. Ponerse a hacer; en íntima relación con ponerse a hablar de.
Existen, sin embargo, elecciones espurias, verdaderos distractores. Algo de lo misterioso y de lo múltiple se anuda en cada elección. Jamás sabremos –ni alguien sabrá por nosotros– porqué hacemos algo, o porqué lo dejamos de hacer.
Sin embargo nos desesperamos en busca de lo auténtico, de aquello que nos guía: vamos positivamente en busca de la verdad.

Mi madre, por ejemplo, buscaba artesanías auténticas. Sostenía que sobre el mundo existían dos tipos de artesanos, aquellos asociados a lo fabril, al mercado y al consumo (aún antes de que existiera un hipermercado en cada barrio), y aquellos que pergeñaban piezas únicas, marginales, codiciables. Nunca pudo explicarse por qué elegía así (y porqué estaba tan sujeta a dejarse llevar por meras apariencias, por algo que ella sería la primera en calificar como engaño). La falta de explicación, la sinrazón y el misterio, hizo de la cuestión una cuestión y cierta tonta alergia por la manufactura en serie se transmitió, insistente, a los hijos. En otros rubros, claro.

Hay, en el núcleo de lo misterioso y múltiple, una huella Rosebudiana, cinéfila, además.
El cine, imprevistamente, es cosa del padre y cosa de hombres (al igual que Freud, ya se verá).
Tampoco se sabe el por qué de esa filiación, de ese gusto por “lo oscuro” (bien podría haber habido, sobre la repisa que corona el hogar, un casal de estatuillas egipcias con inscripciones jeroglíficas).
Mi padre reía fuerte, con una risa que giraba mientras del carrete se desprendía el haz de luz. Giraban las nucas de los tres o cuatro gatos de las funciones de las once: algún que otro sobresalto de quien no sabía que había ido al cine a dormir (y a ser despertado por algo que no venía de la pantalla sino de ¿dónde?) Ahora la familia piensa otra cosa: quizás no haya habido función de cine sino sólo risas (a los otros hijos por igual incomodaba). La película era una excusa, pero –una vez más– la cuestión se trastoca y lo que perdura es la pasión inefable por el cine, por un resto de las idas hacia la oscuridad en compañía de las convulsiones de aquella risa (que también ha quedado en varios como marca: carcajadas rasgando el aire, sin pedir permiso).

Por qué el personaje de Kane insiste con su trineo. La explicación que nos da la película –cualquiera que hubiera sido– resulta trivial: “No es eso”, diría el psiquiatra francés, que nunca (otra vez), en su intento de recrear el psicoanálisis, pudo dejar de lado el sello y marca del logos médico (¿por qué habría de haber algo?).

Misteriosamente, quizás, somos lo que no queremos ser, y parece (lo) que no somos.

Todavía falta hablar, si hubiera ganas, de porqué mi padre compró la colección de libros del famoso médico vienés. “Me la ofreció, estaba en oferta”, es la versión oficial. Por qué misteriosas razones una librera italiana, de un pueblo perdido en la costa, iría a ofrecerle a uno de los tres médicos clínicos las obras completas de Freud. Es cierto que en el pueblo no había psicoanalistas (¿puede haberlos en los pueblos que son pueblos sólo porque insisten en su férrea versión de sí?); también es cierto que en todos lados prolifera el malestar como un musgo que crece sobre la roca (la librera pelearía años contra un cáncer, no sin dejar inquietudes, para el futuro y los demás; la librería se iría extinguiendo a la par del diminuendo de esos ojos celestes, peninsulares y algo trágicos).
Todo eso es cierto. ¿Por qué el padre diría que sí?¿Cómo habrán llegado a su casa?¿En una maltrecha caja de cartón, o atados con cordel de yute?¿En el baúl de su 3CV con el que visitaba a sus pacientes?¿Y si cierta medicina, en vez de en su valijita, hubiera estado oculta, como la risa, fuera de la vista de aquel pueblo de la férrea versión de sí?

Más de una vez, en el secreto de su consultorio, rodeado de libros en el idioma de sus padres eslavos y publicaciones médicas, desde su escritorio, lo escuché decir: “yo hice mucha medicina, hijo, pero hay veces en que la medicina no tiene nada que ver”.
Agregaría: en esos casos (“nada que ver”), aparece alguna otra cosa (¿algo que oír?). Su risa, sus carcajadas; unas palabras, lo incomprensible en una voz.

