Bourree de la Suite Nº3, J. S. Bach
Mstislav Rostropovich, Violoncello.
Se volvió a morir Víctor Sueiro. ¿Esta vez sí?
Cristina dice que se identifica con la Evita del puño crispado. Busquen las diez diferencias. Una es que a la otra el marido no la dejaba, y a esta le tira flores. Crispado de aferrarse a las flores, crispado de cristina, crispado está el país. Aunque una mujer no nos vendría mal. Pero que no se haga la Evita, ni la crispada, cristina, por favor. Conocemos lo bueno y lo malo de las platenses. Bastante bien. Aunque mejor no generalizar.
Existen mujeres magnéticas, que atraen y rechazan, de acuerdo a leyes misteriosas. Mesmerismo, magnetismo animal, prácticas cercanas a la brujería que, en vano, fueron impulsadas por hombres ambiciosos y puestas a prueba por esa entidad que denominamos ciencia. Impugnadas por el rey de Francia en 1784-85, podríamos agregar, aunque hoy eso nada quiere decir: ni Francia tiene rey ni la impugnación causó efecto alguno.
Algunos las clasifican, con algún apresuramiento, como mujeres–óvulo. Los debates siguen abiertos hasta el día de hoy, con la dificultad de que ya no hay autoridades certeras a las cuales recurrir.
Existen, además, las mujeres criba –también se las llama mujeres filtro–, que, como su nombre lo indica, retienen, o dejan pasar.
Algunos hombres –quizás debiera decir El hombre, el que es obra de La mujer–, desprevenidos, en la creencia de estar frente a una mujer magnética, ansían permanecer el mayor tiempo a su lado; piden, a veces exigen, platónicos, ingenuos, tal vez, una historia, algo que no sólo sea un mero pasar a través. En cambio, según muestran las prácticas habituales, sociales, las que nos muestran las malas novelas y la TV, aquellas de las que hablan todo el tiempo y sin parar los taxistas (aunque intenten hablar del clima), un hombre pide atravesar y olvidarse. Así debería ser.
Para las mujeres criba –también llamadas mujeres araña– nada es más importante que cumplir su función, la función que con gozo se asignan. A veces pareciera que nada les da mayor placer que tener tendidos en su malla, como si fuesen minúsculos insectos esperando la marea, una multitud de insistentes guliveres anhelantes, idealistas, ciegos, que suponen que un buen día –algún feriado, tal vez– la mujer araña olvidará cerrar algún agujero de su tela. Otros días apuestan a que la mujer filtro pegará una buena sacudida y así cambiará sus criterios, los que gobiernan la criba. Pero todo esto, no lo olvidemos, esta descripción y los conceptos en los que se basa, es obra de las malas novelas y de la TV. Qué quiere un hombre (que no sea El hombre), qué quiere una mujer… bueno, justamente se trata de aquello sobre lo que no se puede escribir.
Nada más errado que un hombre que anhela, podría decirse (a veces es preciso generalizar, aunque no se sepa del todo por qué).
La esencia de un filtro, pensemos un poco (al menos por una vez), no es tanto la de dejar pasar o no dejar pasar. La esencia de un filtro es retener.
Todo esto, tan confuso, me fue dictado por un sueño. No hay que dormirse –concluyo con un consejo para mi propio provecho– dejando encendida la TV.
The casting of the magic bullets. La frase me persigue y me incita, hace varios días
Imagino una escritura que hable de todo lo que no logra. Combatir el frío, por ejemplo. O hacer hablar esa voz.
Otra frase: “no tengo todo el tiempo del mundo”. Menudita, la frase.
Yo diría que, por el contrario, sí. Despedazaría la negación, y cambiaría algún que otro verbo.
Vos sos todo el tiempo del mundo. Nadie puede ver su propia lápida, no al menos mientras la piedra cumple su estricta función de Ser. Por la simple razón de que somos tiempo, y nada más, la piedra se limita a ser piedra. En cambio vos te extralimitás. Y el texto se extralimita, también.
Algo de mí, con la insistencia muda de un metrónomo, la convoca, la llama. Y no todo el tiempo uno habla de la muerte, claro está que no.
Todos tenemos malestar, pero el malestar nunca nos hace mejores, decía mi abuela: eso sí que no.
Existen redes conceptuales –así de feo se las llama– de las que cuesta moverse, o salir. Como cuesta salir –incorporarse– de toda red en la que uno cae. ¿Será el gusto o el miedo, el que nos sostiene ahí, en la red?
La red nunca es artilugio. La red que uno elige –la red conceptual, si se quiere– no es diferente de uno mismo. Habiendo tantas, la pregunta es qué nos obligaría a elegir una en particular. Para todos los gustos, deshilachadas, exquisitas redes de tramas octogonales, medias de red, sensuales, y, sobre todo, en el mundo, muchísima gente caída (o dispuesta a caer) que no deja de hacer gracias y monerías mientras cae o fantasea el descenso. Al trapecio, los monos, pero con clara vocación de red.
