AÑADIDURAS

Enero 8, 2010

Archivado en: Añadiduras — Carlos @ 9:04 pm

Lo esencial son los intercesores. La creación son los intercesores. Sin ellos no hay obra. Pueden ser personas –para un filósofo, artistas o científicos, filósofos o artistas para un científico–, pero también cosas, animales o plantas, como en el caso de Castaneda. Reales o ficticios, animados o inanimados, hay que fabricarse intercesores. Es una serie. Si no podemos formar una serie, aunque sea completamente imaginaria, estamos perdidos. Yo necesito a mis intercesores para expresarme, y ellos no podrían llegar a expresarse sin mí: siempre se trabaja en grupo, incluso aunque sea imperceptible. Tanto más cuando no lo es: Félix Guattari y yo somos intercesores el uno del otro.
(Deleuze, Conversaciones)

Diciembre 20, 2009

Archivado en: Añadiduras — Carlos @ 5:17 pm

Todas esas ardorosas afecciones, intensas ilusiones, perdurables decepciones, que emanan el olor fétido tan característico de las mortajas sublimes en duelo.

Así sucede con Teresita Martí, a quien veo, por pura casualidad, en una fiesta en la que ninguno de los dos esperábamos encontrarnos, desinvitados, y su pérfido culo de vaca de matrona, sobre el cual veo dibujarse el círculo cerrado de lo más amado y de lo que más nos espanta.

Y en la vida hay un solo tema que se repite: ilusión, ardor, pasión, secuencia, desmesura, desvanecimiento, soplo, desconsuelo, arrojo tras lo perdido, secuencia, desespero, llagas en las manos, en las axilas nudos marineros, secuencia, ardor de los flujos que erosionan lo que dejan, secuencia, la carne, secuencia, adiós.

Noviembre 30, 2009

Archivado en: Blogs — Carlos @ 4:12 pm

Con una taza de café con leche en las manos, se me ocurre que todavía es temprano y por qué no leer unas páginas más de Soldados de Salamina antes de irme a trabajar; qué diferencia va a haber si me demoro un poco más si bien podría ocurrir que a la Autopista le vaya bajando un poco la fiebre con el correr de los minutos; pero tengo la desgracia de que las páginas son apasionantes, me entusiasman, y hasta aparece un viejo amigo, el mentiroso redomado de Roberto Bolaño (esta vez como personaje de la novela de Javier Cercas) y entonces sucede que no voy a trabajar porque me quedo abotonado.

Noviembre 25, 2009

Archivado en: Añadiduras — Carlos @ 1:53 am

En Abunadasar los soles queman. Creo que su efecto se suma sobre la piel, o se añade a algo de la piel que allá no existe. Son de un color que no puedo nombrar, al costado del verde, arriba, un poco más. ¿Cuál es ese color?¿Cuál? Mientras estaba del otro lado, mientras no estaba en Abunadasar, tampoco era un experto en sentidos, ni en sensaciones. Me echo la culpa. Si hubiera afinado los sentidos podría decir mejor el color del cielo entre los soles, que apenas puedo mirar. Sospecho que el color de los astros es aún más raro, pero da lo mismo, ni lo uno ni lo otro está a mi alcance. Y me echo la culpa, exactamente igual que cuando permanecía del otro lado. Me traje la exigencia, la llevo a todos lados, parece una buena broma. Es lo que no cambia. Si estuviera a su altura no la llevaría conmigo, para empezar. Una paradoja, o una broma. Si pudiera describir los actos, (esto también me huele a fenómeno conocido), lo haría, pero todo está metido en esa cosa rara que es “hacer”. “Y entonces hacélo”, dicen, cuando, empiezo a darme cuenta, en realidad quieren decir “y entonces, decilo” (si pudieran agregar algo para ser más enfáticos dirían “andá y hacélo”, y sé que lo primero es irme del lugar, y después ya no sé, ya no supe). Si me tuvieran a su alcance me torturarían; por esto de no poder nombrar. La paleta de colores, para qué está, andá y usala. No es que se haya ido algún color por el agujero (que es para poner el dedo, una buena acción). Hay sonidos aterradores, además, pero esto sí puedo transmitirlo. Son aterradores, tal cual, cuando los soles amargos desaparecen. Y el cielo con ellos. Es todo una refracción, quizás el sonido sea beatífico, angelical. Y empiece a rebotar aquí y allá, o a captar los ruidos de la atmósfera, atrapándolos en una sola vibración. Llega así, como el ladrido de una perra. Incansable. Antes aún de hacer algo, uno sabe que no hay nada que hacer, ni nada que decir. Sigue. Y en sueños veo el hocico, que se ajusta a los ruidos que me llegan por fuera. Ni soñar puedo. Me despierto y aparecen los soles, como si hubieran estado ahí pero no el cielo. Qué fue primero. Cuál color. Tiene que haber habido uno.

