Y ahora nomás, cuando vaya: ¿qué iré a traer sino viento?
Bahía (Blanca) II
No me toqué el huevo izquierdo, cuando llegué por primera vez a Bahía (Blanca). No desrealicé el hechizo, simplemente fui a Bahía (Blanca), desprevenido, como uno más. Quisiera ser franco: es la primera vez, en el libro de Martín Kohan, en que escucho hablar del acto talismánico que como visitante debí haber realizado y no hice. Lo curioso es que esto me lleva a pensar en todo aquello que debí haber realizado y no hice, el salto es tan grande y tan vertiginoso que preferiría haberme tocado el huevo y no tener que pensar en tantas cosas postergadas, para no hablar de las desdeñadas ni de las no concretadas. Llego a la conclusión de que hay que tocarse los genitales y las glándulas a menudo para no sufrir de pensamientos especulativos que nos acosen. Me parece una conclusión falsa y apresurada, pero aliviadora, me siento un personaje algo patético, aunque personaje al fin. El que menciona la carne y se aparta, no hace carne, o al menos sostiene la ilusión.
Archivado bajo Añadiduras
Percibo la extrañeza: en el libro que tengo en mis manos, en ese preciso momento, el personaje busca una casa en la que estuve muchas veces.
No muchas casas son tan reconocibles, se trata de la casa “de”, y su propietario lo es más allá de su vida, lo sigue siendo muerto.
Una casa museo, la casa de Martínez Estrada, en Bahía Blanca, donde varias veces estuve de visita y me alojé.
Me pregunto si de la misma manera en que en el libro –eternamente quizás– el personaje busca la casa, y eternamente permanece ese movimiento de búsqueda en la página, me pregunto si no habrá alguien en la casa que eternamente busque un libro perdido.
Quién puede escapar así nomás a la idea de que en ese libro se hable de la búsqueda de la casa en que alguien busca un libro.
Y a quién podría resultarle indiferente la idea de que el libro traspapelado esté abierto en esa página, o que esa página –precisamente–, esa página falte.
Archivado bajo Añadiduras
Otro caso sexual que se entrevera más o menos con el resto, es el del escritor que obliga –tomo y obligo– a leer lo suyo sin chistar. Pecados de adolescencia, sin que fuera el menor lucirse, cartas estrafalarias, novelas cenagosas, cuentos sin brillo, todo lo cual era más o menos refregado sobre la nariz de novias ocasionales o amigos pacientes. Variante de la letra invasiva, que se proclama a sí misma como malvada, incorrecta, infausta, insoportable. El escritor que se valga por sí mismo para superar la vergüenza, y de los demás para engordar su ego, dijo una tía cierta vez. Ella no escribía, claro, pero tenía un amplio repertorio de variantes como novia. Cabizbajos, los escritores. Renegados, los escritores. A salvo de todo, con su arte fortalecido por la travesía. Se empieza escribiendo mal. Luego se consolida alguna estacionaria certeza. Finalmente se lo abandona, en un estado de transformación tal que ya no se lo quiere como se lo quería.
Archivado bajo Añadiduras
Estar atenti a esos momentos en que el inconsciente se desencadena. Después de nadar, bajo la ducha. Antes de nadar. Llegada con la mochila al hombro y el olor a cloro, olor a chorro, que invade y se me impregna. Simpregana y minvadi. Siempre gana, el recuerdo, de otras piletas, de otros años, de otros lares, y sin embargo me pongo contento aquí y ahora, in questa solitude piletaria. Este agua (“esta” agua, dice a piquena, “la” agua, destraduciendo su articulario portugalés) es apenas una pecerita, pero la idea de que el recuerdo no se opone a nada, ni es mejor a nada, ni prevalece sobre nada, el recuerdo que impregana y alimenti, es gustoso, da carne, da tanta fibra como el nado.
Archivado bajo Añadiduras