Previsibles ensayistas, desde el trapecio–columpio, confortablemente adormecidos, hablamos sólo de lo que hay que hablar. Cuando la red conceptual es cualunque, el mono se vuelve mono, un androide tibio que sube al trapecio mirando todo el tiempo hacia abajo en busca de una red. Primate que sabe de la muerte sólo para evitarla, cree distraerla con monerías y no hace más que convocarla, todo el tiempo. La que afila sólo se detiene para perfeccionar, como si hiciera falta la escena, el largo brillo de su filo. Deja de darle pedal a la piedra; desde su profunda capucha bergmaniana miran ojos que no ven. No es que no vaya a venir, existen muy buenas razones para demorar. Vuelta al pedal que mueve la cinta, que hace girar la piedra, que chispea sobre el filo, que vuelve en soberbio silencio a brillar.
El que desfila y desafila, como decíamos ayer, es un fantasma con verdadera vocación de fantasma. Otro mudo, pasea por la casa: ¿desafía?.
No es cobarde todo aquel el que oculta su rostro, dice. No es cobardía, no. El rostro se oculta para acostumbrarse a la eternidad, susurra; los fantasmas no tenemos nombre, ni rasgos. En el comienzo está no–ser, dice el fantasma que habita esta casa. Sin rostro, sin capucha, sin dios.
Nadie duda que esta casa está habitada por fantasmas. El primero que no duda soy yo: aún me encuentro entre los vivos, pero no tengo dudas de que seré el próximo. Sospecho que nadie va a saber –porque para entonces todo esto habrá desaparecido–, mi verdadera identidad. Ni de quién he ido aprendiendo (tampoco lo sé del todo, apenas lo intuyo)
La primera manifestación debe ser sombría, siempre sombría, así debe ser. Ahí reside, en gran parte, la calidad, el toque maestro, ahí se ve la raigambre generacional. Quiero decir que, si bien la literatura y el cine abundan, los modos no se aprenden en ningún libro, se transmiten de generación en generación. Bastante pobre es el destino que le espera a la gente poco observadora, a la incrédula, o a la que deposita un monto de fe excesivo en la ciencia. Pobre destino por no decir ninguno. Siempre puede hacer uno gala de omnisciencia y darle toda la fuerza causal que se le antoje a las corrientes de aire o a los filamentos que fallan de acuerdo a una ley exponencial. Hasta a las fases de la luna y a la órbita de los astros se le puede dar fuerza causal. Hay quienes tejen teorías pseudocientíficas –rabdomancias de todo cuño– para intentar explicar lo que no admite más explicación que la genética: fantasma no se nace, se hace.
Ganarse el puesto no es fácil. En esta casa he detectado al menos dos adjuntos que buscan sus mayores méritos en las noches de invierno y en los domingos sin fútbol, sobre todo en los que caen diecisiete. Se sacan chispas: los dos quieren robarle el puesto al titular y a veces hasta parecen lograrlo. Hay leyes de sucesión que resultan evidentes, pero todavía no sé del todo cómo funcionan (la creencia no explica, sólo nos salva del error más grosero, sin orientar). Quizás entre ellos existan traiciones y asesinatos, quizás esas costumbres también rijan la vida de los muertos.
La creencia es lo que nos mantiene vivos, pienso. O lo que nos mantiene muertos, quizás debiera decir. O lo que nos mantiene vivos mientras nos mantiene muertos, tal vez. Bueno, no sé, la verdad es que en esto no encuentro lucidez, ni la busco.
Hay gente que cree en la Vida Eterna. ¿Por qué no puede haber otras formas más humanas, menos perfectas y meritorias, de la eternidad?
¿Por qué?
Sólo invita a su casa a gente que no le haga preguntas a los gatos. Un requisito poco común, podría decirse, pero todos sospechan que lo hace por tradición familiar, nada más. Le gusta, por otra parte, que admiren sus libros, pero no que quieran sonsacarle cuáles leyó y cuáles no. En los estantes o tirados por ahí, muchos libros de pintura, de fotografía, de cine. Desde chica creyó mucho más en la imagen que en los textos (una Biblia ilustrada, en la casa de sus padres). Y cada vez es más así.
Hay gente que va a su casa. No se le habla a los gatos, ni a las plantas: todos entienden que no se le habla ni a los gatos ni a las plantas, una condición sine qua non para volver a ser invitado. Ni una palabra a los gatos.
Tampoco se dice nada –algo de todo lo que podría decirse– sobre esos libros con imágenes, sobre su peculiaridad. Los del autor de Alicia, por ejemplo; u otros sobre Alicia, con dibujos, que parecen para niños. Es una rareza, en una persona de su edad.
A esta altura ya nadie va a admirarla por su sonrisa, ni va a intentar sonsacarle nada. Ni siquiera se harán comentarios sobre el marido, ese tipo tan particular; hosco. Nadie dirá ni pensará siquiera eso de dime con quién andas, porque del marido tampoco se sabe demasiado. Con él tampoco se habla, pero por otras razones. Mira por sobre sus anteojos rectangulares de intelectual, mientras trabaja en su escritorio con la puerta entreabierta y la gente que visita a su mujer circula por la casa, entre los libros de los estantes y los que descansan tirados aquí y allá. A veces parecen zombies, otras veces, como la gente que escribe, el zombie parece él.
Las imágenes hablan (sería fantástico si así fuera, piensa). A ella le gusta, verdaderamente le gusta la gente que lee, la gente que escribe, la gente que persigue a las letras por su cola. Desde chica que admira a la gente así. Gente que se interese por lo que ella dice, cuando habla. Pero cada vez habla menos y cada vez mira más. Todos sus libros con imágenes nos miran, a los que visitamos esa casa, también.