Noviembre 23, 2009

Archivado en: Añadiduras — Carlos @ 10:18 pm

Olfateando creencias, con aspiraciones de verdad. Que el aire perfumado llegue al cerebro y el intelecto discrimine cuál aspecto de la fe podremos vestir sin avergonzarnos. Intactos todos, grandes repollos blancos, después del accidente. Qué nos viste mejor, qué nos queda, qué nos plancha, y qué nos deja bien tiesos, energúmenos de tanto pensar.

Mientras tanto, en Abunadasar, una buena creencia se elige por sus aromas, por su potencia visual, por su capacidad de consuelo y su narcolepsia en germen.
Por su falta de mundanalidad, una música inclasificable de geometría abundante y obtusa insistencia.

Caos y confusión, en los aspectos más superficiales. Ritos, en lo profundo, para dar orden, una limosna al caos. Y ritos también en la superficie, ritos de arrojar flores al mar, y a los ríos ritos, para que digan “ahí va la loca”.

Los demás a trabajar. No hallan consuelo (ni a palos hallan consuelo) y toman visquis y alcoholes cinzanos para ver si ésto pasa con gárgaras.

Y no, no pasa.

Prueban ahora con flores a los ríos, y al mar, de las que el mar y los ríos reniegan. El consuelo debe ser oportuno, la dádiva sincera, la inteligencia agreste, sin cultivo.

Abunadasar, tierra donde los ríos y los mares no captan las flores, y nadie habla de ello, por vergüenza, y en cambio se explica la marea, reflujos y remansos, y no la renuencia, el descrédito, la mala fama que hemos venido trabajando, sin que tuviéramos mayores motivos para labrar fama así, de amargos.

Noviembre 18, 2009

Archivado en: Añadiduras — Carlos @ 3:21 pm

“me dijo tengo frío, acércame calor
Y fui con tanto brío que encendí su corazón”

Me gustan los versos imposibles. Es que no puede encenderse un corazón. No sin grave riesgo para la vida. Tampoco puede acercarse calor. ¿Cómo? ¿En una Essen? ¿En el cuenquito de las manos? Es más, no puede uno “tener” frío. (No le hablemos de esto a quien no tiene un techo y se caga de frío en los huesos. Hasta para la poesía es necesaria una casa propia. Acceder a la poesía tanto como al crédito, dejar el inquilinato).
Por último, aunque no menos importante, no puede irse, al menos en esta parte del cono, no puede ir uno “con brío”. Salvo que fuera “brioso corcel”, salvo que esté el dichoso dicente en otra parte, más caribeña, del cono, con lengua de verdaderas resonancias hispánicas.
Más que “entré como un caballo” acá no decimos. Y eso implica que pudimos haber ido con brío, que no habrá importado demasiado si había flores y las pisoteamos, ni habrá importado la vastedad del estropicio. “Las bestias no piensan, hijo, por más brío que pasen”.
Porque sí, mi forma preferida del verso es la que afirma, mucho más ajustado a hechos:

“me dijo tengo brío, acércame calor
Y fui con tanto frío que encendí su corazón”

