En todo lo que elegimos existe un núcleo misterioso y múltiple.
Elegir. Ponerse a hacer; en íntima relación con ponerse a hablar de.
Existen, sin embargo, elecciones espurias, verdaderos distractores. Algo de lo misterioso y de lo múltiple se anuda en cada elección. Jamás sabremos –ni alguien sabrá por nosotros– porqué hacemos algo, o porqué lo dejamos de hacer.
Sin embargo nos desesperamos en busca de lo auténtico, de aquello que nos guía: vamos positivamente en busca de la verdad.
Mi madre, por ejemplo, buscaba artesanías auténticas. Sostenía que sobre el mundo existían dos tipos de artesanos, aquellos asociados a lo fabril, al mercado y al consumo (aún antes de que existiera un hipermercado en cada barrio), y aquellos que pergeñaban piezas únicas, marginales, codiciables. Nunca pudo explicarse por qué elegía así (y porqué estaba tan sujeta a dejarse llevar por meras apariencias, por algo que ella sería la primera en calificar como engaño). La falta de explicación, la sinrazón y el misterio, hizo de la cuestión una cuestión y cierta tonta alergia por la manufactura en serie se transmitió, insistente, a los hijos. En otros rubros, claro.
Hay, en el núcleo de lo misterioso y múltiple, una huella Rosebudiana, cinéfila, además.
El cine, imprevistamente, es cosa del padre y cosa de hombres (al igual que Freud, ya se verá).
Tampoco se sabe el por qué de esa filiación, de ese gusto por “lo oscuro” (bien podría haber habido, sobre la repisa que corona el hogar, un casal de estatuillas egipcias con inscripciones jeroglíficas).
Mi padre reía fuerte, con una risa que giraba mientras del carrete se desprendía el haz de luz. Giraban las nucas de los tres o cuatro gatos de las funciones de las once: algún que otro sobresalto de quien no sabía que había ido al cine a dormir (y a ser despertado por algo que no venía de la pantalla sino de ¿dónde?) Ahora la familia piensa otra cosa: quizás no haya habido función de cine sino sólo risas (a los otros hijos por igual incomodaba). La película era una excusa, pero –una vez más– la cuestión se trastoca y lo que perdura es la pasión inefable por el cine, por un resto de las idas hacia la oscuridad en compañía de las convulsiones de aquella risa (que también ha quedado en varios como marca: carcajadas rasgando el aire, sin pedir permiso).
Por qué el personaje de Kane insiste con su trineo. La explicación que nos da la película –cualquiera que hubiera sido– resulta trivial: “No es eso”, diría el psiquiatra francés, que nunca (otra vez), en su intento de recrear el psicoanálisis, pudo dejar de lado el sello y marca del logos médico (¿por qué habría de haber algo?).
Misteriosamente, quizás, somos lo que no queremos ser, y parece (lo) que no somos.
Todavía falta hablar, si hubiera ganas, de porqué mi padre compró la colección de libros del famoso médico vienés. “Me la ofreció, estaba en oferta”, es la versión oficial. Por qué misteriosas razones una librera italiana, de un pueblo perdido en la costa, iría a ofrecerle a uno de los tres médicos clínicos las obras completas de Freud. Es cierto que en el pueblo no había psicoanalistas (¿puede haberlos en los pueblos que son pueblos sólo porque insisten en su férrea versión de sí?); también es cierto que en todos lados prolifera el malestar como un musgo que crece sobre la roca (la librera pelearía años contra un cáncer, no sin dejar inquietudes, para el futuro y los demás; la librería se iría extinguiendo a la par del diminuendo de esos ojos celestes, peninsulares y algo trágicos).
Todo eso es cierto. ¿Por qué el padre diría que sí?¿Cómo habrán llegado a su casa?¿En una maltrecha caja de cartón, o atados con cordel de yute?¿En el baúl de su 3CV con el que visitaba a sus pacientes?¿Y si cierta medicina, en vez de en su valijita, hubiera estado oculta, como la risa, fuera de la vista de aquel pueblo de la férrea versión de sí?
Más de una vez, en el secreto de su consultorio, rodeado de libros en el idioma de sus padres eslavos y publicaciones médicas, desde su escritorio, lo escuché decir: “yo hice mucha medicina, hijo, pero hay veces en que la medicina no tiene nada que ver”.
Agregaría: en esos casos (“nada que ver”), aparece alguna otra cosa (¿algo que oír?). Su risa, sus carcajadas; unas palabras, lo incomprensible en una voz.
Cuando un médico vuelve a los toc-toc, reiría Foucault.