Cuando un médico vuelve a los toc-toc, reiría Foucault.

Septiembre 27, 2007

Archivado en: General — Carlos @ 10:33 pm

“Mi cariño, José Luis, es como el cariño de los tontos: mi cariño dura”
[Antonio Di Benedetto, “El cariño de los tontos”]

Salen en las noches a bajar murciélagos a cañazos, esos bichos que se creen tan diestros como para volar a ciegas.

La única ceguera es la que dura, piensa ella.

La única ceguera es la que nos estremece, piensa él.

Septiembre 26, 2007

el influjo de las madres

Archivado en: General — Carlos @ 1:32 pm

Septiembre 9, 2007

lo inconcluso

Archivado en: General — Carlos @ 12:29 pm

Sandrine Piau canta “Ruhe sanft, mein holdes leben”, Christophe Rousset director, “Les Talens Lyriques” Festival de Saint-Denis, 2003 (Allez La France).
Aria de la ópera Zaïde (K344), singspiel que Wolfgang Amadeus Mozart nunca terminó.

No es que el valor de esta pieza radique en lo inconcluso.
Pero ”lo inconcluso” lo que señalamos con esas palabras que por oposición indican que todo va hacia una conclusión también tiene su valor. Cada parte de lo inconcluso concluye. Y cada conclusión de “lo concluído” inicia una nueva vuelta, un retorno, en el sentido en que como alguna vez leía el francés “retour” lleva en sí un ”re-tour”, un retorno como una “nueva-vuelta-a” (bien podría ser “la vuelta a Francia”, vuelta ciclística que se repite y que sin embargo nunca es la misma).
En este caso, además, otra vuelta al inigualable Wolfang. Retorno, re-vuelta. Con algo de lo inconcluso, su inconcluso. Y algo del nuestro, además.

Septiembre 8, 2007

Archivado en: General — Carlos @ 10:04 pm

“Hormonas, para la floración”, dice una mujer permanentemente rubia (“las puntas las tengo florecidas”, le comentaba a su amiga, un rato antes de que entrara un hombre, un sujeto, un señor); es cierto que está algo reseco en las puntas, en su pequeño boliche azul de regaderas de aluminio y gato melancólico sobón, sonriente –a mí, ella, se entiende, no el gato que ni se molesta– dice aquello de las hormonas. Flores como hijos, estrógenos, y todas esas moléculas que aumentan y disminuyen en el cuerpo de las mujeres (una curva azul en un manual de biología y otra roja: cuando una desciende la otra sube), y por qué no, me vengo a enterar, en el cuerpo de las plantas. No pensar que una vez más van a dar uno a uno por tierra como marcando las cruces de los días, los pimpollos, dice la mujer permanentemente rubia, pero sin saber (sin saber lo que dice porque no me conoce, ni a mí ni a la historia del patio)

Así es lo de las hormonas –y lo del sulfato, jue’ tigre–; así es la insistencia de la ciencia que sentencia: “florecer, hermanas, hormonas; florecer que septiembre” (por debajo cristales turquesas, billetera mata galán, ríe sulfato)

Todo es cierto, pero lo extraño sobre las camelias es que vengan arracimadas así, de a tantas. La abundancia es siempre obra de un embrujo, dice una vieja ley.

Suo Gan

Archivado en: General — Carlos @ 9:20 pm

Spielberg, Empire of the Sun.

Septiembre 7, 2007

Saraghina

Archivado en: General — Carlos @ 10:25 pm

Federico Fellini, “Otto e mezzo”

Eddra Gale is the woman who plays La Saraghina. Born in 1921 she was (yes, was. She died in 2001) an opera singer who happened to get picked up and then spat out by Fellini. Her role in ‘81/2′ was possibly the highlight of her career, afterwards she played dumb fat lady roles in films such as ‘Revenge of the Cheerleaders’ and characters credited as, for example, ‘Fat Party Guest’ in ‘Gidget Goes to Rome.’

Septiembre 6, 2007

Archivado en: General — Carlos @ 9:53 pm

Caso Nestlé (el de las bombas dentro de los libros): “No descartan la hipótesis pasional”

Claro, habiendo leche de por medio.

Archivado en: General — Carlos @ 11:45 am

“Frente a lo irreparable lo invisible tiene sus propias leyes ¿Según Lacan seguimos hablando de una “cosa”? No sé si te gustará la síntesis de los últimos tres post”

Sí, me gusta.

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