Linda, qué es linda. Si pudieran separarse las cualidades sensibles de la significación, si pudiera con un escalpelo separar el tegumento del grano, separar el mundo de la piel latente que lo recubre. Una red de piel sobre el mundo, una membrana sensible que se acerca y separa de la superficie dentro de la cual laten vasos que la mantienen húmeda. Porque lindos pueden ser los ojos, lindos como cristales en los cuales entrever lo que está detrás, lo que transparentan, y lindos pueden ser los ojos opacos que se disparan en gestos, y que ocultan y que engañan, y aún azules pueden ser los ojos metálicos de un asesino despiadado (para no azotar la imaginación agreguemos: un nazi).
Qué es linda.
Dice que es linda, y acuerdo, es linda su capacidad de generar consenso en torno de su cualidad sensible de linda. O significativamente linda, la hallamos, y significativamente fea, cuando dice que es linda en forma agreste y repetitiva, como si atornillara su lindura en medio de una madera cuyas fibras secas se quejan (me entra la rosca, cree, me va a entrar la rosca si insiste). Rosca tosca, contra el vuelo de la tuerca.
Todavía recuerdo párrafos enteros de cartas adolescentes, enviadas a trescientos kilómetros de distancia, con las hormonas calientes. Teníamos el freno de mano puesto, y ni siquiera sabíamos que teníamos las hormonas calientes. “Me despierto, con un montón de obligaciones por delante, y recibo tu carta, de contenido insospechado”. ¿Insospechado o insospechable? ¿Te despertabas en camisón, demasiado temprano por los calores del verano, aún en la costa, y el camisón, fino, transparente, áspero, te rozaba el pecho en las zonas más sensibles, y así te despertabas? ¿Eso te despertaba? ¿Eso eran las hormonas calientes, que entonces no sabíamos cómo llamarlas, porque vivíamos con el freno de mano puesto, y ahora, que sí sabemos, que sí soltamos el freno de la lengua, nos encontramos con que casi no hay pendiente hormonal dispuesta?
Casi no hay pendiente, todo realizado.
Me gusta, sin embargo, algo del gesto, en su gran ampulosidad, en un ochenta por ciento del trazo que dibuja el brazo recitativo por el aire (sí, me imagino que lo recita en un acto escolar), que dice, meramente, “soy linda”. Es que quiere convencerse. Todos queremos erradicar la piel que envaina el mundo. Quisiéramos un mundo más simple. Lindos y feos. Irrecuperables y melodiosos (sin muerte delante). Todo, casi todo, se limita al largo de los huesos. Los de huesos largos son lindos, como una vez me sugirieron; los de huesos cortos son feos. Y la que me lo dijo no era nazi, ni de ojos azules, y además (proyectivamente, digamos) me lo endilgaba. Me entero que me gustan las de huesos largos, que soy un nazi, y que siempre lo voy a ser.
Las de besos largos son lindas, las de besos cortos son feas. Un ochenta por ciento, un noventa o más, está en el aliento, entonces. No queremos oler la muerte, menos aún degustarla. No diría ahora –aunque tengo amigos brutales que se encantarían de escucharlo– algo así como “los cadáveres que somos”. Somos y no somos. Hasta podría decirse que es lo bueno que está en nosotros (¿lo lindo?), saber que un día nos dejaremos de jorobar con las letras, con el púlpito, con el pálpito y con el freno de mano. Será cuando la membrana que recubre el mundo, la piel, su tegumento, deje de latir y empiece a pegarse a la tierra, a opacarse, a acallarse en su sorda capilaridad. Venas y arterias. Perderemos poco a poco la memoria, nos iremos apagando. Y ni siquiera. Aunque el asunto de la trascendencia merece tratarse de otros modos, con menos imágenes y más bronce repujado. La forma se ajusta al asunto.
No sé por qué recuerdo esa carta que recibí cuando tenía veinte años y auguraba duraderas tormentas. Siempre fui de amores difíciles, y aquello, una carta tan molesta como el calor del verano, lo anunciaba todo. No puede decirse que no haya sido provocativo, ya lo era, aunque no podía situar la provocación en el punto en que más me interesaba.
Sospecho que la piel que envaina el mundo, en la parte que me tocó, hizo un giro envoltorio, que me deja hablar tanto como me lo impide, y que distorsiona la boca y tergiversa, el mundo, su piel, casi todo lo que digo. Sospecho que soy un lunar.