Desear es fácil en los libros de cuentos, en las novelitas rosas y en los historiales de Freud. Aunque parezca mentira, las tres variantes tienen puntos en común. Hay orden, hay una dirección, hay un final.
En cambio la criatura humana es arrasada.
Pocas veces en la vida. Dos, tres. Ninguna.
Los que tienen suerte solamente una, tal vez.
Si se trata de ser honesto, de hacer una introspección, lo primero que se constata es que el mismo lenguaje –“constata”– resulta insuficiente.
¿Dónde se “constata”?¿Quién “constata”?¿Contra qué?
Contra la normalidad, se responde con una seguridad que devuelve todas las agujas a las ocho menos diez. Ahí, en el fondo de una hoja blanca que se autoproclama pura e inocente y que además se ofrece de testigo, es donde el problema irá a alcanzar toda su magnitud.
“Se contrasta”, o “se constata” que:
Mientras las pulsaciones por minuto de un humano normal en reposo son de ochenta, las del humano deseante son de ciento cuarenta.
Más allá del desmadre fisiológico, podrían constatarse algunas otras cosas:
2:40 a. m.
Las personas duermen. El asfalto pegado a la tierra. Los perros alucinan huesos incólumes. Las palomas clavadas a las cornisas. La ciudad sueña que sueña.
Viento no hay. Las estufas, en esta primavera boba, se van pasando del dos, al uno, al punto del piloto. Ni el peso del calor del verano, ni la búsqueda bajo las sábanas de dos pies mejor plantados que los nuestros, o quizá más tibios, siempre orgullosos de su sensatez.
Todo esto que venimos a constatar está tan dormido que parece muerto. A las dos cuarenta a. m. da la impresión que nadie más desea nada en el mundo. Si alguien asegura que con el día volverá la normalidad, podría, desde la impaciencia del desvelo, ser tomado por loco, por un fabulador.
En realidad no se sabe.
Desde esta óptica desvelada el planeta se murió.
Toda esa vida retirada de los perros, las palomas, la ciudad, el viento, las estufas, todos y cada uno de los pies de la ciudad que se congelan o se abrasan, toda esa vida.
Toda esa vida del mundo que un genio fabulador y cartesiano asegura que volverá a reintegrarse a sus dueños con el primer gallo que nazca de las costillas de Adán.
Toda esa vida.
Sus ojos: a esta hora se suponen cerrados, sin su brillo. ¿Entonces sus ojos también están acá?
Toda esa vida retirada viene a transformarse en esta inquietud de 2:40 a.m. Toda la vitalidad del mundo en las puntas de mis dedos.
Desearla es pensar que esta inquietud va a disiparse. Es buscar desesperadamente que la verdadera vida, la que no deja dormir, la que es tan egoísta que exige que todo lo demás no exista, sea reintegrada urgentemente al mundo, desde la punta de estos dedos a los perros, palomas, huesos, calles, cielos…. Todo.
Todo lo que volverá a nacer, o no, cuando sigilosos, cansados, agotados de pensar si el brillo de sus ojos debemos reintegrarlo también, nos vayamos a tapar la cabeza con una sábana.
Desearla es insoportable.
Pero tener que devolver sus ojos al mundo sería muchísimo peor.
Devolvemos todo el hálito vital, reintegramos todos los hábitos al mundo.
Pero secretamente regresamos contentos, a cubrir el insomnio con una sábana.
Por fuera del mundo mismo, hay una luz que nos pertenece, más allá de lo que diga el sol.
Y, si tenemos suerte, y antes de que el gallo nos contradiga, tendremos sosiego y, nuevamente, función.
Y sí, es así, che. Pienso en aquella idea de que no es sino la estructura del relato la crea la ilusión de un sentido o dirección, como señalás. Y sigo enganchado con aquello de vaciar un exceso y colmar un vacío y en cómo eso, que parecía ser, que resultaba lógico que fuera, una oposición, se revela casi enseguida un único gesto…
Un abrazo
comentario por pablo — Septiembre 29, 2006 @ 11:59 am |