La interpretación engancha. Somos hijos y tataranietos de significados, y donde no los hay se siembra. De ahí la dificultad para imaginar lo insignificante y lo a-significante, que sin embargo nos impactan y nos moldean. La música, para no ir más lejos. Y sin embargo sobre la música se insiste en significarla. En ocasiones, destacados músicos y compositores nos hablan de la enorme estupidez que hay en pensar que son los estados de ánimo los que se componen. En todo caso se descomponen, se desvanecen, pero la forma musical, que no tiene nada que ver con el estado de ánimo del músico al componerla (del escritor al escribirla, si desplazamos un poco la cuestión), es lo que perdura, forma que, lo sabemos, es inseparable de alguna otra cosa.
La forma lo es todo, en la vida y en la música, el estilo y la forma arrasan con todo lo demás que anda cerca, ocupándose: digiriéndolo o escupiéndolo según el caso. Hay formas que se cansan de vomitar sus críticas (esto de vomitar permite a la vez pensar en que toda crítica ya anidaba, desde el origen, en la forma; el crítico sólo despierta en sí a la bestia dormida, por resonancia, claro, ¿de qué otra forma?).
Es notable el hecho: al compositor, en el momento del labrado, del forjado de la obra, jamás le preocupa el qué dirán. Sencillamente porque no dirán nada, la forma se encargará de ellos del mismo modo en que se está encargando de mí, afirma todo el que compone una obra. Me digiera y me vomita. Rompo y trago, escribo y paso el secante. Ahí reside el vórtice de lo a-significante, de lo insignificante, de lo atemporal. Presas, presas sin ningún valor.
Nos elevamos, por la interpretación, al pedestal de la forma: la hemos creado, por eso está ahí. El genio, el talento, la brisa noctura, la ventana enamorada, el bla bla bla. Las formas van surgiendo de la naturaleza, o de un sombrero, o de la superestructura, o de los planetas, o del silencio cósmico, o del vacío, o de una atmósfera cargada, o de la nada, o de vaya uno a saber qué. La Quinta no golpea la puerta del destino de nadie, porque no hay puerta, ni destino, ni alguno a quien vayan dirigidos los golpes (y aún la negación de todo esto, su enumeración, el orden en que lo hacemos, es por demás significativo, podrá decirse). Hay forma, inexplicable pero pregnante. Hay todo lo que no puede ser significado y hay hombres para la vasta tarea de tratar de significarlo, ¿porque otra cosa no se puede hacer?.