Archivado en: Añadiduras — Carlos @ 2:43 pm

Que me pisen. Que me pesen. No me gustan los hombres livianos. Ni los de esperma frío. Pesados y sin olor, grandotes pero sin vello. Los hombres sin peso no son ni siquiera hombres. Mariquitas escatológicas. Con pavor a que los visiten otros hombres oscuros que vendrán a anunciar vaya una a saber qué potencia metafísica. Miedo del hombre a otros hombres, puede quedar en eso. Una mariquita escatológica, con cartas llenas de pedos, de bruces, y de mierda, quien quiere esa clase de hombres. El hombre que yo quiero usa mierda de animales (búfalo) como crema de bronceado, y jamás comenta nada sobre tales sustancias. Se baña antes. Se perfuma sin que se note. A mí me gusta que me entre, que me pese y que me siga calentando. Porque el secreto del esperma caliente es la continuidad que otorga al acto. Como un recordatorio, ahí abajo, tibio, tarda en enfriarse. Gran parte de todo es psíquico, vaya novedad. Como la sensación de que al levantarse una de la cama va a chorrear entre las piernas. No siempre es así, hay esperma viscoso, cuando se lo hace poco. Es bueno, que lo hagan poco y lo dejen en reserva, como un buen vino para ocasiones especiales. Un buen esperma, de buen peso específico. Otras opinan que el líquido habla de la carne, y la carne habla de la mente. Hay hombres densos. Pero yo prefiero no complicarlo. Para mí denso y pesado es lo mismo. Una nube de sensaciones que se transmiten en el acto, por el aire. Hombres livianos, imposibles de recordar. Hombres que pesan, que pisan. Pingos que pasan, dos o tres veces, resollando frente a la ventana. A veces una los recuerda por la brevedad, por el jadeo, puede ser intenso. A veces las historias son explosivas, como un fuego de artificio. Y de la otra cara de la luna, tenés las que no terminan más. O las que no se consuman, empiezan y se traban, antes de que nada suceda (pif). Así sucede lo sucedáneo. Las mujeres tenemos lo nuestro, también, sobre todo puestas a cronistas. Se me hace que no es oficio que nos resulte especialmente grato. Hablo por mí. Cuesta quedarse afuera, en silencio, mirando pasar las bestias. Es preferible vivir, siempre, para una mujer. Puede ser sin pensar.

