Criado de criado, no de creado. Ya está, maduro, hecho, con su forma definitiva. Negatividad pura, el dorso de la hoja. El amo también, negatividad pura. El deseo como producción no acude a la cita. Ni la cita acude a la cita. Es agua de borrajas, tinta desvaída de uno y otro lado de la hoja. No puede negarse lo que se corre, lo que no se fija. Sólo puede establecerse un sólido punto de ruptura contra aquello que se define, contra aquello que se define con precisión.
Grandes frases. Redonditas.
El criado trabaja, además de estar criado. Va por su puesto de empleado del mes. De a ratos todos nos sentimos el criado, todos nos sentimos el amo. Es un gran efecto de la escritura, si logramos que más de uno se sienta representado. Vamos en busca de los efectos, vamos al parque de diversiones. Sólo basta con no volver a sentarse en una mesa, para no volver a sentir el espanto cadavérico de pensar que estoy escribiendo sobre Alguien. “Estás escribiendo sobre mí, pero no me importa” (“estás escribiendo sobre mí, pero me importa más de lo que suponía que estoy dispuesto a admitir, yo, que admito casi cualquier cosa menos un par”). El espanto cadavérico de pensar. El espanto cadavérico de estar escribiendo. Cuando, si el otro dice, “sobre mí”, “sobre alguien”, es que he tocado algún punto. Y siempre el espanto cadavérico de pensar que es el final, el punto.
El creado trabaja. Va y viene con sus libros en los brazos, tanto como les caben entre esos brazos que jamás contuvieron el llanto de una mujer, ni sus besos. Una avalancha de llantos y de besos, y de los líquidos que de una mujer se desprenden. Un duro, el creado. Un duro de esos que no tienen otra. Duros porque es la única que les entra, porque es la única que les cabe, porque es la única que les queda. Duros porque los dejan, de esos que conocen una y mil formas de pequeñas torturas y no se las guardan, como los demás que también conocen las una y mil formas y quizás alguna más y no se atreven ni siquiera a desempolvarlas. Como a todos los que pasan al acto, a ejecutar sus fantasías, la imaginación se les empobrece. Gran masturbador de la joroba de leche, concédenos alguno de nuestros deseos; podría ser que la joroba explote, de tanto no pasar al acto. Que sería “alguna vez” y ya sería tal vez mucho. Va y viene con sus libros. Va y viene. Y de la vida nada. Nada del llanto de una mujer sobre sus hombros. Nada de que una mujer se le vaya y le explote en medio de la boca. Nada de eso. Antihigiénico. Ni una vez. Un duro natural. Por fuerza de quien sabe qué estrago, que lo arrancó de raíz de la vida, y se lo llevó a los libros, al duro trajín (duro) de traer y llevarlos, de aquí para allá, sin saber lo que es una línea propia, renga.