Noviembre 11, 2009

Archivado en: Añadiduras — Carlos @ 5:59 am

Linda, qué es linda. Si pudieran separarse las cualidades sensibles de la significación, si pudiera con un escalpelo separar el tegumento del grano, separar el mundo de la piel latente que lo recubre. Una red de piel sobre el mundo, una membrana sensible que se acerca y separa de la superficie dentro de la cual laten vasos que la mantienen húmeda. Porque lindos pueden ser los ojos, lindos como cristales en los cuales entrever lo que está detrás, lo que transparentan, y lindos pueden ser los ojos opacos que se disparan en gestos, y que ocultan y que engañan, y aún azules pueden ser los ojos metálicos de un asesino despiadado (para no azotar la imaginación agreguemos: un nazi).
Qué es linda.
Dice que es linda, y acuerdo, es linda su capacidad de generar consenso en torno de su cualidad sensible de linda. O significativamente linda, la hallamos, y significativamente fea, cuando dice que es linda en forma agreste y repetitiva, como si atornillara su lindura en medio de una madera cuyas fibras secas se quejan (me entra la rosca, cree, me va a entrar la rosca si insiste). Rosca tosca, contra el vuelo de la tuerca.
Todavía recuerdo párrafos enteros de cartas adolescentes, enviadas a trescientos kilómetros de distancia, con las hormonas calientes. Teníamos el freno de mano puesto, y ni siquiera sabíamos que teníamos las hormonas calientes. “Me despierto, con un montón de obligaciones por delante, y recibo tu carta, de contenido insospechado”. ¿Insospechado o insospechable? ¿Te despertabas en camisón, demasiado temprano por los calores del verano, aún en la costa, y el camisón, fino, transparente, áspero, te rozaba el pecho en las zonas más sensibles, y así te despertabas? ¿Eso te despertaba? ¿Eso eran las hormonas calientes, que entonces no sabíamos cómo llamarlas, porque vivíamos con el freno de mano puesto, y ahora, que sí sabemos, que sí soltamos el freno de la lengua, nos encontramos con que casi no hay pendiente hormonal dispuesta?
Casi no hay pendiente, todo realizado.
Me gusta, sin embargo, algo del gesto, en su gran ampulosidad, en un ochenta por ciento del trazo que dibuja el brazo recitativo por el aire (sí, me imagino que lo recita en un acto escolar), que dice, meramente, “soy linda”. Es que quiere convencerse. Todos queremos erradicar la piel que envaina el mundo. Quisiéramos un mundo más simple. Lindos y feos. Irrecuperables y melodiosos (sin muerte delante). Todo, casi todo, se limita al largo de los huesos. Los de huesos largos son lindos, como una vez me sugirieron; los de huesos cortos son feos. Y la que me lo dijo no era nazi, ni de ojos azules, y además (proyectivamente, digamos) me lo endilgaba. Me entero que me gustan las de huesos largos, que soy un nazi, y que siempre lo voy a ser.
Las de besos largos son lindas, las de besos cortos son feas. Un ochenta por ciento, un noventa o más, está en el aliento, entonces. No queremos oler la muerte, menos aún degustarla. No diría ahora –aunque tengo amigos brutales que se encantarían de escucharlo– algo así como “los cadáveres que somos”. Somos y no somos. Hasta podría decirse que es lo bueno que está en nosotros (¿lo lindo?), saber que un día nos dejaremos de jorobar con las letras, con el púlpito, con el pálpito y con el freno de mano. Será cuando la membrana que recubre el mundo, la piel, su tegumento, deje de latir y empiece a pegarse a la tierra, a opacarse, a acallarse en su sorda capilaridad. Venas y arterias. Perderemos poco a poco la memoria, nos iremos apagando. Y ni siquiera. Aunque el asunto de la trascendencia merece tratarse de otros modos, con menos imágenes y más bronce repujado. La forma se ajusta al asunto.
No sé por qué recuerdo esa carta que recibí cuando tenía veinte años y auguraba duraderas tormentas. Siempre fui de amores difíciles, y aquello, una carta tan molesta como el calor del verano, lo anunciaba todo. No puede decirse que no haya sido provocativo, ya lo era, aunque no podía situar la provocación en el punto en que más me interesaba.
Sospecho que la piel que envaina el mundo, en la parte que me tocó, hizo un giro envoltorio, que me deja hablar tanto como me lo impide, y que distorsiona la boca y tergiversa, el mundo, su piel, casi todo lo que digo. Sospecho que soy un lunar.

Noviembre 6, 2009

Archivado en: Añadiduras — Carlos @ 3:23 pm

De cómo, por qué, dónde y cuándo, nos siguen gustando las canciones simples o tontas, o arriesgadas o locas, o monocordes, o arrítmicas, o emocionantes y sabias. O canciones, nomás.
En un lugar abierto, con gente, en esta parte de América en la que se habla español.

Octubre 27, 2009

Archivado en: Añadiduras — Carlos @ 12:41 pm

Por lo bajo por lo menos le debemos algunas formas del ingenio que se hamacan, algunos personajes que vibran, varias ubres, varias luces que se encienden y se apagan, y se apagan y se encienden.

en el más allá hay formas que te cuidan; en el más acá formas desprolijas vagas apresuradas inútiles por siempre, por los siglos de los siglos inútiles como ayer por la tarde (voy punteando anteayeres hasta vos)

(recuerdo –Belano– que la poesía es la única forma que no puede prescindir de sí misma, y este giro, esta variante del recuerdo, te gustaría tanto que no lo dirías abiertamente para no engordar la vaca que nos cuida, que nos da la leche del ordeñe, de la puta santa leche del sí mismo engorde)

la vaca que te cuida: así sea, pastando, dando por la otra punta objetos estentóreos, en paisajes de luminosidad y algas sibilantes.
Demos vida a los ciclos, librémonos, por favor, de todas las culpas.
Te iremos a visitar, le acariciaremos la cabeza a una vaca tan buena, y te veremos sentado en un banquito, junto a la teta, en gran primer plano sobre los verdes, tu cuerpo leyendo abstraído sobre un banco minúsculo de ordeñe, esperando que el vaso se vuelva a llenar para vaciarlo y ojalá te deje un bigote santo y saludable que te cure de una buena vez.

Hacia atrás, hasta el momento en que te conocimos: tu respiración adelantaba algo sonaba y no las nuestras, una tuerca en los pulmones que bailaba, un sonajero, quien iba adivinar.

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